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RESEÑA // LITERATURA. Encierro encantador

El invierno de mi generación, de Mauro Libertella.

Diego De Angelis

Diego De Angelis @DieDeAngelis

Domingo 17 de abril de 2016

El invierno de mi generación, la segunda novela de Mauro Libertella, comenzará, como se ocupará de señalar en primera persona el propio narrador, con la descripción breve de una inconfundible “escena de iniciación”: el primer día de clases. Pero antes que cualquier precisión, lo primero que destacará el protagonista será su peculiar forma de vestir, la camiseta suplente de un equipo de fútbol que orgullosamente lleva puesta para enfrentar ese día fundamental. Llegará, además, tarde. Impuntualidad que le permitirá observar desde afuera el interior del aula, donde pronto conocerá a sus compañeros y futuros grandes amigos. La indumentaria y el ingreso a destiempo establecerán de inmediato la configuración de una perspectiva a partir de la cual iniciar el relato de una experiencia decisiva, como puede ser la de atravesar, durante fines de los años noventa, la adolescencia y su largo, y a veces impreciso, desenlace.

Posición existencial entonces, pero fundamentalmente narrativa. Porque desapercibido, fuera de cualquier centro de atención, acaso como un suplente dedicado a observar y a comentar –y por eso mismo a escribir- con sus compañeros de banco las escenas que suceden a su alrededor, el narrador encontrará refugio en las mesas del fondo. En ese lugar, a retaguardia, a partir de la coincidencia de diversas afinidades identificativas, se producirá la formación de un pequeño grupo de amigos de allí en más inseparables.

Como anuncia el título de la novela, Libertella se dedicará exclusivamente a narrar recuerdos de ese grupo, su propia -y privada- generación. Mediante el despliegue ligero y apacible de un anecdotario juvenil pequeño burgués –pertenencia de clase que el autor asumirá con absoluta consciencia-, la novela recorrerá sus diversos períodos de existencia, persistencia e inevitable deterioro. Los últimos años de la secundaria en un colegio privado del barrio de Nuñez, las eternas discusiones estéticas, literarias pero sobre todo musicales –la música funcionará como una referencia de sentido insoslayable -, el encanto y veloz desencanto de un primer romance, el viaje de egresados a Bariloche, la búsqueda de trabajos poco estimulantes y mal pagos, el descubrimiento de la marihuana, la entrada incierta al universo académico.

El carácter híbrido de los integrantes del grupo garantizará su consolidación. Juntos organizarán una comunidad afectiva consagrada con entusiasmo a la práctica de la conversación permanente y determinada por un completo aislamiento. Un auto-encierro deliberado que la novela de Libertella subrayará como posible respuesta a una década definida por un escepticismo endémico y por la necesidad urgente del refugio existencial. El exterior permanecerá silenciado o apenas representado como un leve rumor lejano. Las únicas referencias serán las que incumban a la identificación de ese círculo “insular”, ajeno a cualquier tipo de contacto con la realidad de un afuera impreciso. Cuanto mayor sea el encierro, mayor será la posibilidad de disfrutar de una charla entre amigos sobre la propia vida y –críticamente- sobre la del prójimo más cercano. La creación de un lenguaje propio, de un sistema de comunicación interno, reforzará aún más esta idea.

Un disfrute que coincidirá formalmente con una escritura despojada, sin afectación. No habrá situaciones espectaculares o dramáticas en esta novela. Como si a Libertella no le importara la exhibición presuntuosa y optara por prescindir de cualquier ornamento. Su preocupación pareciera concentrarse en establecer, como en su notable primera novela –Mi libro enterrado, 2013-, una construcción que revele, a partir del gesto autobiográfico, una sensibilidad profunda, asentada en la celebración nostálgica de la amistad. El pequeño universo de los amigos queridos como trinchera desde donde defenderse de un presente desolador reservado a la juventud.

El placer por el ostracismo y la reclusión cada vez más pronunciada –que llegará a su nivel más alto cuando las reuniones del grupo sucedan en una terraza deshabitada dentro de una carpa- podría funcionar como cifra de un proceso de despolitización generalizado durante los noventa. Sin embargo, no deja de ser una hipótesis forzada. Pues la novela en ningún momento, siquiera como presencia especular o sobreentendida, se permitirá esa lectura.

El invierno de mi generación exhibirá en este aspecto un problema. Al no asumir del todo el riesgo de implicar narrativamente la dimensión política –el 2001 será tan solo señalado como el año de la muerte de George Harrison-, se producirá la propia despolitización de la novela en su conjunto. Y, gradualmente, la disolución misma de la experiencia sensible que se propone contar.

Una respuesta posible tal vez pueda encontrarse en su decisión de convertir en dominante una de las funciones del proceder melancólico: su carácter conservador.

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El invierno de mi generación
Mauro Libertella
Random House


Diego De Angelis

Nació en Buenos Aires en 1983. Licenciado en Letras en la UBA, escribe sobre literatura y cine en diferentes medios. Programa y coordina el ciclo "Cine para lectores".

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