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Crisis Económica. En Venezuela, aunque no esté el FMI, con Maduro padecemos ajustes, paquetazo y represión

Maduro y su gobierno desarrollan una intensa campaña propagandística alrededor de las luchas actuales contra los ajustes del FMI y suben volumen a la retórica “antineoliberal”. Una desfachatez muy grande, porque aquí llevan años aplicando duros ajustes contra el pueblo.

Ángel Arias

Ángel Arias Sociólogo y trabajador del MinTrabajo @angelariaslts

Martes 29 de octubre de 2019

El levantamiento de Ecuador y la rebelión popular (aun en desarrollo) en Chile, han generado por supuesto admiración y simpatía entre los pueblos de América Latina. Maduro y la cúpula gobernante han convocado actos en “solidaridad” y operado un giro comunicacional para mostrarse como “del mismo lado” de los que luchan contra los ajustes, como si no fueran ellos aquí el gobierno verdugo de los derechos laborales y del salario de los trabajadores venezolanos, como si no estuvieran aquí en el lado contrario al de la clase obrera.

Como lo venimos señalando, es un cinismo mayúsculo. Sin embargo, no se queda atrás la otra expresión del arco político dominante, la oposición de derecha, que aquí se rasga las vestiduras con “el sufrimiento del pueblo venezolano” y ha salido con todo a apoyar a los gobiernos ajustadores y represores, descalificando las luchas. Como decimos en una nota reciente, apoyan esas políticas antiobreras y antipopulares porque son las mismas que nos quieren vender como “solución” aquí.

“No solo con el FMI se descarga la crisis sobre la clase trabajadora y el pueblo”, escribíamos a principios de 2018, para develar la pose “anti-FMI” del gobierno y el argumento de la “guerra económica”, con el que buscaba ocultar su responsabilidad en los golpes asestados al pueblo. Es precisamente esta afirmación la que cobra plena vigencia ahora que el gobierno despliega su campaña propagandística, y es lo que vamos a exponer con detalle en esta nota.

El “ajuste inflacionario” para pagar deuda externa

En nuestro caso, el ajuste no vino de la mano del FMI sino de la decisión “soberana” de Maduro de privilegiar pagos al capital financiero en medio de una situación de brusca disminución de los ingresos nacionales. Una montaña de deuda y una crisis que se venían incubando desde el período anterior. Veamos.

A pesar de los enormes ingresos petroleros, bajo Chávez el país fue endeudándose cada vez más (tanto con capitales de “Occidente” como con los “amigos” de China y Rusia), duplicando por varias veces la hipoteca del país. La resultante fue que entre 1999 y 2017 la deuda externa creció 223%; si en 2007 el monto de la deuda era similar al valor del 56% de las exportaciones petroleras del país, en 2017 equivalía a un 434%. Pero al mismo tiempo, también en esos años de “vacas gordas”, no solo hubo la “distribución de la renta” hacia el gasto social, ampliación del consumo y del acceso a la salud, educación, la cultura y la seguridad social, sino que operaba uno de los saqueos más grandes de la renta petrolera pública: entre 2003 y 2016 aumentó diez veces la cantidad de dólares en cuentas de venezolanos en el exterior, pasando de 49 mil millones a aproximadamente 500 mil millones; una cifra fabulosa, equivalente a muchos años de ingresos petroleros.

Como en otros momentos de la historia nacional, paralelo al endeudamiento público, es decir, al endeudamiento de todo el país, corría la fuga de capitales mediante la cual un puñado de empresarios, banqueros y nuevos ricos (de todos los bandos y colores) se embolsillaba en el extranjero como propiedad privada la renta petrolera pública, es decir, la renta de todos. Entraban dólares por un lado, salían por el otro. Tal como en el puntofijismo a principios de los 80’s, pero ahora en una escala más fuerte, se hipotecaba el futuro del país con un endeudamiento que financió el crecimiento de fortunas privadas en el extranjero. ¡Y después nos vienen a hablar de “anticapitalismo” y “socialismo”!

El caso es que a Maduro le llegaron las fechas para pagar la deuda externa, pero no había mucho en caja porque coincidieron con una caída abrupta de los precios petroleros y porque en el ciclo anterior se lo habían fugado casi todo. ¿Qué hizo el gobierno entonces? Aunque sin anunciarlo ni darle nombre, aplicó durante varios años un durísimo ajuste, al privilegiar los recursos para pagarle al capital usurero internacional, a cambio de disminuirle drásticamente los recursos a las importaciones de alimentos, medicinas y demás bienes esenciales para el funcionamiento del país, incluyendo la salud y la educación. Entre 2012 y 2016 las importaciones se redujeron en casi 70%, al tiempo que aumentaban los recursos destinados al pago de la deuda: según el propio Maduro, el país pagó 71 mil millones de dólares entre 2014 y 2017.

De tal suerte que hubo menos alimentos, medicinas e insumos, menos mercancías, se profundizó la escasez y la inflación se desencadenó en espiral, golpeando con furia el salario. Hubo menos recursos para hospitales, universidades, liceos y escuelas, empresas del Estado… pero se seguían enviando miles de millones de dólares a las cuentas del capital financiero internacional.

Si en Ecuador los objetivos de Lenin Moreno con su paquetazo eran garantizar los recursos para la deuda con el capital financiero personificado en el FMI y bajo el mando de éste, aquí, “soberanamente” y ciertamente sin que fuera parte de un plan de Fondo Monetario, Maduro aplicó un duro ajuste en los recursos nacionales para garantizar los recursos para pagar la deuda externa, lo que se tradujo también en “ajuste inflacionario” que licuó los salarios y el presupuesto público.

Al mismo tiempo, no tuvo ninguna política para imponer la repatriación de los capitales fugados, al contrario, siguió entregando dólares baratos a los banqueros y empresarios para que, en teoría, garantizaran la importación de los bienes para el consumo y para la producción, dando continuidad al festival de saqueo de la renta: invertían dos lochas (o ninguna) y fugaban el resto.

Así, en medio de la crisis, de la profunda caída de los ingresos petroleros, no fueron tocados los intereses del capital financiero internacional ni los de las diferentes fracciones de la clase capitalista venezolana –toda involucrada en mayor o menor medias en la fuga de capitales.

Se fue quedando el país en la ruina y el pueblo en la miseria, entre los pagos de la deuda externa y la fuga de capitales, tanto la anterior a la crisis como la que continuó incluso durante los primeros años de la misma. Circunstancias y políticas que no tienen absolutamente nada que ver con “políticas socialistas”, sino que, aún sin el FMI, son problemas y políticas propias del capitalismo venezolano: se hipoteca la nación al capital financiero, por lo que parte sustancial de sus riquezas se van a acrecentar los haberes de este, en desmedro de las necesidades del país y sus mayorías, al tiempo que con la transferencia de dólares que el Estado le hace a banqueros y empresarios, gran parte de la renta pública se convierte en capital privado de una ínfima minoría del país.

Los pagos de deuda y la fuga condujeron a la forzada (y evitable) “escasez” de dólares, que elevó por las nubes la cotización de cada dólar disponible en el país, profundizando la pérdida de valor de la moneda nacional. A esto el gobierno sumó una desbocada emisión de “bolívares” para cubrir gastos internos y dar la ilusión de que “aumentaba” los salarios, agudizando dramáticamente el mal de que cada dólar se cotizaba por cada vez más bolívares, terminando de erosionar por completo el valor de la moneda. El país se sumió ya no en la alta inflación sino en la voraz hiperinflación. Con el bolívar por el subsuelo, los salarios e ingresos en bolívares corrieron la misma suerte: sobre las espaladas de la clase trabajadora y los sectores populares se descargó todo el peso de la crisis.

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El paquetazo de agosto de 2018

En la deuda externa el gobierno no solo destinó lo que debió haberse destinado a las necesidades básicas del pueblo y el país, sino que además vendió activos de la nación, disminuyó las reservas internacionales, e incluso para conseguir recursos empeñó importantes bienes del país, como el caso emblemático de Citgo. Entonces, luego que se fugaron capitales y se pagó deuda hasta que el país sangró, hasta que no quedó sino el repele, y sumergidos en el tsunami de la hiperinflación, Maduro anunció (agosto de 2018) lo que sería una especie de giro hacia una política de “estabilización macroeconómica”, bien en la tradición de los “monetaristas” y neoliberales: el “Plan de recuperación, crecimiento y prosperidad”.

El objetivo era “estabilizar” todo por las nubes, obedeciendo lo que iban dictando las “leyes del mercado”. Hubo una megadevaluación del bolívar, llevando el dólar oficial al precio del paralelo, que lo superaba multiplicado por varias veces. Un desmontaje casi total de lo que ya era un pantomima de “control de precios”, al legalizar con las listas de “precios acordados” con los empresarios, los precios hiperinflacionarios que ya estos habían impuesto en los hechos. Acompañado de una semidolarización de la economía, al liberar parcialmente la circulación del mismo. Para “reducir la liquidez monetaria” fue aumentando el encaje legal de la banca hasta el 100%, frenó la emisión de bolívares y también los aumentos de salarios.

Aplicó una drástica y reaccionaria contrarreforma laboral, mediante el desconocimiento por decreto de los derechos de la clase obrera: con la imposición de las nuevas Tablas salariales y el Memorando 2792, el gobierno suspendió tanto en el sector público como en el privado la validez de los contratos colectivos, arrebatando conquistas de décadas de luchas y volviendo las relaciones laborales a principios del siglo XX, redefiniéndolas a partir de lo que dicta la voluntad unilateral del patrono. Además del Estado, los empresarios privados están haciendo desguace con los derechos laborales, amparados en esto. También le dio vía libre a las suspensiones y despidos de miles de trabajadores y trabajadoras de las empresas privadas.

Tras la idea declarada del “déficit cero”, vino el aumento del IVA en un tercio de su valor, pasando de 12% a 16%, un impuesto regresivo que golpea directamente al salario, mientras sin embargo, mantuvo o amplió las exoneraciones al capital: menos impuestos a las empresas (locales y extranjeras) importadoras de materias primas y maquinarias relacionadas con la producción, a las de la zona del hierro, a todas las exportadoras, cero impuestos a los que trajesen algo de la fuga de capitales, y no cobro de impuestos durante un año (prorrogable) a las transnacionales del petróleo, ¡algo que no llegaron a hacer ni los gobiernos neoliberales de CAP y Caldera! Así, para reducir el déficit del Estado se le metió mano al bolsillo del pueblo trabajador pero se le rebajaron o eliminaron impuestos a grandes sectores del capital privado.

De hecho, un “gasolinazo” que sería incluso más drástico que el de Moreno en Ecuador, también fue anunciado, aunque aún no ejecutado.

No es difícil darse cuenta cuál es la clase social que, con semejante paquete de medidas, sale mejor parada en sus intereses: los capitalistas. El ataque fue en toda la regla al bolsillo del pueblo trabajador y sus derechos.

La “estabilización”, incluso en esos términos reaccionarios, también fracasó: cuando se lanzó el plan el salario mínimo equivalía a 30 US$, para comenzar a descender brutalmente hasta llegar a ¡2 dólares mensuales!; siendo “aumentado” recientemente al equivalente a 7 dólares, más otros 7 de bono de alimentación. Salarios de hambre, de indigencia, derechos conculcados, todo lo cual el gobierno pretende amilanar con la “protección social” de los pírricos bonos mensuales y la precaria bolsa de comida subsidiada. Décadas de trabajo se volvieron literalmente nada, con la pulverizaron de las prestaciones sociales. Los patronos tienen en Venezuela una de las manos de obras más baratas del mundo, sino la más.

Como lo denunciamos desde que fue anunciado, se trató de un verdadero paquetazo antiobrero y antipopular, uno de los ajustes más brutales que se han hecho contra la clase obrera en el país. Las reaccionarias sanciones imperialistas, que rechazamos totalmente y que hay que exigir sean levantadas incondicionalmente, han venido a profundizar una catástrofe que ya existía.

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Muchas medidas “neoliberales” como para posar de anti-neoliberal

Si bien es cierto que el de Maduro y las FF.AA. no es un gobierno neoliberal “clásico” ni está bajo tutela del FMI, sino que, como herencia (bastante maltrecha) del post-neoliberalismo y tibio nacionalismo de Chávez, conserva aún importantes elementos de presencia estatal en la economía que los neoliberales cuestionan, ha avanzado sin embargo en incorporar drásticos y contundentes elementos que cualquier neoliberal envidiaría.

Aunque no da el espacio aquí para desarrollar en detalle, señalaremos por lo menos que Maduro ha llevado adelante un verdadero giro entreguista con la instauración de múltiples Zonas Económicas Especial (ZEE), verdaderos enclaves neoliberales para “atraer al capital transnacional”, exonerándoles impuestos, relajando los derechos laborales y garantizándoles un férreo control contra cualquier atisbo de lucha obrera; modificó por vía de hecho la legislación petrolera para avanzar en asociaciones donde los pulpos petroleros (incluyendo los de China y Rusia) tienen participación mayoritaria; sancionó nuevas leyes de inversión extranjera lesivas al interés nacional; ha empeñando activos de la nación y de PDVSA como garantía de pago a especuladores del capital financiero; profundiza brutalmente el extractivismo y el entreguismo con el llamado Arco Minero del Orinoco.

En consonancia con eso, mientras los neoliberales tienen como bandera la “flexibilización laboral”, es decir, que el Estado relaje las leyes que protegen ciertos derechos de los trabajadores para que los patronos puedan hacer y deshacer con más “libertad”, la suspensión de los derechos laborales que ha hecho Maduro alcanza un nivel que pocos regímenes neoliberales habrán logrado. Así mismo, tener una mano de obra tan miserablemente barata, como para que luego los trabajadores vean como un avance cualquier pequeña migaja que ofrezcan los patronos, es otro logro “liberal” de Maduro.

En cuanto a los recortes al gasto social que siempre son parte de la receta fondomonetarista para garantizarse los pagos, aunque Maduro dice que no aplicó recortes presupuestarios, sí llevó a cabo un drástico recorte por la vía de la restricción de los recursos para las importaciones de medicinas y alimentos, y mediante las políticas que condujeron a la hiperinflación que volvió nada los prespuestos de salud, educación, vivienda y demás, aunque nominalmente no fueran “recortados”, todo para garantizar pagos de deuda externa.

La represión siempre acompaña los planes neoliberales, tal como se muestra renovadamente hoy en Ecuador, Chile, Colombia, Honduras, Haití –represión por cierto avalada por Guaidó y toda la oposición de derecha que quiere imponer el mando del FMI¬–, y tal como se demostró en Venezuela brutalmente el 27 y 28 F del ’89 y en toda la década de los 90’s. Y pues, de eso tampoco carece el período de Maduro, que es también el de un mayor poder para los militares en el gobierno: a la crisis y los planes de ajuste le ha acompañado un giro profundamente autoritario y represivo, que no se expresa solo contra la derecha que cada vez que puede intenta alguna jugada destituyente o golpista, sino también con las manifestaciones estudiantiles y las luchas de los trabajadores y sectores populares.

Por eso, como venimos diciendo, es un total caradurismo y una desfachatez que Maduro y su gobierno se vengan a querer presentar como si fueran parte de la misma lucha que libran los pueblos que enfrentan los ajustes neoliberales. Al contrario, el de Maduro es también uno de esos gobiernos que, aún sin el FMI, aplica ajustes, paquetes y represión a los que debemos enfrentar con contundencia en las calles y lugares de trabajo, como lo hizo el pueblo ecuatoriano con Moreno y como lo hace el pueblo chileno contra Piñera. En nuestro caso, con la particularidad de que está planteado un doble combate, pues al mismo tiempo hay que batallar contra el oportunismo y los planes de una oposición de derecha que, cabalgando el descontento popular y la catástrofe económica, está compuesta por los que aspiran a ser los Piñera de Venezuela.


Ángel Arias

Sociólogo venezolano, nacido en 1983, ex dirigente estudiantil de la UCV, militante de la Liga de Trabajadores por el Socialismo (LTS) y columnista de La Izquierda Diario Venezuela.

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