A los 80 años, el lunes a la madrugada, falleció el escritor que fuera parte de aquellos que sobrevivieron la última dictadura. Novelista, poeta y ensayista literario, ocupó el cargo de subsecretario de Cultura en el gobierno de Raúl Alfonsín.
Miércoles 4 de noviembre de 2020 11:23
Foto: El objetivo
Rodolfo Rabanal fue escritor y periodista. Ha sido corresponsal, jefe de redacción y columnista, principalmente en La Nación de Buenos Aires, entre otros medios gráficos. Fue Subsecretario de Cultura de la Nación durante la presidencia de Raúl Alfonsín.
Pero, principalmente, fue un escritor de su época. Su primera novela, El Apartado (1975) , significó para el escritor una puerta de entrada al medio literario de su país. Sus amigos lo definían con "el apartado" por mantenerse muy solitario.
En una entrevista contó: "En los 70, cuando empezamos a escribir todos los de mi generación, se producen estéticas opuestas. Escribir contra algo. Osvaldo Lamborghini jugó un papel muy importante en ese contexto de estéticas disruptivas. Yo ahí empecé a escribir la novela ’El apartado’, que llamó la atención porque era una jugarreta en el interior de ese mundo que vivíamos. Después me empecé a desviar de los estrechamientos y los amigos empezaron a jorobarme con que yo era el apartado, el apartado de todo. Era cierto".
En una entrevista dada en Buenos Aires en 2009 contó: "En un mundo cambiante que parecía empeorar cada vez más, y la "voz" que yo buscaba aparece en El Apartado. Mientras escribía no sentía miedo por lo que pasaba alrededor. Me descubrí en evidencia con el libro en la mano, ahí tuve miedo. Como lo sentí varias veces en mi vida como periodista durante la dictadura militar".
En 1978 publicó Un día perfecto, novela de la que se vendieron treinta mil ejemplares en pocos meses, todo un best seller. En 1983, cuando ocupaba un importante cargo como funcionario del gobierno de Raúl Alfonsín, publicó "El pasajero". Luego vendrían "La vida brillante", "Los peligros de la dicha", entre otros textos.
En 1979 recibió la beca Fulbright y en 1988 la Guggenheim. Obtuvo, también, el Premio Municipal de Novela en 1995, el premio del Club de los Trece en 1997 y en 1998 el premio del Pen Club Argentino como "Mejor novela del año" por Cita en Marruecos. Su obra ha sido traducida al francés, al inglés y al polaco.
Rodolfo Rabanal era peronista. En 2014, en la Feria del Libro, recordó cómo era ser un niño peronista con padres antiperonistas. “Era dilemático, culposo, qué te parece. Nos pasó a muchos. Un chico se pliega a la realidad inmediata y esa realidad era peronista.
En algún momento de su vida literaria se autodefinió como "un beckettiano feroz" por su pasión por Samuel Beckett, aunque compartía tertulias con otros escritores de la medida de Leónidas Lamborghini, Ricardo Piglia, Luis Gusmán, Germán García, Miguel Briante y Jorge Asís.
Desde 1999, Rabanal vivía en Uruguay con su mujer, la periodista Cristina Hernández. Desde ahí escribió las últimas columnas de opinión para Página/12, referidas a las experiencias vividas durante la pandemia, y en especial centradas en la incomprensión que le generaba el movimiento anticuarentena.
#NarracionesExtraordinarias Este martes @EnzoMaqueira nos lee un fragmento de "Un día perfecto", libro de Rodolfo Rabanal 📚 ✨ Soñá con nosotres en #Provincia1270 📻 pic.twitter.com/7TFAoepfTT
— Radio Provincia AM 1270 (@provincia1270) November 4, 2020
Un día perfecto
Por Rodolfo Rabanal
Cuando se publicó por primera vez en 1978, algunas personas dijeron que Un día perfecto era un libro feliz; otras afirmaron que se trataba de una novela “agónica” ocupada en trazar, precisamente, la irremediable imperfección de los días. Este último criterio permitió inferir la ironía contenida en el título y, de manera eventual, en el mismo desarrollo de la historia de esos dos raros amantes condenados al desajuste, a la soledad y el crimen. Yo tenía mis dudas sobre posiciones tan opuestas, salvo que, en aquellos tiempos –la década de los setenta en la Argentina– felicidad y agonía solían ir peligrosamente juntas en ciclos dramáticamente polarizados.
Para mí algo estaba claro. El libro trataba sobre el destierro y los exilios en un mundo ceñido entre fronteras impermeables. El ansia de libertad y la desesperanza corrían parejas como en un mal sueño. Mantua, el protagonista masculino, encarnaba todas las miserias de la pérdida: idiomas prestados, identidad oculta o disuelta, nombre supuesto, documentación inexistente, orígenes inhallables, tránsitos furtivos por países desconocidos. No era “nadie”, como Ulises respondiéndole a Polifemo, el monstruo de un solo ojo que todo lo ve. Yo mismo, al escribir, enmascaré mis propósitos soñando que siempre hay fugas posibles hacia el plano simbólico, y suponiendo que hay abrigos en la textura de la metáfora. Es probable que estas “protecciones” sean aparentes y volátiles, pero sin ellas no escribiríamos.
Empecé a trabajar en Un día perfecto a principios de agosto de 1977 para terminarlo ese mismo año poco antes de Navidad. Trabajé en dos tramos, el primero fue un torrente casi ininterrumpido, más o menos hasta mediados de octubre, y el segundo resultó más lento y más concentrado. Con el maxilar inferior izquierdo afectado por una operación dental no supe, en algún momento, si el dolor era, razonablemente, ajeno a la escritura o era ésta la que lo incrementaba, pero hoy tiendo a creer que ambos motivos debieron complotarse en una tarea unívoca porque ni bien puse fin al trabajo se esfumó también el dolor. La escritura, yo diría, cicatrizó la herida.
El libro se editó simultáneamente en Barcelona y en Buenos Aires cuatro meses más tarde. Los comentaristas españoles hablaron de una road-movie hecha novela, algunos otros atinaron a decir que la novela daba cabida al protagonismo de los desechos en un universo cada vez más amenazado por la basura y las contaminaciones más diversas. En parte estaban en lo cierto; después de todo, una buena porción del drama transcurre en los bordes inciertos de la ciudad, en los cruces de los caminos, en las estaciones de servicio, en la pampa abierta y en unas playas sin gente. Los argentinos vieron una historia de amor cruel en medio del desierto y la desolación de las carreteras. Yo, que para entonces apenas si tenía trabajos, fui honrado con un espacio en una universidad norteamericana “en medio de ninguna parte”. Iowa fue mi refugio gracias a Un día perfecto y aquello era, en cierto sentido, como volver a la pampa habiéndola dejado.
A casi treinta años de distancia de la primera edición, vuelvo hoy a encontrarme con un mundo perdido. Efectivamente, en una década de tremendos desaciertos políticos y crueldades crecientes, la conciencia solía quedar cautiva de la agotadora “coyuntura” política y de las poderosas presiones ideológicas. La situación argentina nos empujaba a interpretar la realidad día a día cambiando nuestros proyectos y alterando nuestras estrategias de supervivencia. A los salarios bajos en empleos inestables e insuficientes, se sumaban ahora la delación, la censura, la violencia y la represión. Desde ya, esas zozobras fundan las bases de la novela y emergen, es lo que creo, en la peculiaridad de los caracteres individuales. Sospecho que nunca antes había sentido, como lo sentí entonces, que vivía en un mundo perdido y sin futuro visible. Pero escribir esta novela significó para mí un refugio y una salida y también, tal vez, la enseñanza difusa de que unas malas condiciones pueden, sin embargo, no ser todavía las peores, si al menos podemos escribir. Un año o dos más tarde, comprobé con sumo agrado que el libro era leído, sobre todo, por personas jóvenes que habían pasado la niñez y la adolescencia en los años setenta y creían, mucho más que yo, que había seguramente futuros aunque resultaran impredecibles.
A tres décadas de aquella primera edición, este libro va ahora al encuentro de lectores nuevos. Y entonces no es improbable que el libro sea “otro” siendo sustancialmente el mismo, una road-movie surcando el espacio y las edades.
Este es el prólogo a la nueva edición de Un día perfecto, que acaba de publicar Seix Barral.