Hoy la demanda de Asamblea Constituyente resuena en las calles, mientras el gobierno responde con un Congreso Constituyente. Sin embargo, no es la primera vez que se intenta realizar un proceso constituyente y en 1925 éste fue desviado en contra de los intereses del movimiento obrero y los sectores populares.

Álvaro Pérez Jorquera Profesor de Historia y Geografía, historiador y músico
Martes 12 de noviembre de 2019
A cuatro semanas del estallido de la rebelión popular en Chile, con millones en las calles, sosteniendo jornadas de movilización diarias, suena muy fuerte la demanda de Asamblea Constituyente. Esto no es un hecho menor, pues esto por si solo significa que existe un reconocimiento de las masas a que el régimen actual se encuentra en una crisis y que esta crisis es estructural, por lo que no se solucionará con meras reformas.
Esto representa un salto en la consciencia política de amplios sectores, un salto reflejado en la frase “no son 30 pesos sino 30 años”, luego de todo un ciclo de movilizaciones que cuestionaban aspectos profundos del capitalismo chileno (por ejemplo, educación gratuita o no más AFP) pero de forma sectorial y sin confluencia entre los distintos ámbitos, una responsabilidad directa de las direcciones de las organizaciones sindicales y estudiantiles, el Partido Comunista y el Frente Amplio quienes desviaron una y otra vez estos procesos hacia el parlamento, demostrando en la práctica la insuficiencia de esta estrategia.
Un giro de la situación actual es precisamente esa confluencia de demandas sentidas de diversos ámbitos, prueba contundente de que el régimen y sus instituciones son incapaces de resolver esta problemática, y es así que no sólo se mantiene la exigencia sino que se supera: No sólo son algunos aspectos, es todo el sistema que está mal, partiendo por la Constitución. Además refleja un importante avance de la consciencia política de las masas, que le pone límites al desvío que hoy buscan tanto el gobierno como la oposición.
Constitución y crisis del sistema parlamentario oligárquico de inicios del siglo XX
Algo similar ocurría también en los primeros años del siglo XX chileno, en plena república parlamentarista. Esta fue resultado del quiebre dentro de la propia burguesía, donde el sector más progresista representado por José Manuel Balmaceda, que pujaba por hacer despegar el país como una economía capitalista industrial relativamente más autónoma, chocó con los intereses del imperialismo británico y norteamericano y sus aliados rentistas en la burguesía nacional, a quienes les beneficiaba el modelo primario exportador. Balmaceda, utilizando las amplias atribuciones que la constitución autoritaria de Portales le daba al poder ejecutivo, impulsó este proyecto y la respuesta del sector rentista fue atrincherarse en el Congreso, lo que profundizó la crisis hacia una guerra civil que terminó con la derrota de esta burguesía industrialista y la imposición de un parlamentarismo que en los hechos funcionó como un directorio empresarial, administrando los negocios comunes de la burguesía chilena.
Esto explica la abrumadora diferencia social existente en Chile, siendo clara la diferencia de una burguesía que vivía su Belle Epoque mientras la clase obrera y los sectores populares estaban sumidos en la "cuestión social" como peyorativamente designaron al conjunto de los problemas sociales derivados de la explotación a destajo. La burguesía, completamente ajena a estos padecimientos, tampoco "entendió" como no lo hace hoy, el origen del estallido social.
La Matanza de la Escuela Santa María de Iquique es la postal de este momento, y ante la insensibilidad de las clases altas, se multiplicaron las huelgas así como las organizaciones sindicales y estudiantiles. Es la época del surgimiento de la Federación Obrera de Chile (Foch), de la Federación de Estudiantes de Chile (Fech) y la Asociación General de Profesores (AGP).
Los problemas de la sociedad chilena no solo se acotaban a las miserables condiciones de vida y de trabajo de la clase obrera y los sectores populares, si no que también la emergencia de sectores medios con sus propias demandas ante un régimen político dónde una burguesía oligárquica era la única con voz y voto. No es de extrañar entonces que ante este modelo surgieran múltiples críticas y voces que llamaban a la reorganización del régimen, pues había perdido legitimidad y apareció en escena un nuevo actor político y fuera de todo control por parte de las clases dominantes: La clase obrera, junto a los sectores medios y populares.
Los factores de la crisis de régimen de los años 20’
Ante esto, la burguesía se dividió. Una parte, que luego formaría la Alianza Liberal que llevaría a Arturo Alessandri al poder, buscó conservar las condiciones de dominación por medio de la renovación del poder político reformando al Estado para que fuese capaz de controlar legal e institucionalmente a estos nuevos actores sociales, por ejemplo volviendo legales los sindicatos y reglamentando sus negociaciones para que no afecten al conjunto del sistema. Otra parte, la Unión Nacional, es la que vio en el intento reformista una amenaza a sus intereses y privilegios, y la victoria de Alessandri, con apoyo de un importante sector de las masas bajo la ilusión de las reformas, reavivó el miedo histórico hacia la clase obrera, por lo que obstruyeron desde el parlamento toda iniciativa de reforma, precipitando la división de las clases dominantes y profundizando la crisis del régimen.
La reacción de la clase obrera, los sectores populares y medios no se hizo esperar y pronto demandaron una Asamblea Constituyente, cuestión que rápidamente se extendió y comenzó a organizarse por fuera de los canales establecidos en la anquilosada constitución portaliana de 1833, estableciéndose el proceso en los hechos. Esto bloqueó para la burguesía toda posibilidad de encauzar al movimiento, en otras palabras, fue incapaz de frenar la aparición de una política independiente a los intereses oligárquicos.
Un ejemplo de esto fue la Asamblea Constituyente de Asalariados e Intelectuales, que se realizó en los marcos o en preparación de la constituyente que debía llamar Alessandri, como plantearon sus propios organizadores. Por eso se la conoce también como la “Constituyente Chica”, aunque agrupó un amplio abanico de organizaciones del movimiento obrero y popular como el Partido Comunista, la Federación Obrera de Chile, la Asociación General de Profesores, la Unión de Empleados de Chile, la Federación de Estudiantes de Chile, sindicalistas independientes, sectores anarquistas, demócratas, radicales, feministas y otros.
Esta experiencia sesionó entre el 8 y el 11 de marzo de 1925, mostrando un embrión de proyecto político nacional que anunciaba una independencia política o al menos marcaba un camino en esa dirección. Entre los aportes más destacados de esta experiencia aparecen la definición de la tierra como un bien social, el fomento desde el Estado del arte y la ciencia, la separación completa de la Iglesia y el Estado, poder legislativo con funcionarios revocables, gratuidad de la enseñanza desde la escuela primaria a la universidad con gestión de profesores, apoderados y estudiantes y financiada enteramente por el Estado, entre otras exigencias tremendamente progresivas para la época[1].
El conflicto de poderes y la intervención militar
Sin embargo, si bien mostró una capacidad de generar un proyecto político independiente a los intereses de la oligarquía, y su valoración está en ser un intento para dotar al movimiento obrero, los sectores medios y populares de lineamientos programáticos que pesaran en el proceso constituyente llamado por Alessandri, su fuerza e influencia no fue la suficiente, sino que mas bien frágil al ser un proceso realizado “en frío”, sin movilización y respetando el camino señalado desde el Estado, por lo que no fue capaz de imponerse, aún en la crisis política galopante, dando el pase a las clases dominantes para canalizar la experiencia.
Y esto llegó. A través de la intervención militar, esta vez no como enfrentamiento armado, como en la Guerra Civil de 1891, sino como un actor político, forjando una alianza con la burguesía reformista contra el sector conservador, y ante todo, para frenar el ascenso del movimiento obrero y popular.
En 1925 los militares intervienen, eligen un Comité Militar de entre los jóvenes (reformistas), imponen el estado de sitio y cierran el Congreso y tramitan el grueso del proyecto de Alessandri, sin embargo éste se niega a compartir el poder con los militares y le entrega la banda presidencial a una Junta Militar, compuesta por militares oligárquicos que genera una dictadura militar con 2 polos, presionados a su vez por el movimiento obrero y popular que exigía una Asamblea Constituyente.
Finalmente se resuelve traer de vuelta a Alessandri, quien establece un gabinete cívico militar compartiendo el poder con Carlos Ibáñez del Campo, que sin la oposición del parlamento y con el poder militar de facto de su parte decide establecer una comisión redactora de menos de una decena, de la cual nace la nueva Constitución de 1925.
De esta manera “la Constitución Política de 1925 no tuvo una génesis democrática sino todo lo contrario, su origen fue, esencialmente, autoritario. Fue redactada en forma antidemocrática, no fue elaborada ni el producto de un “poder constituyente” sino fue producida por el poder constituido. Por esa razón, no resolvió la crisis orgánica de la sociedad chilena debido, fundamentalmente, a la escasa legitimidad y aceptación que tenía entre los diversos actores sociales y políticos relevantes de la época. ”[2]
Esta situación de ilegitimidad va a requerir un segundo ciclo, que imponga la Constitución, y esto dará paso a la sangrienta dictadura de Ibáñez del Campo en 1927, que persiguió, exilió, encarceló y eliminó a gran parte de los dirigentes políticos y sociales de la clase obrera y los sectores populares, disciplinando al resto para legitimar por la fuerza el resultado del falseado proceso constituyente.
Las principales lecciones ¿Es posible una Constituyente libre y soberana dentro de los marcos del régimen?
Como podemos ver, una Asamblea Constituyente es en esencia una excepción a todo régimen, un momento fundacional o refundacional, y por consiguiente, establece una diferencia entre el poder constituido, el viejo orden, y el constituyente, que genera uno nuevo. En estos marcos, es imposible generar un escenario constituyente dentro de los marcos de aquel que está constituido, pues eso significaría que no se está realizando nada nuevo[3]. Una Asamblea Constituyente es lo más radical que puede dar la democracia burguesa. La actual propuesta del gobierno sobre un Congreso Constituyente sería parte también de un desvío que busca cambiar algo para que nada cambie. Y es también la debilidad utópica que hoy impulsa la Mesa de Unidad Social, en tanto buscan negociar con el viejo régimen el surgimiento de uno nuevo, reforzando la lógica de una constituyente amordazada a las instituciones del pinochetismo.
De la misma manera, no basta con el poder constituyente, que lo tuvieron Alessandri y los militares quienes eran ya parte del régimen, éste además debe tener la capacidad de ser impuesto y contradictoriamente, la burguesía que representaron ambos actores no sólo travistió la expresión máxima de democracia radical en una restringida comisión autoritaria dejando fuera al movimiento obrero y popular, sino que además, dada su ilegitimidad frente a las masas esto se realizó por medio de una dictadura militar, como también lo haría posteriormente Pinochet en 1980. Es decir, la burguesía chilena demuestra cómo es capaz de traicionar los principios que declama con tal de mantener sus privilegios intactos. Y para el movimiento obrero plantea el problema de quién finalmente tiene el poder.
La Asamblea Constituyente de Asalariados e Intelectuales si bien expresó un camino hacia la independencia política del movimiento obrero y popular, no pudo imponerse porque no contaba con la fuerza necesaria para hacerlo, esto es la movilización de miles en las calles, ayudando al desvío de esta experiencia hacia otras variantes como lo fue Alessandri o los militares, quienes a su vez lo canalizaron hacia las viejas instituciones y el autoritarismo del Estado. En otras palabras, no llegó a disputarle el poder a la burguesía de la época y eso facilitó el proceso de desvío y que se ignoraran las demandas.
Hoy la dirección actual de la Mesa de Unidad Social nuevamente lleva este proceso al desvío institucional, a pesar de los miles en las calles, insistiendo en jugar al desgaste y desperdiciar las fuerzas en el tiempo en vez de dirigirlas hacia un golpe certero al régimen. Prueba de ello es su negativa a impulsar el Fuera Piñera! que toda la calle grita ¿Qué Constitución puede salir si se mantiene un gobierno que ha demostrado no tener asco en asesinar, torturar, violar y mutilar a quienes se movilizan por estos cambios? ¿Qué puede evitar el desenlace de 1925 y 1980, imponiendo las nuevas constituciones por la fuerza militar, manteniendo un gobierno que ya ha sacado a los militares a las calles?
Es por esto, con miles y millones en las calles está planteada la necesidad de que el gobierno, el régimen y sus instituciones, caigan para poder llevar adelante nuestras demandas porque ¿Es posible que un gobierno que se mantiene usando la más brutal violencia policial y una criminalización exacerbada pueda resolver nuestras demandas? Las calles tienen hoy la fuerza para imponer una Asamblea Constituyente libre y soberana, con delegados cada 10 mil personas, revocables en cualquier momento, donde se expresen las demandas de la inmensa mayoría trabajadora y oprimida.
El Chile que despertó tiene hoy el desafío de tomar estas lecciones para evitar el desvío que quiere el régimen, hacer pocos cambios para que lo fundamental se mantenga. Es clave, para una Asamblea Constituyente verdaderamente libre y soberana, que el gobierno caiga, que él régimen heredado de la dictadura se haga trizas finalmente, y que lo viejo termine de morir para que lo nuevo pueda finalmente nacer.
Te puede interesar: ¿Para qué la huelga general y la coordinación desde la base? Una pregunta urgente en el momento actual
Te puede interesar: ¿Para qué la huelga general y la coordinación desde la base? Una pregunta urgente en el momento actual
Referencias
[1] Texto completo en Grez Toso, Sergio. (2016). La asamblea constituyente de asalariados e intelectuales Chile, 1925: Entre el olvido y la mitificación. Izquierdas, (29), 1-48. https://dx.doi.org/10.4067/S0718-50492016000400001
[2] Gómez Leyton, Juan Carlos. (2017) Poder Constituyente, Crisis del Estado Oligárquico: Chile, 1910-1925. Revista Direito e Práxis , 8 (4), 3069-3116. https://dx.doi.org/10.1590/2179-8966/2017/31226
[3] Esto contrasta con la visión de Sofía Correa Sutil quien argumenta que los cambios constitucionales más exitosos en Chile han resultado de la mano del Congreso Nacional. Si bien es cierto, olvida también el motivo por el cuál se realizaron estos cambios: Fueron realizados en momentos álgidos, donde la burguesía se enfrentaba al cuestionamiento de sus privilegios, lo cual puede ser una poderosa motivación para legislar los mecanismos que sean necesarios para desviar las exigencias dentro de los canales institucionales, es decir para mantener en pie el poder constituido. En Correa Sutil, Sofía. (2015). Los procesos constituyentes en la historia de Chile: lecciones para el presente. Centro de Estudios Públicos Universidad de Chile. https://www.cepchile.cl/cep/site/docs/20160304/20160304101208/rev137_SCorreaSutil.pdf