×
×
Red Internacional
lid bot

Periodista Invitado. El último huayno en París: cuando Perú bailó a Francia e hizo historia

Antes de jugar su último Mundial, la selección incaica venció a la gala en su capital con un juego bello y emocionante. El recuerdo de un partido que invita a los peruanos a sentirse dignos de repetir la hazaña.

Juan Ignacio Provéndola @juaniprovendola

Miércoles 20 de junio de 2018

Algunos se empeñan en decir que los amistosos son partidos de volumen bajo y mid-tempo. Compromisos comerciales pensados más para vender entradas y publicidades que emociones deportivas. En definitiva, un espectáculo que interesa al que se sienta en la tribuna o frente a la pantalla pero no tanto a quienes tienen que tomar la rienda dentro del campo de juego.

Los que piensan así probablemente hayan visto muchos partidos amistosos en su vida, aunque en esa lista de seguro no figura acaso el mejor de ese tipo que jamás se haya jugado en la historia: Francia versus Perú en el Parque de los Príncipes de París el miércoles 28 de abril de 1982. Un punto suspendido en el tiempo y el espacio donde convergieron un equipo que iba a ser protagonista del fútbol mundial en esa década - el local- contra otro que lo había sido en la anterior -el visitante-. El champagne y la chica burbujeando en una misma copa o un choque de cometas en la Ciudad Luz para darle brillo a la pelota como pocas veces se vio y se volverá a ver.

El partido sirvió de preparación para España ’82, torneo que marcaría una bisagra en la historia de ambos, ya que allí los galos alcanzarían la primera semifinal mundialista de su historia (y la primera de las tres consecutivas que hilvanaría con México ’86 y su regreso en Francia ’98), mientras que los incaicos se despedirían de las Copas del Mundo hasta Rusia 2018.

Como todo encuentro previo a una gran competencia, la idea de este también era la de fungir como medida de lo que cada equipo estaba dispuesto a dar una vez que los porotos se pusieran en disputa. Los franceses estaban modelando una generación dorada que no sólo los depositaría entre los mejores cuatro de los dos Mundiales siguientes, sino que también les granjearía la primera Eurocopa de su historia (la que anfitrionarían en 1984). Los peruanos, en cambio, buscaban tomarse revancha después de lo sucedido en Argentina ’78, donde el polémico 0-6 ante el local había empañado injustamente la dignidad de una camada maravillosa liderada entonces por cracks como Teófilo Cubillas o Hugo Sotil.

Francia ostentaba un invicto de tres años en el Parque de los Príncipes, la fortaleza de París donde recibió a un Perú que, pese a su plantel respetado, venía trastabillando en una gira preparatoria que incluyó derrotas ante Chile e incluso una insólita goleada en contra frente al Cosmos neoyorquino. Encima los locales contaban entre sus filas con un jugador del que todos hablaban y que de hecho en 1983 sería elegido por la UEFA como el mejor europeo: su capitán Michel Platini, que entonces ya jugaba en la Juventus (con la que ganaría la Liga de Campeones y la Copa Intercontinental en 1985). Todo parecía presto para una panzada del local ante su gente.

El primer tiempo fue protagonizado por el elenco francés bajo la batuta de su líder deportivo y espiritual, quien ofrecía desequilibro y profundidad, aunque sin lastimar el arco defendido por Ramón Quiroga, argentino naturalizado peruano. Alrededor de la figura de Platini constelaban otros astros que escribían leyendas en el fútbol galo como el delantero Dominique Rocheteau (que había llevado al Saint-Étiene a una final continental) o el bigotudo volante Bernard Genghini.

Pero el dominio sin fuego del local fue animando a la visita, quien poco a poco empezó a perderle el respeto al dueño de casa y de hecho dispuso de tres situaciones de gol durante los primeros 45 minutos. Entre ellas, un soberbio remate de Juan Carlos Oblitas al fondo de la red que al día de la fecha nadie aún sabe explicar por qué fue invalidado por el árbitro suizo André Daina (colegiado de la final europea de clubes entre Juventus y Liverpool de 1985).

Así las cosas, ambos equipos se fueron al descanso y el complemento ofreció un espectáculo completamente diferente. Perú saltó a la palestra como si se hubiera reseteado para jugar otro partido y comenzó a mostrar en cancha un juego asociado y efectivo, vistoso y mágico, pero sobre todo solidario y colectivo. Su defensa erigió un bloque monolítico cimentado por los laterales Jaime Duarte, Miguel Gutiérrez y Jorge Olaechea, pero fundamentalmente por el “Panadero” Rubén Toribio Díaz, caudillo y capitán.

De allí en adelante el elenco peruano se dio espacio para crear e intentar, y así fue como, poco a poco, comenzaron a subrayarse las pinceladas de César Cueto y Juan Carlos Uribe, los dos “distintos” del equipo de camiseta cruzada. El “Poeta de la Zurda” era el creador, el “Diamante” el desequilibro, cada uno pertenecía a una escuela distinta (el primero a la de Alianza Lima, el segundo a la del Sporting Cristal) y entre ambos empezaron a esbozar filigranas de magia y fantasía en el mediojuego para el asombro de Platini, sus secuaces y los más de 40 mil franceses que habían pagado la entrada esperando que su equipo goleara y humillara a la visita sudamericana.

Francia no sólo no podía penetrar el cemento defensivo peruano sino que, además, se le sumó a su desgracia la pérdida casi total del control del balón en manos de un equipo que dio cátedra de cómo cuidarlo haciéndolo circular en espacios reducidos y con pocos toques. Entonces fue solo cuestión de ponerse a esperar a que el milagro sucediera. Y eso ocurrió a falta de diez minutos, cuando el empate ya de por sí significa un éxito para la visita y una frustración para el local.

Todo comienza curiosamente en pies de quien acabaría la faena, el delantero Juan Carlos Oblitas, quien recibe la pelota desde su propio arco en posición de lateral izquierdo e intenta jugar con Uribe, su compañero más cercano. El pase queda corto y el balón llega a ser pellizcado por Jean Tigana, aunque la presión intensa y el repentismo peruano hace que el mediocampista francés no logre controlar el esférico con comodidad. De ese modo Uribe recupera el dominio del fútbol a medio camino entre el área y el círculo central y da inicio a ese inolvidable concierto de pases, triangulaciones, desmarques, tacos y gambetas que no encontrarían más límites que la misma red del arco de Francia.

Uribe juega en corto con el recién ingresado Eduardo Malázquez y este cede de primera a Cueto, quien con un ojo en la nuca observa al “Diamante” picando en diagonal y lo habilita con un fabuloso taco. Esa trepidante y quirúrgica triangulación de Perú en un espacio reducido logró dejar fuera de escena a cinco franceses (la mitad de los jugadores de campo del local), quienes nunca más volverían a recuperar la centralidad de la escena hasta que Francia debió sacar del medio.

A pesar de que esta maniobra magistral fue breve, es evidente que los peruanos tuvieron en su cabeza el tiempo necesario para tomar nota de lo logrado, pues a partir de allí deciden el cambio de ritmo y acelerar la jugada. Porque toda gran canción necesita orquestaciones pero también un estribillo que resuelva y haga lucir todo arabesco previo. Luego de una breve pausa de Uribe (en la que, además, logra sacarse de encima a dos franceses con un inteligente movimiento de cuerpo), el “Diamante” le sirve la pelota a Malázquez y este triangula de primera hacia Cueto, quien primero deja pasar el balón por debajo de sus piernas con la bella inteligencia de los artistas: esos segundos de demora fueron necesarios para que Oblitas (a quien ya había visto picar al vacío) penetrara al vacío. Allí fue cuando entonces el “Poeta de la Zurda” metió un profundo estiletazo para que su compañero atacante se encontrara con el balón de frente y definiera fuerte y cruzado ante la estéril salida del arquero francés Jean-Luc Ettori.

Fueron en total siete toques (entre ellos dos tacos) para que el Parque de los Príncipes se convirtiera en un campo de silencio. Los franceses no podían creer que aquello que estaban viendo fuera real. Por lo hermoso, por lo impensado y por lo atrevido. Es cierto que la historia no se decide, sino que simplemente sucede, pero para que eso ocurriese la noche del 28 de abril de 1982 fue indispensable que los peruanos se animaran a ser algo más que actores de reparto de una película escrita en principio para los franceses.

Cuando estábamos a punto de salir al campo de juego los franceses preguntaban qué equipo éramos, en qué parte del mapa estaba Perú. ‘Ah, los incas’, decían. Pensaban que teníamos plumas, fechas y un arco. Fueron soberbios, pero ese día jugamos como los dioses y los que más brillaron fueron Julio César Uribe y César Cueto, que si hubiera nacido en otro país sería el mejor del mundo”, recordó después el volante defensivo José Velázquez, encargado de someter al propio Michel Platini.

Aquel partido fue el único enfrentamiento entre ambas selecciones de fútbol. Pasaron décadas, jugadores, éxitos y frustraciones, pero no así el escenario de desprecio: una vez que Francia se enteró que enfrentaría a Perú en la fase de grupos de Rusia 2018, el reconocido periódico deportivo L’Equipe caracterizó al rival sudamericano como “el adversario más débil”. La noticia fue la principal de una portada que llevaba la cara de Diego Maradona y el título “La mano de Dios”, ya que había sido el argentino quien sacó de la tómbola la bolilla que determinó el cruce en Ekaterimburgo, la única sede asiática del país desplazado sobre dos continentes.

El reencuentro entre los dos equipos trajo al recuerdo este partido maravilloso que significó, además, una de las victorias más memorables que se recuerden del fútbol peruano. Y también, por qué no, un emocionante aliento para que los herederos de aquella escuela de juego fantasista y desbordante se animen a volver a hacer historia ya no dirigidos por un brasileño como el legendario Tim, sino ahora por el argentino Ricardo Gareca (el mismo que los privó de jugar México ’86 con un gol agónico en la cancha de River). Rubén Díaz, el capitán de Perú en aquella noche inolvidable del 28 de abril de 1982 en París, se anima a soñar como lo hizo 36 años atrás: “Cuando entramos a la cancha Francia nos desconocía, aunque después los volvimos locos. Se miraban entre ellos y se preguntaban: ¿de donde salieron estos? Nunca más se olvidaron en Perú. Eso mismo es lo que deben hacer los muchachos este jueves: lograr que los recuerden para siempre”.