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PSICOLOGĂŤA // TRIBUNA ABIERTA. Esa paciente, la dominatrix

Compartimos un nuevo relato clĂ­nico del licenciado en PsicologĂ­a Patricio Leone, colaborador de La Izquierda Diario.

Patricio Leone Lic. en PsicologĂ­a y docente - Director de Diafos y creador del grupo "PsicĂłlogas y PsicĂłlogos en Argentina"

Sábado 17 de enero de 2015

HabĂ­a llegado del consultorio, de noche, extenuado, luego de una larguĂ­sima jornada.
Sonó el teléfono.

– Leone, venite urgente –dijo la consabida voz–. Hay una mujer con una crisis brutal. Amenaza con matar al novio.

Si no quería lidiar con imprevistos y emociones debería haberme metido a taxidermista, pensé. Así que agarré el portafolios y desandé las pocas cuadras hasta llegar.

La vi.

AltĂ­sima, con el pelo recogido y tirante hasta insinuar dolor, una coleta interminable, unos ojos que luego se revelarĂ­an frĂ­os como un gulag, pero que en ese momento estaban encendidos por la furia y aplanados por arcaicos padecimientos, y un cuerpo cincelado, curva tras curva, por un artesano encandilado.

Era muy bella.

No, no es cierto, no lo era.

Hasta hoy logra engañarme.

Era imponente.

Imponente, esa es la palabra.

–Contame –le dije, una vez adentro del consultorio.

Así comenzamos nuestras sesiones, las que rápidamente salieron del novio, que era, como tantas veces, el proxeneta que la regenteaba, y se fugaron hacia otros andurriales.

Era divertido salir a la sala de espera y verla, ahĂ­ parada, concitando las miradas recelosas, intrigadas y lujuriosas.

–Sus pacientes son todos unos pajeros –me dijo un día.
–Vos también sos paciente mía –le contesté, sonriendo.
–Usted siempre me deja sin saber qué decir.

Era dominatrix, esa modalidad de prostituta que inflige martirios y humillaciones a clientes masoquistas, que gozan con ello, y pagan con abundancia. Me contaba con detalle cada uno de sus encuentros, cĂłmo los flagelaba, me leĂ­a las cartas que le escribĂ­an. No permitĂ­a el contacto fĂ­sico. No habĂ­a besos, ni caricias, ni, mucho menos, contacto sexual. Solo sĂşplicas, llantos y agonĂ­a.

–Usted es casado?
–Sí –le respondí.
–Su mujer tiene mucha suerte.
–Soy tu psicólogo. Me idealizás.
–No, de verdad. Usted no sabe la basura con la que trato. Los desprecio. Mi trabajo es despreciarlos, pero lo mío es auténtico. Me repugnan. Si pudiera los mataría –dijo, seria y descorazonada.

  •  Si lo hacĂ©s, no me nombres –le dije, intentando suavizarla.

    Se rió con una carcajada que jamás le había escuchado. Una risa de nena con trencitas.

    –Me hacés reír. Sos la única persona que me hace reír –me dijo, animándose al tuteo.

    Fue el mes en el que murió Alejandro, mi adorado amigo. Una puta depresión se lo llevó en veinte días, disfrazada de una infección en la base del encéfalo. Los tipos buenos se mueren de tristeza, sin que nadie pueda hacer nada por ellos, salvo llorarlos, sentados en una escalera marchita y demodé.

    La sesiĂłn siguiente fue dura.

    –Yo sé de sufrimiento –me dijo ni bien entró, mirándome, rabiosa–. Usted hoy tiene olor a muerte –volvió a decirme, retirándome el tuteo.

    La miré perplejo, como un animal a punto de ser devorado.

    –Algo así –le dije.

    No vino la sesiĂłn siguiente.

    Ni la otra.

    Ni la posterior.

    No vino más.

    Nunca volvĂ­ a verla.

    Nunca más supe de ella.

    De todos los pacientes aprendo algo.

    De ella aprendĂ­ el sabor del asco, cuando se adhiere.

    De ella aprendĂ­ que todas las mujeres son nenas con trencitas, cuando son felices.

    De ella aprendĂ­ que los pacientes nos huelen, y aciertan.

    De ella aprendĂ­ que tampoco quieren compartirnos con ningĂşn otro dolor.

    Que debemos estar ahĂ­, para ellos.

    Siempre, sin distracciones.