Nicolás del Caño fue el único que le habló a los y las pibas que se enfrentan todos los días a los peores trabajos y hacen malabares para poder estudiar. Algunos candidatos aprovecharon además para pedir arancelar la educación pública

Javier Nuet @javier_nuet
Lunes 14 de octubre de 2019 23:58
Uno de los temas que pasó casi desapercibido por el debate presidencial fue el de los problemas de la juventud. El único que habló de trabajo precario en toda la noche fue Nicolás del Caño. Además de Espert, claro, que habló de “trabajo en negro” pero para exigir que se deroguen las leyes laborales y los trabajadores sigan perdiendo derechos.
Es para subrayar que ni el presidente actual ni el candidato del Frente de Todos, quien se perfila como el probable ganador el 27 de octubre, hayan hablado de los trabajos basura a los que son sometidos millones de pibes y pibas en Argentina todos los días. Quizás tenga que ver con que hace décadas que el 60% de los y las jóvenes en Argentina tienen trabajos no registrados o en malas condiciones, lo que no se modificó con el gobierno de Cambiemos ni con los gobiernos kirchneristas.
Macri, reivindicando su gestión en educación, dijo que le estaba dando a las nuevas generaciones las herramientas para el “trabajo del futuro” (Para que laburen en Rappi, Glovo o PedidosYa por dos pesos, le faltó decir).
El candidato del Frente de Izquierda Unidad fue claro en su cierre final cuando dijo: “Quiero dirigirme a la juventud. A esos millones que laburan en empleos precarios, sin ningún derecho. A los que ven peligrar su sueño de estudiar. Luchamos no sólo para cambiar este terrible presente sino para haya un futuro que merezca ser vivido”.
Años luz de distancia con el reaccionario Gomez Centurión, que habló despectivamente de los jóvenes que ni estudian ni trabajan, planteando que cobran un plan “específicamente” por no trabajar. Parece que las ideas de la derecha eclesiástica no solo son archienemigas de la juventud, sino también de la realidad.
Como si fuera poco, el hombre que no pudo terminar de explicar una idea en toda la noche porque se le acababa su tiempo para hablar, planteó un plan de “primer empleo” que libere a los empleadores de pagar cargas sociales los primeros tres años. Algo parecido a lo que propuso el macrismo con Mcdonalds ni bien asumió el gobierno y significaba una precarización brutal para los trabajadores, con sueldos de 4000 pesos, subsidiados además por el Estado.
El otro ultraderechista, José Luis Espert, planteaba mientras tanto arancelar la universidad pública, argumentando que implica un gasto muy grande para el Estado. Hacía una tramposa comparación diciendo que los chicos pobres pagan impuestos que se destinan al sostenimiento de los estudios de un joven de clase media. En su esquema no entra la posibilidad de que esos chicos pobres puedan acceder a la universidad pública.
La izquierda, por ejemplo, propone un plan de becas integrales sobre la base del no pago de la deuda externa, que sirvan para que cualquier joven que quiera pueda mantener sus estudios. Porque lo que no dicen los liberales es que solo uno de cada cuatro pibes que entran a la facultad logran recibirse, por la cantidad de horas que tienen que trabajar y lo que cuesta comprar apuntes, cargar la sube y todo lo necesario para seguir cursando.
Del otro lado de la vida, el liberal planteó restablecer el examen de ingreso, para que estudien aquellos “que están dispuestos a dar todo” por un título universitario. Meritocracia al palo.
Entre tantos millonarios y amigos de los ricos, Del Caño es el único candidato que sufrió en carne propia la precarización laboral cuando trabajaba en call centers, algo que contó en distintas entrevistas. Sin embargo, no es por eso que es el único que se refirió al tema, sino porque el Frente de Izquierda Unidad es la única fuerza que tiene una salida para esos millones de pibes y pibas y que opina que es la juventud trabajadora la que tiene que estar a la cabeza de enfrentar los planes del FMI gobierne quien gobierne.