Este año más de 100 mujeres uruguayas viajaron a Rosario, Argentina, para vivir la experiencia del XXXI Encuentro Nacional de Mujeres. Las reflexiones de quienes lo hicieron por primera vez todavía siguen sonando entre nosotras.
Domingo 30 de octubre de 2016
Este año más de 100 mujeres uruguayas viajaron a Rosario, Argentina, para vivir la experiencia del XXXI Encuentro Nacional de Mujeres. Las reflexiones de quienes lo hicieron por primera vez todavía siguen sonando entre nosotras.
Aquí, la interesante reflexión de Pilar, estudiante universitaria, que a partir de su vivencia en el Encuentro hace conexiones con la experiencia de militancia en común en la Comisión de Organización del Centro de Estudiantes de su Facultad, problematiza los condicionamientos en la producción intelectual y académica, no sin antes exponer las contradicciones que ve en el mismo movimiento de mujeres y reivindica la gran tarea de organizar a las mujeres trabajadoras, evitando así cualquier “reduccionismo”.
Pilar, estudiante de Antropología, UdeLaR: “Fui al Encuentro a raíz de una decisión contradictoria, ya que en otras circunstancias no hubiese ido. Lo mismo me pasó cuando ingresé a participar en la Comisión de Organización del Centro de Estudiantes de Humanidades (CEHCE). Yo tengo un tema con la cuestión de la mujer porque los discursos feministas no me atraen desde mi perspectiva política ni intelectual. No me siento representada por la mujer de la que habla el feminismo. No veo representada a mi vieja, por ejemplo, ni a mi abuela. Siento que reducen a la mujer, le quitan fuerza y potencial. Por eso me he mantenido por fuera de un movimiento que es por momentos victimizante, y que cae a veces en la renuncia a la crítica al capitalismo, o bien reduce la lucha al plano individual, o pelea simplemente por conseguir concesiones estatales. Ninguno de estos discursos me llaman la atención.
Lo mismo me pasaba con la discusión sobre las identidades sexuales. Cuando entré a la Comisión de Organización entré con el mismo sesgo: no quiero hablar del tema de la mujer solo porque soy mujer, lo siento como una imposición. A nivel de la academia siento lo mismo: no quiero producir intelectualmente solamente sobre este tema. Pero en la Comisión de Organización fui viendo otra forma de lucha de las mujeres, con las charlas que tuvimos al leer textos como el de Pan y Rosas de Andrea D’atri . Luchas de otras mujeres con otras realidades, como por ejemplo las obreras de Fripur, que son mujeres pero trabajadoras dentro de un sistema que las condena a una inestabilidad laboral y a una precarización y que ésto hace también al ser mujer en una territorialidad dada. Todo eso hace de ellas otro tipo de luchadoras que no las veo reflejadas en los discursos hegemónicos feministas. Las fui descubriendo y me fui haciendo críticas a mis propias posturas. Porque esta opresión no se manifiesta ante mí con la brutalidad con que lo hace ante una obrera de las maquilas o ante una mujer que es secuestrada para la trata de personas, y hasta ahora yo no tomaba estas cuestiones. Era una forma de resistir a ese reduccionismo. Ese fue mi gran pecado, porque más allá de que yo lo vivo, hay mujeres que lo viven mucho peor, y a ellas se les va la vida, literalmente. Entonces, yo fui al Encuentro para seguir con este proceso de empezar a salir de los lugares cómodos, y una vez que logro hacer esa operación puedo salir a pelear por esas personas que creo que lo necesitan más que yo, pero que a la vez no están representadas. Fui al Encuentro para encontrar a esas otras mujeres, no a la mujer víctima ni a la mujer que se concibe sola, sino la que vive en una comunidad, la que genera resistencias frente a un sistema que la oprime, la que se alía con otros, la que hace por sí sola sin esperar nada de los demás, como mi vieja por ejemplo que salió a laburar sola con dos pibes ... Yo quería encontrar a esas mujeres pero organizadas, y las encontré. Sobre todo en la marcha, que para mí fue un momento muy emotivo y movilizante. Yo creo que es necesario denunciar y combatir la opresión de la mujer pero no haciendo abstracciones que terminan por ocultar las contradicciones que existen en el propio movimiento. Quiero hacer cosas por esas mujeres que están jodidas pero no se quedan estancadas ni paralizadas.
El reclamo más sentido que vi en el Encuentro en Argentina fue el del aborto libre y gratuito, eso mal que mal lo tenemos en Uruguay, pero lo que no tenemos es a aquellas mujeres trabajadoras organizadas junto a las estudiantes, las feministas, todas unidas. Nosotras tenemos en Uruguay la regulación del aborto, pero al costo de no tener un movimiento organizado de mujeres que incluya a todos sus sectores. Muchas hablan de las mujeres pobres pero nunca hablan las mujeres pobres.
Me traigo de reflexión la necesidad de construir un movimiento independiente del Estado, lo cual es necesario, pero que sea unitario, que contenga a todas, no solamente al feminismo de clase media, que piensa en los reclamos que las mujeres de clase media creen que las mujeres de clase baja tienen. Y lo veo muy claramente en la condena constante de “violentas” a esas expresiones políticas que no son ese feminismo progresista condescendiente, racional, pseudo-pacifista que equipara la violencia institucional sistemática del Estado, de la policía, de la Iglesia, con el grito desesperado a impotente de mujeres que no dan más. Me traigo la necesidad de crear un movimiento más combativo, más crítico, más de clase, y que nos agrupe a todas en igualdad de condiciones”.
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[1] Léase el Libro Pan y Rosas. Pertenencia de género y antagonismo de clase en el capitalismo. Disponible en: http://www.pts.org.ar/IMG/article_PDF/pts_org_ar8743.pdf