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Red Internacional
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#NOSQUIERENROBARAESTHER. Esther, condenada a cuatro meses de prisión por robar ropa para alimentar a sus hijas

Esther Gabarre, vecina del barrio de Manoteras, es gitana, viuda y madre de cuatro hijas de entre 12 y 20 años. El pasado 5 de enero, esta madrileña de 40 años se dirigió a un conocido centro comercial de Getafe donde trató de robar algunas prendas de ropa, siendo descubierta durante el proceso y retenida por la propia seguridad privada del centro que alertó a la policía, lo que le valió el ingreso en comisaría esa misma tarde.

Viernes 22 de enero de 2016

Foto: https://nosquierenrobaraesther.wordpress.com/

Para Esther este era un acto de pura necesidad. Con una Renta Mínima de Inserción de 500 euros como único ingreso, la única forma de mantenerse ella y sus cuatro hijas ha sido robando; lo que ya le ha supuesto otras detenciones en anteriores ocasiones. “Me da vergüenza, pero es lo que hay, lo hago solamente cuando me hace mucha falta, cuando mis hijas necesitan algo, porque no tengo a quién acudir y es muy duro, porque mis hijas tienen que comer”, afirma.

Sin embargo la justicia es implacable a la hora de defender los intereses de la propiedad privada capitalista. Dos días después del incidente, Esther era juzgada y condenada por el juzgado de instrucción número seis de Getafe a la pena de “cuatro meses de prisión y la inhabilitación del derecho de sufragio pasivo durante el tiempo de la condena y al pago de las costas procesales” por el delito de hurto en grado de tentativa de unas prendas cuyo precio alcanzaba en el mercado la cifra de 428,60 euros.

Lo más sangrante del caso es que, según la legislación española, la frontera entre el delito por el que se condena a Esther y el delito leve (las antiguas faltas antes de la aprobación de la Ley Mordaza), que le habría valido una multa administrativa, se sitúa en los 400 euros. Es decir, que esta madre viuda en grave situación de exclusión social será encarcelada por la escandalosa cifra de 26,60 euros.

Pero la lucha de Esther por su propia supervivencia contra las injusticias del "Estado de Derecho" comenzó tiempo atrás cuando, hace cinco años, el Instituto de la Vivienda de Madrid (IVIMA) trató de arrebatarles a ella, a su marido y a sus cuatro hijas el minúsculo piso de 40 metros cuadrados en el que vivían. Solo la movilización de los vecinos de Hortaleza consiguió paralizar el proceso hasta que, tras el fallecimiento de su marido en el año 2013, ellas se vieron obligadas a abandonar su vivienda.

Fue entonces cuando nuevamente el apoyo de sus vecinos y compañeros organizados en la Oficina de Apoyo Mutuo de Manoteras (OFIAM) logró encontrar una nueva residencia para ellas. Desde entonces Esther se convirtió en uno de los miembros más activos y destacados de la OFIAM, ayudando y apoyando junto a sus compañeros a otras familias que padecían la misma situación y dificultades por las que ella había pasado o, mejor dicho, por las que todavía pasaba.

En la actualidad dicha solidaridad ha vuelto a manifestarse en el distrito de Hortaleza cuando, tras conocerse la sentencia, se ha puesto en marcha una campaña mediática de apoyo con el hashtag #NosQuierenRobarAEsther y la habilitación de un sitio web en el que se explica la dura situación de Esther y la lucha de sus compañeros y vecinos con la finalidad de alcanzar su absolución.

La única forma de evitar la prisión -hecho que ocurrirá este viernes si el juzgado de Getafe no tramita la suspensión- es que le sea concedido el indulto y para ello se ha iniciado una recogida de firmas en Change.org que ya supera las 145.000 adhesiones.

Con el caso de Esther, nuevamente se verifica la diferencia de trato que la justicia dispensa en función de la clase social a la que se pertenece. La rapidez y contundencia con la que ha fallado la justicia contra Esther contrasta con la suavidad e indulgencia con el que se juzga a los corruptos y grandes ladrones de “guante blanco”, que sustraen cantidades diez mil veces mayores de las arcas públicas y después se van de rositas. Como figura en el comunicado por la liberación de Esther “es inevitable que te vengan a la cabeza los Bárcenas, las Infantas, los Gómez de la Serna, los Ratos, etc. Tan impunes. Pavoneando su desvergüenza. Mientras tenemos que digerir lo que ya sabíamos de sobra. La cárcel es para los pobres.”

La naturaleza kafkiana del caso de Esther ha supuesto una gran repercusión en los medios de comunicación, llegando a ser entrevistada en programas de televisión como en Las mañanas de Cuatro o en El programa de Ana Rosa, como parte de la campaña pública para conseguir el indulto. No obstante, a pesar de la indignación generalizada mostrada por sus colaboradores, el tono crítico en torno a la actuación de Esther ha estado presente la mayor parte del tiempo.

Ana Rosa Quintana, por ejemplo, centró su intervención en la necesidad de inscribirse en el registro de uniones de hecho a aquellas parejas que contraen matrimonio por otras vías o ritos -como es el caso de la protagonista- que le hubiera supuesto poder percibir la pensión de viudedad a la muerte de su marido. La propia Esther ha sido virtualmente obligada a mostrar su vergüenza y arrepentimiento en numeras ocasiones.

Pero si de algo es culpable esta madre es de tratar de sobrevivir y de sacar adelante a su familia. Su único delito ha sido el ser pobre y formar parte de la clase de los desposeídos bajo el yugo de un sistema económico en el cual, por su condición de gitana, se ha visto excluida del derecho más básico que ya ni puede garantizarnos el sistema capitalista: el derecho a ser explotada su fuerza de trabajo.

En 1862 el poeta francés Víctor Hugo publicaba su obra más reconocida: Los miserables. Un crudo retrato de la sociedad francesa del siglo XIX en el que su protagonista, Jean Valjean, es encarcelado durante 19 años por robar una barra de pan. Una ficción que encuentra raíces profundas en una realidad de desigualdad y miseria ante las cuales el pueblo francés se alzó en armas en diferentes ocasiones, como en la Rebelión de Junio de 1832 que es relatada en la novela.

Dos siglos después los grandes problemas sociales están lejos de haber sido resueltos en un marco de enorme desarrollo del sistema capitalista. Como entonces, la única alternativa que nos queda a la clase trabajadora y al pueblo pobre es la de levantarnos contra los privilegios y la opresión que ejerce sobre nosotros la clase dominante y una supuesta democracia que sólo sirve a los ricos.