A partir de la milonga abierta frente a la Legislatura porteña por la campaña #BanquemosLaMilonga, un milonguero comparte sus reflexiones. La bronca que genera que limiten las expresiones culturales, hace brotar la sensibilidad que derrocha el baile, el tango en particular.
Viernes 29 de julio de 2016
La persecución que están sufriendo los centros culturales por parte de los gobiernos de turno en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires no es cosa nueva. Forma parte de las constantes embestidas que padece la cultura a nivel nacional desde hace ya incontables décadas. En los últimos tiempos los centros culturales se fueron multiplicando de manera virtuosa. Quizás, como respuesta espontánea a la poca atención que el Estado dedica en lo que respecta a la cultura.
En esta oportunidad parece que apuntaron sus cañones al baile y en particular al tango, a las milongas, pero ¿Por qué este ataque? ¿A quién puede molestar un grupo de treinta personas, y a veces menos, bailando tango con un volumen mínimo, o en muchos casos con el solo acompañamiento de pequeños conjuntos de guitarra acústica? ¿Acaso el incesante rozar de los zapatos sobre la madera al compás de un tango, pueden romper el fino equilibrio social que nos separa de la inestabilidad productiva, económica y política del país?
¿Somos nosotros, los que disfrutamos de estos ámbitos, ya sea bailando, mirando o simplemente escuchando, inocentes víctimas de una especie de droga que nos adormece, nos seda de tal manera que los malignos dueños de estas milongas se abusan de nosotros, robando nuestros sueldos de miles y miles de pesos, dejando sin comida a nuestros familiares y destruyendo los hogares de nuestra patria, como sí sucede en los bingos o casinos, por ejemplo?
Acaso en algún noticiero de moda, ¿se escuchó decir: “Caen las denuncias de “Doñas Rosas” como agua por vertiente en las comisarías y juzgados debido a que sus hijos fueron brutalmente golpeados por personal de seguridad de las milongas, por ser portadores de un color de piel inapropiado, o por haber consumido alguna pastilla ilegal con nombre de un superhéroe de turno, que le vendieron en la barra de la mismísima milonga”?
¿Hay más allá de algunas deficiencias edilicias una razón de mayor peso para esta persecución? ¿Las principales causas, y como casi siempre que los funcionarios del estado ponen la lupa sobre alguna cuestión, son los negocios en torno al tango? Sabido es que el turismo en nuestro país genera muchísimas ganancias, y en particular el tango atrae año tras años a incontables extranjeros con ganas de disfrutar de esta música en el ámbito donde se desarrolla desde sus comienzos.
¿Podríamos pensar en la existencia de algunos interesados en hacerse del botín del tango? ¿Podríamos pensar que estos interesados estén intentando capitalizar a la mayor parte del turismo en dos o tres lugares, logrando así hacerse dueños del tango? Esto, no es poco.
¿En ese caso, necesitarían de la participación corrupta de algún funcionario de turno que seguramente poniendo su mejor cara de “vengo a cuidar a los ciudadanos de una muerte segura” sale a clausurar las milongas con el fin de terminar con ellas? Basta con dar una vuelta por estos lugares del tango For Export, para darse cuenta del negocio que significa el tango para algunos, claro está que éstos, no son lugares para los milongueros que ni siquiera podríamos pagar, ya no la entrada, el intento de entrar.
Más allá de las respuestas, la lucha hay que darla igual, porque ningún gobierno puede pretender bajo ninguna excusa frenarnos. A nosotros, los que ejercemos el tango, los que disfrutamos de bailarlo, a los que esta música y baile llena de vitalidad cada día, a los que nos encontramos sin conocernos. A los que con mucho esfuerzo ponen a una milonga a funcionar y al mismo tiempo, a la cultura misma.
Ningún gobierno debería intentar prohibir o privatizar la cultura. Por el contrario, es la obligación de éste hacer mucho más que el mínimo esfuerzo de apoyar y fomentar.