Sábado 12 de mayo de 2018
La decisión de Donald Trump de retirarse del acuerdo nuclear con Irán es quizás el acto de gobierno más previsible hasta el momento de su errática presidencia. El timing quizás se explique en el plano externo, por la creciente probabilidad de que Rusia e Irán terminen dictando los términos de la posguerra en Siria. En el plano doméstico, el desembarco en la Casa Blanca de Mike Pompeo y John Bolton, dos halcones rabiosamente anti iraníes, aceleró este giro hacia una política exterior más agresiva –tanto para los enemigos como para los aliados- en sintonía con la consigna “America First” que se volvió el mantra de la administración Trump.
El portazo de Estados Unidos al “Plan de Acción Conjunto y Completo” (nombre formal del acuerdo nuclear con Irán, también conocido como P5+1) se trata de una reivindicación del unilateralismo, una exhibición de imperialismo explícito, sin disfraz humanitario ni apelación a una supuesta legalidad internacional. No es una respuesta a alguna violación de parte de Irán de los compromisos que asumió. Es más, según los signatarios del acuerdo y la Agencia Internacional de Energía Atómica, el organismo encargado de supervisar el congelamiento del programa nuclear iraní, los ayatolas hicieron prolijamente los deberes.
En su discurso Trump ni siquiera buscó una justificación digerible a las otras potencias signatarias. Dijo que abandona el acuerdo -“horrible”, “ridículo”, “ruinoso”- porque no responde a los intereses imperiales de Estados Unidos. Secundariamente, tampoco a los de sus aliados regionales, Israel y Arabia Saudita.
El presidente norteamericano acusó a Teherán de promover el terrorismo, con tan poca rigurosidad que incluyó en la lista de villanos esponsoreados por Irán a Al Qaeda y los talibán, es decir, a los principales enemigos sunitas del régimen chiita iraní. Además, denunció las “actividades malignas y siniestras” en la región, en alusión al involucramiento de Irán en la guerra civil siria y en Yemen.
Como todo fundamento, Trump apeló a un Power Point trucho fabricado por los servicios secretos israelíes que utilizó hace unos días Benjamin Netanyahu para demostrar que “Irán miente”. Es imposible no comparar este show con el de hace 15 años atrás, cuando sin sonrojarse Colin Powell exhibía imágenes trucadas de las armas de destrucción masiva que supuestamente tenía Saddam Hussein y que fueron el casus belli para la invasión de Irak. Aunque, como veremos, eso no quiere decir que la estrategia de Trump sea ir a una guerra contra Irán.
Trump volvió a humillar a sus aliados europeos. El “grupo de las tres M” -Merkel, May y Macron-, asumió la desdichada tarea de salvar el acuerdo, tratando de que Irán acepte hacer mayores concesiones para apaciguar a Trump. Macron y Merkel peregrinaron a Washington para tratar de persuadirlo. Y también lo intentó Theresa May, la conservadora primera ministra británica, que se considera del mismo palo que Trump. Pero el trabajo de lobby fracasó. Fueron desairados por el magnate neoyorquino en fila.
Esta nueva afrenta contra “occidente” se suma al retiro de Estados Unidos de los acuerdos de París, la imposición de aranceles al acero y el aluminio. Europa quedó a la defensiva y trata de proteger sus intereses. Que son económicos, porque gran parte de las firmas que establecieron relaciones comerciales con Irán son europeas. Y también políticos, porque nuevas guerras en Medio Oriente significarán mayores oleadas de refugiados que tratarán de entrar a la UE, y posiblemente, también la amenaza de atentados terroristas como lo que ya ocurrieron en París, Berlín, Londres o Bélgica.
Por ahora sostienen la ficción de que mantendrán el acuerdo y que buscarán evitar que sus empresas sufran las sanciones secundarias que Estados Unidos impondrá a toda firma que mantenga relaciones comerciales con Irán, pasado el plazo de 180 días que el Tesoro norteamericano le dio a las empresas extranjeras para que cierren sus operaciones. Pero este plan es poco creíble y lo más probable es que, junto con la situación crítica que atraviesa la alianza transatlántica, quede expuesta también la impotencia europea para influir de manera decisiva en la política mundial.
Pero es en el Medio Oriente, y en particular en Siria, donde este cambio de política norteamericana tiene el potencial de desatar una escalada bélica.
El fortalecimiento regional de Irán fue el resultado no deseado de la política de Estados Unidos, que con la guerra de Irak y el derrocamiento del régimen de Saddam Hussein, permitió que accediera al poder del estado iraquí la mayoría chiita aliada del régimen iraní. A partir de esa posición, Teherán buscó construir un escudo defensivo regional –el “eje de la resistencia” como lo llama- que va desde el Líbano a Yemen, y en el que Siria tiene un valor estratégico fundamental para contrarrestar la hostilidad de Arabia Saudita e Israel, los dos principales aliados de Estados Unidos en la región.
Mantener a raya a Irán es un problema estratégico de primer orden para Estados Unidos (y sus aliados regionales, en particular Israel, Arabia Saudita y las monarquías del Golfo) desde la revolución de 1979.
Durante las presidencias de Barack Obama, Estados Unidos impuso un sistema de sanciones económicas multilaterales durísimo contra Irán, del que participaban las potencias europeas, para obligarlo a renunciar a su programa nuclear.
Sin embargo, la emergencia del Estado Islámico que en 2014 estableció su califato en un territorio que abarcaba parte de Siria e Irak, cambió las prioridades de Estados Unidos, que producto de las derrotas en las guerras de Irak y Afganistán y de la desastrosa intervención en Libia, no estaba en condiciones de lanzar una nueva guerra en Medio Oriente. En el cálculo del imperialismo, necesitaba la colaboración de Irán para combatir al Estado Islámico (un enemigo de ambos) y estabilizar relativamente la región.
En este contexto se firmó el acuerdo nuclear con Irán en 2015, impulsado por Obama y garantizado por los otros cuatro miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (Francia, Gran Bretaña, Rusia y China) y Alemania. Este fue un cambio geopolítico de gran magnitud, furiosamente resistido por el régimen saudita e Israel, y dentro mismo de Estados Unidos por la mayoría del partido republicano.
La derrota del Estado Islámico cambió radicalmente el escenario y también las prioridades de Estados Unidos, que ahora intenta evitar que sean Rusia, Irán y en menor medida Turquía (que tardíamente se subió al carro de los vencedores) los que dicten los términos de la posguerra en Siria.
Según Trump, Obama negoció desde una posición de debilidad autoinfligida y que por lo tanto hizo concesiones demasiado generosas al régimen iraní. En pocas palabras, que las sanciones alcanzaron para sentarlo a la mesa de negociación pero no para ponerlo de rodillas. Su estrategia es redoblar la presión, probablemente en una acción de pinzas entre el ahogo económico con las sanciones y la amenaza militar con Israel, para extraer mayores concesiones.
Ante la situación crítica interna de las dos fracciones del régimen de los ayatolas –los reformistas del presidente H. Rouhani y el ala dura del ex presidente M. Ahmadinejad y el clero más conservador- que fueron blanco por igual de las protestas populares de diciembre y enero pasado, la apuesta de Trump es que elegirán sobrevivir antes de inmolarse. Además, Netanyahu viene cultivando pacientemente una relación con Rusia, que si bien mantiene por ahora su alianza con Irán, sus intereses convergen en mantener alejado a Estados Unidos pero divergen en el futuro de Siria y del régimen de Al Assad.
Quizás el retiro de Estados Unidos del acuerdo nuclear aún no sea, por sí mismo, equivalente a una declaración de guerra. Pero podría serlo. O como mínimo llevar a una escalada que termine en una guerra en la que los principales contendientes sean Irán e Israel, es decir, una guerra regional en la forma pero de dimensión internacional en el contenido. Un anticipo de esto es lo que estamos viendo en Siria, donde Israel acaba de lanzar un ataque masivo contra posiciones iraníes, nada menos que desde las Alturas del Golán, el territorio sirio que ocupa desde la Guerra de los Seis Días, mientras sigue masacrando al pueblo palestino bajo la mirada cómplice de occidente.

Claudia Cinatti
Staff de la revista Estrategia Internacional, escribe en la sección Internacional de La Izquierda Diario.