Quien se presentó como garante de un cambio revolucionario en la Iglesia terminó dando continuidad al rol reaccionario de esa institución en todo el mundo.

Eduardo Castilla X: @castillaeduardo
Martes 14 de marzo de 2017
Este lunes se cumplieron 4 años del inicio del papado de Francisco. El argentino Jorge Bergoglio es quien lleva ese nombre desde marzo de 2013. Su ascenso como máxima autoridad de la Iglesia Católica no estuvo desligada de una crisis de la misma.
En el año 2013 diversos estudios indicaban un descenso del porcentaje de católicos en Latinoamérica. El fenómeno no era puramente regional. En Europa, por citar solo un ejemplo posible, Irlanda registraba una caída del 22 % solo en la década anterior.
Ese declive no podía explicarse por fuera de la profunda crisis que afectaba a la Iglesia de conjunto. Los escándalos de corrupción se sumaban a las crecientes denuncias de abusos llevados adelante por curas a lo largo de todo el mundo. En ese marco, Benedicto XVI aparecía como impotente para conjurarla. Eso implicó que renunciara antes de su muerte, lo que constituía un hecho sin precedentes en seis siglos.
Francisco, el papa que “vino del fin del mundo”, como se auto-definió en la Plaza de San Pedro, apareció como una salida posible a esa crisis. Una solución que implicaba la aceptación de un papa no europeo y no italiano.
Marcelo Larraquy publicó dos excelentes libros dedicados a estudiar lo que significo la llegada de Francisco al Vaticano. El primero es Recen por él (2013) y el segundo, una continuación y ampliación del anterior, es Código Francisco (2016).
A partir de los mismos pueden trazarse algunas definiciones que permiten explicar la llegada del papa argentino, así como dar cuenta de como aquello que fue presentado como una "revolución" terminó en la continuidad de los aspectos más conservadores de esa milenaria institución.
Doble crisis
Se puede señalar una doble crisis en el origen del papado de Francisco. Una crisis moral donde un conjunto de valores ligados al cristianismo aparecen profundamente golpeados por una multiplicidad de escándalos, en la cual las continuas denuncias contra curas pederastas y sus encubridores [1], junto a los innumerables casos de corrupción [2], configuraban los elementos más notorios. En ese escenario, Benedicto XVI se mostraba incapaz de frenar la proliferación de escándalos y buscaba capear la situación con la ratificación de la ortodoxia doctrinaria.
Esa crisis moral se traducía en una profunda crisis política de la Iglesia como institución a escala internacional. En el tablero de la geopolítica, su desfasaje era evidente. Larraquy afirmará en Código Francisco que
… el mundo había cambiado durante los dos pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI. De un enfrentamiento bipolar, simétrico, entre dos potencias mundiales, se habían incorporado en el escenario nuevas potencias emergentes (…) la diplomacia vaticana había quedado opacada (21-22).
Dos elementos más –casi no mencionados por Larraquy– forzaban a una renovación. El primero era la crisis económica internacional, que golpeaba sobre los países centrales desde 2007-2008. El segundo, estrechamente ligado, la tendencia a la emergencia de la acción de masas como respuesta a esa crisis. Cuando Bergoglio era coronado, aún resonaban los ruidos del proceso revolucionario que había sacudido al norte de África, aquello que fue llamado la Primavera Árabe.
En ese conjunto de factores es posible encontrar la explicación de los rasgos del nuevo pontificado de Francisco, que se asignará una función re-legitimadora de la Iglesia.
La Iglesia “en salida”
Larraquy afirma que Francisco
… al comando de la Iglesia, volvió a darle una dimensión universal. Retomó la misión evangelizadora hacia las periferias y trabajó sobre temáticas que la curia había abandonado o mantenido a la distancia: el hambre, las víctimas del tráfico humano y la trata de personas, los refugiados de las guerras y excluidos del mercado (…) la nueva esclavitud moderna (Código, 23).
La perspectiva de una “Iglesia en salida” y la misión evangelizadora ocuparán el centro del discurso papal. Esto significará, en el terreno de la doctrina religiosa, el intento de mostrar mayor apertura hacia sectores desencantados con el conservadurismo moral impuesto.
En el de la geopolítica internacional, junto a una fuerte denuncia a lo que se definirá como “la globalización de la indiferencia”, el Vaticano explicitará una mirada “desde la periferia”, defendiendo una agenda multilateralista. Eso implicará un giro hacia potencias regionales emergentes que desafiaban la hegemonía de EE. UU. La reconstrucción de un vínculo con China y el lugar otorgado a Rusia [3] son ejemplos de ese nuevo lugar.
Sin embargo, esto no significará un cuestionamiento real al statu quo mundial. Lo confirma el rol político jugado por el Vaticano en la normalización de las relaciones entre EE. UU. y Cuba, en pos del avance de la restauración capitalista en la isla [4]. Proceso que hoy, luego del triunfo y asunción de Trump, está ante una potencial crisis.
En América latina este giro de la Iglesia se había manifestado ya desde 2007. El encuentro del CELAM (Consejo Episcopal Latinoamericano) en Aparecida, Brasil, funcionó como el “relanzamiento de la Iglesia latinoamericana en estado de misión” y marcó un “cambio de perspectiva sobre la evangelización” (Código, 91).
No resulta casual que América latina haya sido el punto de partida del impulso renovador. En el período previo, la región vio el ascenso y fracaso del neoliberalismo, como así también sus drásticas consecuencias sociales, que empujaron a una fuerte movilización de masas resultando, entre otras cosas, en la caída revolucionaria de varios gobiernos. Por el azar del desarrollo desigual y combinado el documento de Aparecida vería la luz en el momento en que la crisis se disparaba en el corazón del imperialismo.
Puertas abiertas, salidas cerradas
Esos cambios en la ubicación geopolítica fueron acompañados por el intento de instalar una agenda menos conservadora en los debates doctrinarios de la Iglesia. La llamada “puerta abierta” se convirtió en una
… estrategia para que el mundo laico volviera a mirar a la Iglesia, no ya como un imperio premoderno de costumbres anacrónicas, sino como un actor valioso para ofrecer una mirada pastoral política y social renovada (Código, 83).
No obstante, Larraquy afirmará que “el Papa no aspiraba a modificar la doctrina ni tampoco a promover cambios pastorales radicales” (79). En el fondo de la cuestión está la tradición eclesiástica de convertir cuestiones de disciplina en doctrina y transformarlas en inmutables, lo que:
… convierte a la posibilidad de romper esa tradición en una utopía (…) la astucia de Francisco de mantener la ilusión, de demostrar que “la puerta está abierta” y él puede ser un factor de cambio provocó atracción entre los que no formaban parte de la Iglesia o a los que la Iglesia (…) les había dado la espalda (82).
Quedará en evidencia que el intento de mostrar una Iglesia más flexible y dispuesta a aceptar la creciente secularización de la vida cotidiana tenía un valor esencialmente discursivo. Eso quedaría acreditado en los sínodos Extraordinario (2014) y Ordinario (2015). Allí, si bien:
Francisco introdujo tres temas –la comunión para divorciados, la homosexualidad y las uniones de hecho– que dejaban en evidencia que los sectores que siempre habían puesto obstáculos al debate sobre estas cuestiones estaban perdiendo hegemonía (Código, 388).
Los resultados fueron más que escasos. Quedó al desnudo “la dinámica de una Iglesia comprometida con las cuestiones sociales (…) pero con un consistente rechazo a cambios en la moral sexual” (419).
A pesar de ello, dado el carácter monárquico de su autoridad, Francisco podría haber impuesto cambios. Eligió no hacerlo en pos de preservar la unidad de la Iglesia, en clara concesión a los sectores más reaccionarios. Una decisión que no debiera haber sorprendido dada la historia de Bergoglio como líder de la Iglesia argentina.
Un itinerario conservador
Larraquy ofrecerá un exhaustivo estudio de la trayectoria de Bergoglio en la Iglesia local, desde su origen jesuita hasta la presidencia de la Conferencia Episcopal.
Dos coordenadas marcarán su conducción en la Compañía de Jesús, ejercida desde julio de 1973. Por un lado, las consecuencias del Concilio Vaticano II (1962-1965). Por el otro, llegará a Provincial de los jesuitas casi al mismo tiempo que Perón a su tercera presidencia, en el marco del ascenso revolucionario abierto con el Cordobazo, al que el peronismo gobernante intentará desactivar.
El Concilio Vaticano II significó una grieta en la Iglesia. Como respuesta a un escenario internacional de creciente convulsión política y social [5], implicó un viraje discursivo a izquierda, que terminaría habilitando el camino a la radicalización de amplios sectores católicos. Entre otras cosas, evitó una condena explícita al comunismo y permitió una suerte de “diálogo” con el mismo [6]. Un signo de ese giro fue la encíclica Populorum Progressio (1967), donde Pablo VI explicaba la pobreza “como consecuencia de la explotación del imperialismo y las empresas multinacionales” (143). A contramano de lo que ocurría en el resto de América latina, Bergoglio alentará en Argentina una pastoral de
… confesión y de sacramentos, con sacerdotes que caminaran con los más humildes, no para un cambio de estructuras económicas y sociales, sino para su asistencia (Código, 162).
Señala Larraquy que:
… la línea pastoral estaba definida por la TdP (Teología del Pueblo, NdR), que encontraba su traducción político-teológica en el peronismo. Rescataba el concepto de “sociedad organizada” (…) la relación Iglesia-Pueblo, y tomaban para el análisis histórico la categoría “pueblo-antipueblo (148)”.
No sorprende entonces que, a tono con la derecha peronista, Bergoglio haya manifestado sufrir “una sana ‘alergia’ a las teorías que ‘no han surgido de nuestra realidad nacional’” (155). Luego del golpe
… en el afán de protegerse, Bergoglio reflejó en el Colegio Máximo el oscurantismo que la dictadura militar impuso a la sociedad, aunque lo hizo más por precaución que por correspondencia ideológica (214).
Sin embargo, en tanto máximo responsable del Colegio de Jesús fue parte de la jerarquía católica que avaló el genocidio perpetrado desde marzo del ‘76. Hablando de él, en 1980, el diario Convicción, perteneciente al almirante Massera, afirmaba,
Después de un período que (…) fue el reino de la tiniebla, época de crisis agudas por los años 1970-1974 donde la desorientación llevaba a extremos lamentables, los jesuitas argentinos han recuperado su verdadera conciencia, su claridad de pensamiento (…) El padre Jorge Bergoglio es un hombre de 41 años, cuya fina inteligencia y maneras afables no ocultan una sólida aptitud para la conducción, capaz de aplicar un caritativo rigor cuando las condiciones lo exigen. Llega al rectorado (…) después de haber sido Provincial durante 5 años, período gravemente crítico, ya que le tocó gobernar y depurar de equivocados las filas de la Orden (220).
Los años alfonsinistas implicarán una suerte de ostracismo, dado que Bergoglio quedó “a contramano en el cambio de época”. Recién retornará a la escena pública a inicios de los ‘90, en el Arzobispado de Buenos Aires, de la mano del cardenal Antonio Quarracino, líder de una Iglesia atada al neoliberalismo menemista. Allí impulsará una política de contención social, en el marco de la creciente pobreza. Relata Larraquy que:
… las villas marcaron la apertura del ministerio social de Bergoglio (…) Encontró terreno fértil para la inculturación del Evangelio y para poner la “Iglesia en salida”, en un contraste con su propia historia (…) cuando sostuvo posiciones defensivas y conservadoras frente a los que se comprometían por la “opción por los pobres” (258).
Los últimos años antes del Vaticano son más conocidos. Su enfrentamiento público con el kirchnerismo, el ataque a leyes como el matrimonio igualitario, la relación tejida con la oposición “republicana” y, finalmente, su aproximación tardía al kirchnerismo, luego de que éste abandonara las acusaciones por su rol en la dictadura.
La política en el centro
“¿Puede un católico hacer política? ¡Debe! Pero, ¿puede un católico comprometerse con la política? ¡Debe!” (Francisco, 30 de abril de 2015).
Larraquy escribirá en Código Francisco
… si en los años setenta había evitado (…) la integración de sacerdotes en comunidades de base en barrios o villas por temor a la radicalización política, ahora, cuando ya no existía la militancia revolucionaria, los alentó a permanecer (…) en una opción clara por los humildes (340).
El concepto, a primera vista contradictorio, da cuenta de una concepción política global. En los ‘70, cuando la radicalización política de masas era extendida, Bergoglio hizo lo imposible por apartar a los jesuitas de esas tendencias. Veinte años después, luego de la derrota de ese ascenso revolucionario y ante la creciente crisis social, la Iglesia se ubicará como parte de los factores de contención. La “opción por los pobres” solo fue afirmada cuando se evidenció como medio para evitar que éstos emprendieran el camino de la lucha por sus demandas.
El lugar que Francisco propone para la Iglesia a nivel internacional debe leerse en el mismo sentido. La reconstrucción del prestigio institucional tiene la finalidad estratégica de convertirla en un factor de contención para eventuales procesos de radicalización de masas.
Aunque, a la luz de su actuación actual, ni siquiera se puede hablar ya de contención de procesos más radicales. En Argentina, las organizaciones sociales que hablan y actúan en nombre del papa o bajo su influencia directa, cumplen un rol conservador en la escena política nacional. Las intervenciones del pontífice que toman trascendencia lo muestran aconsejando reducir los niveles de confrontación social. En el marco de una política de ajuste como la que despliega el Gobierno de Macri, eso equivale a garantizar gobernabilidad.
Te puede interesar: Bendición papal para Macri y Vidal
Por otro lado, las moderadas reformas doctrinales, se hallan cada día más lejos de ser una realidad. Ilustrando esa situación, un periodista español se preguntaba a mediados de 2016 si el Papa “¿será capaz de pasar de los gestos a las gestas?” [7].
Hoy, la "Iglesia de Francisco" es la la continuidad de los curas abusadores y los escándalos de todo tipo. La misma que da la espalda a las denuncias contra esas mismas brutalidades.
Te puede interesar: En la Iglesia de Francisco se perdona a los violadores y se castiga a sus víctimas
La realidad de los últimos meses han mostrado, cada vez, que ese horizonte de cambio directamente desapareció. El mismo Vaticano ha dado lugar a la aceptación de que su cruzada contra los sectores moderados quedó ya en el pasado.
La política vaticana, luego de cuatro años de papado de Francisco, demostró en todos los terrenos no pasar de la gestualidad. La "revolución" anunciada no condujo más que al mismo estado de cosas. Nadie debería sorprenderse. La Iglesia, como institución, constituye un pilar esencial de los mecanismos de dominación bajo el capitalismo. Su perspectiva global sigue invitando a las masas oprimidas a dejar de lado la lucha por las “demandas terrenales” en aras de una bienaventuranza del “más allá”. Lo recordó Francisco en la Exhortación Evangelii Gaudium, cuando escribió “puedo decir que los gozos más bellos y espontáneos que he visto en mis años de vida son los de personas muy pobres que tienen poco a qué aferrarse”. No es preciso agregar comentarios.
Notas
[1] Un informe de mayo de 2014 indicaba que en la década anterior habían sido sancionados 3.420 casos de curas pederastas.
[2] En enero de 2012 se conoció el escándalo de Vatileaks, que ponía al desnudo gran cantidad de hechos de corrupción en el Vaticano.
[3] La relación con Rusia será también la base de la política vaticana hacia Medio Oriente. Aunque acompañará políticamente los ataques contra ISIS, propondrá una intervención multilateral y se negará a convertirla en una “guerra santa” entre Islam y catolicismo.
[4] Al respecto ver Claudia Cinatti, “Cuba después de Obama: ¿más cerca del capitalismo?”, IdZ 28, abril 2016.
[5] El Concilio sesionará entre 1962 y 1965, en el contexto de la llamada Guerra Fría. Estará precedido por las luchas de liberación nacional en las colonias tras la Segunda Guerra Mundial; procesos de revolución política en Hungría y Polonia (1956); la Guerra del Canal de Suez (1956); la guerra de liberación de Argelia y la Revolución cubana de 1959, entre otros hechos.
[6] “Diez años después del Concilio, el cardenal Konig constataba con amargura (…) que el dialogo había “llevado a algunos a identificarse tan bien con sus interlocutores que habían llegado a perder su identidad cristiana”. Citado en Philippe Chenaux, “El giro del Concilio. La Santa Sede, los católicos y el comunismo (1959-1978)”, Anuario de Historia de la Iglesia Vol.21, Pamplona, Universidad de Navarra, 2012.
[7] Rubén Amón, “Cuando el pastor sigue al rebaño”, El País, 27/06/16.
**********
Una versión previa de este artículo fue publicada en Ideas de Izquierda n° 30, de julio de 2016.

Eduardo Castilla
Nació en Alta Gracia, Córdoba, en 1976. Veinte años después se sumó a las filas del Partido de Trabajadores Socialistas, donde sigue acumulando millas desde ese entonces. Es periodista y desde 2015 reside en la Ciudad de Buenos Aires, donde hace las veces de editor general de La Izquierda Diario.