×
×
Red Internacional
lid bot

INFORME SOBRE CAMBIO CLIMÁTICO. Es posible alimentar a todo el mundo salvando el planeta

Según el IPCC el desperdicio de alimentos es responsable del 10% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Alrededor de 822 millones de personas experimentan hambruna crónica. Combatir el cambio climático exige la planificación y adecuada redistribución de la producción alimenticia.

Viernes 9 de agosto de 2019

Las actividades de la industria de la alimentación han supuesto la transformación de los suelos, desde su papel natural en la cadena trófica como sumideros de dióxido de carbono, a enormes emisores de gases de efecto invernadero. Para combatir el cambio climático son necesarios cambios profundos en la producción de alimentos a nivel mundial, la gestión de los suelos y las dietas.

Estas son las conclusiones del último informe del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC), grupo de expertos de la ONU, publicado este jueves sobre impacto del uso de las tierras en alimentos y clima. Según este, un 23% de todas las emisiones de gases de efecto invernadero que tienen origen en la actividad humana proceden del uso de la tierra para la producción de alimentos. Un porcentaje que puede ampliarse hasta el 37% si se tienen en cuenta el resto de las actividades asociadas a la producción y distribución mundial de alimentos. Una cantidad que el IPCC prevé que se incremente en los próximos años.

La producción de comida y la contaminación aumentan, pero el mundo pasa más hambre

Buena parte de la producción que genera la industria alimenticia ni si quiera llega al consumo humano, sino que derrocha o desperdicia. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) calcula que se tiran 1.600 millones de toneladas de comida cada año, es decir, entre el 25% y el 30% del total de alimentos producidos en el mundo. Este desperdicio de alimentos es responsable de hasta el 10% de todas las emisiones de efecto invernadero que genera el ser humano, según el IPCC.

Datos que contrastan con los casi 822 millones de personas que padecen de hambruna crónica en todo el mundo. Esto supone el 11% de la población global en situación de desnutrición en un mundo en el que existe comida suficiente para todos. Una cifra que, lejos de disminuir, se ha visto incrementada a lo largo de los últimos tres años.

La contracara de esta terrible situación son los más de 2.000 millones de adultos que padecen sobrepeso u obesidad. Una enfermedad cuya incidencia se ha triplicado desde el año 1975 y que afecta principalmente a las personas de rentas más bajas, que se ven obligadas a acceder -unido a la falta de información nutricional y la manipulación química de la comida para hacerla adictiva- a los alimentos más baratos, procesados, cuyo contenido calórico es más abundante en azúcares y grasas saturadas, pero de menor valor nutritivo.

Hambre y obesidad son las dos caras de la inseguridad alimentaria cuyo origen es la pobreza que atraviesa y trasciende la división Norte-Sur. El sistema capitalista se muestra incapaz de alimentar adecuadamente -siquiera alimentar- a cerca de la mitad de la población, pero su modelo de producción de alimentos es responsable directo de la deforestación, la degradación del suelo y de la emisión de gases de efecto invernadero.

Una estrategia de transformación radical de la producción alimenticia no puede entenderse separada del objetivo de erradicar la desnutrición que afecta a la décima parte de la humanidad. Tampoco de acabar con la malnutrición asociada a los problemas de obesidad, la nueva epidemia moderna. Las capacidades productivas actuales permitirían, desde hoy mismo, resolver estas cuestiones y ofrecer una nutrición saludable para enterrar el hambre como un problema de tiempos pasados al tiempo que decrecer en la producción alimenticia y la contaminación resultante, siempre y cuando se superen las trabas que la propiedad privada y la acumulación capitalista impone a la sociedad de conjunto. El problema es social y político, no tecnológico. El problema es estructural, no individual.

No se trata, por tanto, de introducir cambios particulares en patrones de consumo individuales -aunque sin duda nuestra dieta tendrá que cambiar globalmente y de conjunto-, sino de la planificación racional y democrática en la elaboración, transporte y distribución de alimentos; contra toda lógica de mercado que únicamente sirve a los intereses de empresas como Monsanto, actualmente propiedad del grupo Bayer, conocida por empobrecer a los pequeños agricultores, destruir la selva del Amazonas y por su implicación en el asesinato de activistas ambientalistas e indigenistas.

Es necesario expropiar a estas grandes multinacionales sin indemnizaciones y socializar sus recursos bajo el control de los trabajadores, los pequeños productores y las clases populares al servicio de un nuevo sistema de producción de alimentos que entienda una nutrición suficiente para la mayoría de la población, saludable y en armonía con el medioambiente.