El proceso de burocratización de la Unión Soviética y la posterior caída de los mal llamados “socialismos reales”, no sólo generaron efectos nefastos en la consciencia de clase del proletariado, sino también en el desarrollo de la teoría marxista. Esto es un factor más que obra en contra del surgimiento de un partido mundial de la revolución social.

Juan Valenzuela Profesor de filosofía. PTR.
Jueves 26 de marzo de 2015
La última generación de teóricos marxistas vinculados a procesos revolucionarios vivos y a grandes partidos obreros, vio interrumpida su labor en condiciones extremas. Luxemburgo, fue asesinada por la policía socialdemócrata después de haber participado del levantamiento de Berlin en 1919; Lenin, enfrentando la naciente burocratización en la Unión Soviética, murió enfermo en 1924; Gramsci, luego de haber estado encarcelado por el fascismo entre 1926 y 1937, gravemente enfermo, muere a seis días de haber sido liberado; y Trotsky -exiliado en México- muere a manos de un sicario estalinista en 1940. Como lo señaló Perry Anderson en su conocido libro “El marxismo occidental”, los teóricos marxistas o se replegaron en la academia u obraron respetando los marcos políticos de los partidos comunistas oficiales.
¿Qué habría ocurrido si la teoría marxista hubiese permanecido vinculada a procesos revolucionarios triunfantes como la revolución rusa de 1917 o a grandes combates como las revoluciones alemanas o italiana? ¿Qué caminos habría sondeado la teoría marxista de no haber emergido y de no haberse consolidado ese aparato triturador de revoluciones que fue el PC? Estas preguntas no son antojadizas. Salvo que defendamos una teleología absoluta de la historia, según la cual la derrota de las revoluciones fue inevitable, el “único camino posible”, estas preguntas son pertinentes. ¿Para quiénes? Para los que hoy en día, en el siglo XXI, buscamos darle continuidad a esas tradiciones y construir un partido mundial de la revolución.
Establecer conexiones entre los sistemas teóricos de esta generación de marxistas revolucionarios es una labor ardua. Nuestra corriente, la Fracción Trotskista por la Cuarta Internacional, desde hace años, viene desarrollando una intensa reflexión en torno a las convergencias y divergencias entre Trotsky y Gramsci. No reproducimos ese “lugar común” según el cual Gramsci sería algo así como una versión “light” del marxismo, a la manera de Izquierda Autónoma o incluso ciertos concertacionistas, que intentan saquear el aparato conceptual gramsciano para justificar sus carreras políticas en el Estado burgués. ¿Y Rosa?
Son ampliamente conocidas las diferencias entre Rosa y Gramsci, o entre Rosa y Lenin y Trotsky. En relación a estas últimas, el texto conocido en español como “Crítica de la revolución rusa” suele ser citado como un ejemplo de estas divergencias. Incluso algunos neoconsejistas o anarquistas intentan apropiarse del legado de Rosa, contraponiendo mecánicamente la “espontaneidad” al “partido”. Indudablemente, la debilidad más importante de este texto, es no ver el rol que cumplieron los soviets como órganos de poder basados en la auto organización.
Por supuesto, para los fines de este artículo, profundizar acerca de las convergencias y divergencias entre Rosa, Lenin y Trotsky, por una parte, y entre Gramsci y Rosa, por otra, resulta una tarea inabarcable. La revitalización simultánea de la teoría marxista y los combates revolucionarios, completará esa tarea. Aun así, es posible indicar algunas “pistas” que pueden ayudarnos a transitar ese camino. Por una parte, un pasaje de Rosa al cual Trotsky adhiere, concluyendo su libro autobiográfico “Mi vida”, en relación a algo que podríamos denominar temple revolucionario. Rosa le escribía a una amiga, en enero de 1917: “Esta completa disolución en las miserias de cada día que pasa es totalmente inconcebible e intolerable para mí. Fíjate, por ejemplo, cómo Goethe se elevaba con una superioridad serena por encima de las cosas. Piensa solamente lo que tuvo que vivir: la gran Revolución Francesa que, a corta distancia, debería parecerle una fuerza sangrienta y sin ningún objetivo y luego, desde 1793 a 1815, una serie ininterrumpida de guerras... Yo no te pido que escribas poesía como Goethe, pero su mirada sobre la vida -el universalismo de intereses, la armonía interior- está al alcance de cualquiera, o al menos, se debe tratar de llegar a eso. Y si me dices que Goethe podía hacerlo porque no era un militante político, te responderé que precisamente un militante es quien más tiene que esforzarse en ponerse por encima de las cosas, si no quiere chocar a cada paso contra todas las pequeñeces y miserias...siempre y cuando, naturalmente, se trate de un luchador verdadero...”
Trotsky cita a Luxemburgo, con el fin de señalar su propio desprecio hacia aquellos que se sorprendían de que mantuviese su lucidez política luego del exilio y de haber perdido sus cargos gubernamentales. Resaltaba que sus vicisitudes no constituían “problemas personales”. ¡Qué lejos está esto de ciertos personajes de nuestra época que ponen en el centro el “yo”, “lo que me acontece a mí”, y que hacen tormentas en vasos de agua para justificar su pasividad política y su falta de sistematicidad! La continuidad con esta tradición comienza a gestarse no en esos grupos acomodaticios que tanto buscan una supuesta “hegemonía” en los pasillos parlamentarios y en reuniones apacibles con ministros (al estilo de Izquierda Autónoma o el FEL), sino en esos compañeros trabajadores, que ganan sueldos bajos, que madrugan todos los días o tienen turnos rotativos y que militan, luchando por construir una organización política revolucionaria, y que por lo mismo, portan en su pensamiento grandes ideas históricas, análisis de la situación política y estrategia.
Pienso en mis camaradas que militan en Correos o en la industria y en tantos otros camaradas de nuestra corriente internacional que militan en el movimiento obrero, y que no se rinden en medio del ajetreo del día a día. Pienso en mis compañeras trabajadoras, madres, que solucionan miles y miles de problemas, pero que no se disuelven en las miserias del día a día, y que son capaces de forjar esa “superioridad serena por encima de las cosas”, de la que hablaba Rosa. Trotsky y Rosa le daban relevancia a esos asuntos de “temple”. En el siglo XXI, ¿vamos a omitir ese aspecto en la construcción de un partido revolucionario? No, no lo omitiremos. Aunque a algunos les suene a fanatismo, se necesita forjar una militancia entregada completamente a la tarea de derrocar a la burguesía y construir una sociedad comunista.
Tomemos ahora otro pasaje, en relación a la espontaneidad. En 1935, cuando León Trotsky impulsaba la IV Internacional en combate contra el estalinismo, escribía, a propósito de las tradiciones que esta debía integrar, un artículo con el sugerente título “Luxemburgo y la Cuarta Internacional”. En él señalaba: “Es innegable que Rosa Luxemburgo contrapuso apasionadamente la espontaneidad de las acciones de masas a la política conservadora “coronada por la victoria” de la socialdemocracia alemana, sobre todo después de la revolución de 1905”. Esta contraposición revestía un carácter absolutamente revolucionario y progresivo. Mucho antes que Lenin, Rosa Luxemburgo comprendió el carácter retardatario de los aparatos partidarios y sindicales osificados y comenzó a luchar contra los mismos.
En la medida en que contó con la agudización inevitable de los conflictos de clase, siempre predijo con certeza la aparición elemental independiente de las masas contra la voluntad y la línea de conducta del oficialismo. En este amplio sentido histórico está comprobado que Rosa tenía razón. Porque la revolución de 1918 fue “espontánea”, es decir, las masas la llevaron a cabo contra todas las previsiones y precauciones del oficialismo partidario. Pero, por otra parte, toda la historia posterior de Alemania demostró ampliamente que la espontaneidad por si sola dista de ser suficiente para lograr el éxito; el régimen de Hitler es un argumento de peso contra la panacea de la espontaneidad.
En 1935, Trotsky ya estaba lejos de sus posiciones defendidas luego del II Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso, en su célebre folleto “Nuestras tareas políticas”. Era ya plenamente leninista en su concepción de partido. Aún así, su balance del “espontaneismo” de Rosa no es absoluto. Es capaz de ver lo que tuvo de fortaleza la posición de Rosa en combate contra la burocracia de la Socialdemocracia alemana y los sindicatos, sin dejar de criticar su debilidad. Quienes contraponen mecánicamente a Rosa Luxemburgo y a Trotsky, quienes ven una oposición absoluta entre ambos revolucionarios, se equivocan. Es importante señalar esto, pues hoy en día, los combates contra las burocracias reformistas están a la orden del día. Para darlas, es necesario construir un partido con una estrategia revolucionaria. Pero, también vibrar junto con los esclavos que se insurreccionan contra los explotadores.

Juan Valenzuela
Santiago de Chile