En Estados Unidos se viven días convulsivos. Desde el asesinato del joven afroamericano Mike Brown en agosto de este año, las protestas, piquetes y motines han entrado en la escena norteamericana. Pero no es la primera vez que esto sucede.
Sábado 29 de noviembre de 2014
Entre las varias discusiones que suscitó el caso de Mike Brown, una fue la de la modalidad de la protesta. Mientras muchos peces gordos de la política estadounidense llamaban a manifestarse pacíficamente –entre ellos Barack Obama, el reverendo Al Sharpton- en Ferguson los manifestantes incendiaban comercios y móviles policiales y resistían la represión de la policía y la Guardia Nacional.
El consejo de esta aristocracia negra, integrada y corrompida por las estructuras de poder, llamaba a la calma y a la protesta pacífica. Decía Eric Holder, el Procurador General de EEUU: “Cuando hemos progresado en este país, lo hemos hecho por medios pacíficos”. Bueno quizás la verdad sea exactamente lo contrario.
Como muestra Ned Resnikoff de Al Jazzeera, los motines y piquetes fueron un elemento clave en la conquista de los derechos civiles en EEUU. En la década del 60, el movimiento negro comenzó siendo de resistencia pacífica, pero frente a la violencia institucional y policial, evolucionó rápidamente a un movimiento de resistencia. A estos levantamientos se debieron la conquista de los derechos formales para los afroamericanos.
“Esta noche debo decir que el motín es el lenguaje de los que no han sido escuchados” decía Martin Luther King en 1968, poco antes de ser asesinado porque se había convertido en una amenaza. Más tarde se constituiría el Partido de las Panteras Negras, una organización político-militar que se enfrentaba abiertamente con las fuerzas del orden. Esta organización sería más tarde infiltrada por el FBI y aniquilada a sangre y fuego.
Otro ejemplo es el avance en los derechos de los homosexuales, largamente ignorado y pisoteado hasta que sucedió el valiente levantamiento de Stonewall Inn en Nueva York, en que una multitud enfurecida se plantó y puso freno a los abusos de la policía homofóbica. Cada año se conmemora el 28 de junio esta valerosa resistencia en la marcha del Orgullo Gay.
Y si nos remontamos más allá en la historia estadounidense, los derechos más básicos de los trabajadores fueron alcanzadas gracias a la conquista de las calles: el motín de la plaza Haymarket en la lucha por la jornada de 8 hs, la batalla de la Montaña Blair por la sindicalización de los mineros.
Sin embargo, lo que el caso de Ferguson dejó al desnudo por sobre todas las cosas es la vigencia de la segregación racial en la sociedad estadounidense. Los números son elocuentes. La población carcelaria estadounidense está compuesta por individuos afroamericanos en un 37%, mientras constituyen sólo el 12.6% de la población general. Después de 50 años de supuesta integración, hoy la segregación territorial es igual de marcada. Las familias negras viven en barrios de predominio poblacional negro. La integración no fue más allá de una esperanza, y la sociedad post-racial fue pura ilusión. Cada 28 hs un individuo afroamericano es asesinado por un policía o seguridad privada, alegando “autodefensa”.
Por otro lado, las trabas intrínsecas del sistema para imputar y/o condenar a agentes de la policía u otras fuerzas empeoran las cosas. Sí, el caso de Darren Wilson es escandaloso porque sólo se necesita un “sospecha razonable” para levantar cargos de homicidio. Los procesos judiciales que buscan imputar con este tipo de cargos lo logran en un 99.9% de los casos en EEUU. Queda en evidencia la complicidad del fiscal McCulloch.
Pero esto no sorprende. Los fiscales trabajan a diario en colaboración con los policías para recabar información para sus casos. Imputar a uno de ellos implicaría romper esta alianza. Por otro lado, una encuesta de Gallup muestra que los blancos son mucho más proclives a confiar en la policía que los negros. Un jurado con mayoría blanca, como en el del caso de Michael Brown, inclina el campo de juego ostensiblemente.
Ante esta realidad de un sistema judicial a la medida de la población blanca, la frase de Martin Luther King vuelve resonar con fuerza, y se hace cuerpo en la acción directa de los motines y piquetes por Michael Brown. Pero sería un error tomar la cuestión racial de manera aislada.
La división racial no puede ser analizada simplemente como un problema moral, de forma ahistórica. Aunque los prejuicios existen, y han existido, en diversas formas a lo largo de la historia, la segregación de la población negra (especialmente en EEUU, pero también en muchos otros países) ha cumplido una función concreta: la de dividir a la clase trabajadora. Los procesos insurreccionales que amenazaban la viabilidad del desarrollo capitalista a mediados del siglo XIX impusieron esta necesidad. Las leyes racistas sellaron esta discriminación durante décadas, primero a través de la esclavitud, y más tarde con la implementación de derechos diferenciales.
En nuestros días, pasados los tiempos en que se podía ser abiertamente racista, la discriminación racial persiste aunque ya no sobre el papel. Una aristocracia negra, conformada por individuos que han logrado progresar en la escala social y penetrar en las esferas más altas del poder, pretende negar esta división.En el campo académico, son muchas las voces que han proclamado el fin del racismo y la inconveniencia de seguir hablando de “raza”. Hoy queda claro que el racismo sigue existiendo.
Pero entender esto en clave moral, como si se tratara sólo de un prejuicio abominable, tiene consecuencias desastrosas a la hora de combatirlo. Entender la discriminación étnica/racial en todas sus formas como un mecanismo para dividir y debilitar a la clase trabajadora abre el camino para dar la batalla contra el enemigo correcto, el enemigo de clase.
Tienen mucho más en común dos trabajadores de Walmart, uno blanco y otro negro, que el mismo trabajador negro con el reverendo Al Sharpton y su historia de enriquecimiento y evasión fiscal. Lo mismo sucede con los latinos, principal fuerza de trabajo precarizada del mercado estadounidense. No es casualidad que florezcan y se multipliquen las ONG´s que defienden a estas minorías, para arrearlas detrás del programa de conciliación de clases del partido demócrata. Una lucha contra los abusos policiales, por el derecho a la sindicalización, por mejores salarios, puede ser impulsada por todos estos actores en un frente único. De lo que se trata es de unir todas estas minorías, y transformarlas en mayoría.
En este contexto, no puede pasar desapercibido un dato de este último “Black Friday”. Los manifestantes indomables de Ferguson se unieron a la protesta en las puertas de Walmart, sumando la consigna contra la brutalidad policial. También confluyeron en algunas ciudades los activistas del FightForFifteen, que vienen protagonizando uno de los procesos más progresivos a nivel nacional.
Quizás algo esté cambiando en el epicentro del capitalismo mundial.

Juan Cruz Ferre
Editor de Left Voice y columnista en La Izquierda Diario. Médico, actualmente vive en Estados Unidos y cursa Sociología en la City University of New York.