Castro y su influencia duraron más que el engaño del “fin de la historia”, el capitalismo quiere liquidar las conquistas revolucionarias que perduran en la isla. La clase obrera y la juventud tienen mucho por hacer.

Luigi Morris @LuigiWMorris
Miércoles 30 de noviembre de 2016 15:39
Desde que la noticia de la muerte de Fidel Castro empezó a llegar a cada rincón del planeta, los medios salieron a declarar que se había “cerrado un ciclo” y que de una vez por todas, murió el último de los principales referentes de la revolución triunfante de Cuba. No es una operación casual e inocente, sino que vuelven a la carga con la idea del “fin de la historia” que se pregonó hasta el hartazgo en la última década del siglo pasado.
En los 90, post caída del muro de Berlín, se realizó una operación político ideológica que buscó eliminar del imaginario social la posibilidad de una transformación radical a través de una revolución. El capitalismo estaba a la ofensiva y celebraba su triunfo sobre los Estados Obreros desplegando las banderas del neoliberalismo sobre el tercio del mundo que había escapado durante décadas a su dominio, avanzando contra conquistas materiales de la clase obrera. Y a su vez con una gran ofensiva en lo subjetivo, planteando que los trabajadores ya no podíamos ser un sujeto colectivo transformador de la sociedad sino que más bien, exaltando salidas individualistas, había que conformarse “con el mejor sistema posible”, salvarse lo mejor posible dentro de él y, en todo caso, para los de abajo de todo algo se derramaría.
Pero el entramado chocó de frente, con las propias contradicciones y miserias que el capitalismo nunca deja de producir. Fue pocos años después y, a nivel mundial, a partir de la crisis abierta en 2008. Nuevamente frente a los ojos de millones, el sistema busca descargar la crisis sobre el pueblo: grandes salvatajes a los bancos, crecimiento del desempleo, mayor precarización laboral, continuidad de guerras, crisis humanitarias como la de los refugiados y una creciente polarización social con sus expresiones por derecha y por izquierda.
En las últimas dos décadas, al “capitalismo salvaje”, se le buscó oponer “la miseria de lo posible”: “humanizar” al capitalismo, dejar la lucha de clases y pelear por reformas. El propio Fidel ya decía que no había que seguir el camino de Cuba, que ya no era necesaria la expropiación de la burguesía y que ahora se trataba de combatir con las ideas. Mientras tanto, el propio líder cubano apoyaba y se relacionaba con gobiernos que defendían al capitalismo (aunque con discursos más beligerantes que otros) como el de Chávez, Kirchner y Evo Morales.
Por otra parte las burguesías autóctonas han perdido toda su capacidad de oposición al imperialismo -si alguna vez la tuvieron- y sólo forman su furgón de cola. No hay más cambios que hacer; o revolución socialista o caricatura de revolución.
Ernesto Che Guevara
Distintos sectores que reivindican a Fidel Castro y a la burocracia del Partido Comunista Cubano (que lleva adelante la política en pos del proceso de la restauración capitalista y prohíbe todo tipo de organización independiente de los trabajadores en el país), tienden a valorar las enormes conquistas que logró el pueblo a partir de 1959. Pero olvidándose (u omitiendo) el pequeño detalle de que fue mediante un revolución armada combinada con una huelga general que luego se fue profundizando en lo que el propio Che Guevara llamó “revolución de contragolpe”.
Sin expropiar a la burguesía y terratenientes, enfrentar al imperialismo y tener el control de las armas, no hubiese sido posible que existan los altos niveles de educación, salud y alfabetización que aún hoy ostenta la isla (con un embargo criminal por parte de Estados Unidos y el resto de las potencias mundiales y con recursos escasos). Los gobiernos progresistas de la última década han demostrado que las conquistas de la revolución cubana no son compatibles con el capitalismo. En Cuba, por ejemplo, hay que explicar qué es la medicina prepaga, la educación privada o el trabajo tercerizado, mientras que en el resto de Latinoamérica son moneda corriente.
En un contexto internacional complejo, con nuevas tensiones geopolíticas, una crisis económica irresuelta y con Trump próximamente al mando de la principal potencia imperialista que se encuentra a escasos kilómetros de la isla, hay que preguntarse hacia dónde va Cuba y cómo defender aquellas conquistas que enorgullecen al pueblo cubano.
En los 90, con el capitalismo en ascenso y el bloqueo endurecido con la Ley Burton Helms que buscaba limitar las negociaciones comerciales que realizaba Cuba con otros países; la isla entraba en el “período especial” que empeoraba las condiciones de vida de los cubanos. En los últimos años, la política de Obama fue la del "deshielo" para sacar tajada de las oportunidades económicas que abre el proceso de restauración, mientras que con la nueva administración no se descarta una ofensiva más agresiva del imperialismo.
Los trotskistas defendemos la revolución cubana pero somos críticos de la falta de democracia directa para los trabajadores que día a día se esfuerzan en mantener a Cuba en pie pero que no tienen ningún organismo de masas para incidir en las decisiones alrededor de la producción y otros temas nacionales, como los fueron los soviets en los primeros años de la revolución rusa. Para defender las conquistas de la revolución en necesario avanzar en una revolución política que dé libertad de tendencias ideológicas entre todos aquellos dispuestos a profundizar el recorrido hacia el socialismo y extenderlo más allá de las fronteras de la isla.
Aún no está dicho cuál será el desenlace del complejo proceso político-económico-social por el que atraviesa hoy Cuba, si se llevará hasta el final el proceso de restauración capitalista (y qué papel jugará allí la burocracia castrista que en tantos años consiguió privilegios de casta exclusivos) o si el pueblo cubano ofrecerá resistencia frente a un cambio que buscará eliminar sus conquistas y dejar a la isla a merced de las reglas del capital y la opresión del imperialismo estadounidense bajo la conducción de Donald Trump. Buscando negociar con una línea más dura y en condiciones más favorable para los Estados Unidos, Trump ya expresó que “si Cuba no está dispuesta a hacer un acuerdo mejor para el pueblo cubano y los cubano-estadounidenses en su conjunto, pondré fin al acuerdo".
A pesar de que el próximo presidente republicano y la burguesía mundial quieran equiparar al histórico y científico proyecto comunista de Marx, Engels, Lenin, Luxemburgo y Trotsky, entre otros, con lo que fue el stalinismo y dar por tierra a las revoluciones socialistas, la muerte de Fidel, lejos de ser sinónimo de “fin de la historia”, abre el debate en millones de jóvenes y sectores de la clase trabajadora sobre qué fue la revolución cubana, qué lecciones sacar sobre dicho proceso y pensar las tareas del hoy. La juventud de hoy en día está mas cerca de la caída del Lehman Brothers que de la del muro Berlín, pero aún todavía está lejos de la inspiración que supo generar la revolución cubana. Es una generación que sabe que va a vivir peor que sus padres. En ese contexto, que el mundo discuta “qué va a ser de Cuba ahora” abre la oportunidad de dar una batalla a fondo, tanto con las ideas como con el cuerpo en las calles, en las fábricas, en las universidades y en los barrios.
Las nulas perspectivas que hoy ofrece el capitalismo ha generado procesos juveniles como el de los indignados en el Estado Español, los estudiantes chilenos peleando por la educación gratuita y de calidad, la unidad obrero estudiantil en las calles de Francia contra la reforma laboral, su participación en los procesos abiertos durante la primavera árabe, la actual lucha por los derechos de las mujeres, por nombrar algunos, más el movimiento Black Lives Matters y el rechazo a Trump en el propio corazón del capitalismo. De conjunto, el espíritu de la época es otro muy distinto al que intoxicó en los 90 a las masas del mundo y al que hizo creer en los 2000 que el crecimiento (basado en burbujas débiles y globales) iba a ser eterno.
El castrismo dio lugar a un Estado obrero deformado, bajo el régimen de partido Estado y único. Acoplándose, a la nefasta experiencia del stalinismo, responsable de la burocratización de la Unión Soviética. Lo cual contribuyó a demonizar la idea de partido. Y esa es otro batalla a dar, recuperar la tradición de Lenin y Trotsky en la que el partido tiene un rol central en los procesos revolucionarios, siendo esa pluma capaz de inclinar la balanza hacia la victoria de los trabajadores y el pueblo, pero buscando convencer con las ideas en los organismos de organización de masas.
Está en nuestras manos rescatar lo mejor que han dado las revoluciones del siglo XX tanto como sacar lecciones de los errores estratégicos (o políticas deliberados) que las llevaron a encerronas históricas. Entre otras cosas, se impone la idea de construir partidos de trabajadores que tengan la revolución socialista como horizonte. Y no solamente en un país sino en el mundo entero.