El Papa ha hecho alusión a varios de los temas espinosos de la administración de Enrique Peña Nieto y de la alta jerarquía católica en su visita por México.

Jimena Vergara @JimenaVeO
Martes 16 de febrero de 2016
En Palacio Nacional
En la sede del poder ejecutivo en la Ciudad de México, ahí donde Emiliano Zapata y Francisco Villa se sentaran a celebrar la derrota de la contrarrevolución y la toma de la ciudad el 6 de diciembre de 1914, Francisco le habla a los poderosos. Dicen los expertos que para llevar su programa reformista hasta el final en México y rescatar el alicaído prestigio de la iglesia católica, debe desmarcarse del poder.
Por eso, junto a un Enrique Peña Nieto mas acartonado que estoico arremete: “Cada vez que buscamos el camino del privilegio o beneficio de unos pocos en detrimento del bien de todos, tarde o temprano la vida en sociedad se vuelve terreno fértil para la corrupción, el narcotráfico, la exclusión, la violencia e incluso el tráfico de personas, el secuestro y la muerte”. Los secretarios de gobierno, sus esposas y los más altos funcionarios de la administración del Partido Revolucionario Institucional (PRI), como si Francisco estuviera hablando de otro país, rompen en enjundioso aplauso.
El objetivo del presidente con el viaje del Papa es despejar el cuestionamiento internacional contra su gobierno y así profundizar su política económica basada en situar a México como plataforma “atractiva para los negocios”.
Pero la opinión pública y la prensa internacional interpretan el hecho como una fuerte “llamada de atención”, sal en la llaga de un gobierno en cuyo mandato fueron asesinadas miles de personas por la “guerra contra el narco”, persistió la militarización y la violación a derechos humanos, 43 estudiantes fueron desaparecidos por el ejército y un comando armado y se escapó de una cárcel de máxima seguridad del archifamoso capo de las drogas Joaquín Guzmán Loera, alias el Chapo.
En la Catedral
El alto clero mexicano recibe lo suyo. Francisco requiere de su consenso para regenerar a la iglesia en tierra azteca o por lo menos para hacerla menos “impresentable”. En Julio del 2015, el llamado “papa de los pobres” concedió el perdón a los ultra millonarios Legionarios de Cristo, acusados por decenas de casos de pederastia y por el encubrimiento de su fundador y líder ya fallecido Marcial Maciel.
Maciel, el otrora niño mimado del Vaticano, quien redituaba grandes sumas a la iglesia, se convirtió en el ángel caído de la jerarquía eclesiástica por ser un abusador serial de niños y dejó herida a la institución en el país, fortaleciendo a las iglesias pentecostales y evangelistas. En la máxima sede de la iglesia católica en México, junto al arzobispo de la Ciudad de México Norberto Ribera, Francisco hizo alusión a las “intrigas palaciegas” entre los grandes jerarcas de la institución y alertó “¡Ay de ustedes si se duermen en sus laureles” y “no necesitamos príncipes”. Y a continuación los convocó a no minimizar el narcotráfico como flagelo social. Los intentos de Francisco parecen poco efectivos para “conmover” a los altos jerarcas mexicanos que pertenecen a una de las fracciones más corrompidas y reaccionarias de la iglesia.
Del México indígena al México maquilador
Para fortalecer lo que algunos analistas llaman la “orientación pastoral sociopolítica” de la iglesia, Francisco ha hecho un cierto guiño a las alas progresistas de la institución que, por otra parte, son aquellas que tienen ascendencia en las masas desposeídas del norte y del sur.
Por un lado, en su viaje al estado sureño de Chiapas, visitó la tumba de Samuel Ruiz, obispo de la ciudad indígena de San Cristóbal de las Casas cuando estalló la rebelión del EZLN en 1994. Por otro, Francisco sumó a su comitiva a Raúl Vera, obispo de la ciudad norteña de Coahuila que ha sido solidario con las luchas mineras y obreras de la zona, enfrenta a las bandas del narcotráfico y defiende a los homosexuales. En San Cristóbal de las Casas, permitió la celebración de la liturgia en diversas lenguas mayas y soltó “¡Perdón hermanos!”. El Papa está consciente de que uno de los sectores donde más retrocedió la iglesia católica en México fue entre los pueblos originarios del sur que, frente al despojo y la opresión voltearon a ver otras religiones.
En los próximos días Francisco arribará a otro de los focos rojos del país, Ciudad Juárez, Chihuahua, capital del femicidio, la trata y la maquila. Arriba a la ciudad fornteriza en momentos en los cuales varias maquiladoras estallaron luchas el año pasado, denunciando la super explotación a la que son sometidas las obreras por las trasnacionales y una obrera maquiladora aspira a ser candidata independiente para darle “voz a las obreras y obreros de la maquila”.
Es difícil saber si el programa reformista de Francisco puede modificar la relación de la iglesia católica con las masas de México, producto de que por más “cercanía con los pobres” que muestre en cada parada, representa a una institución caduca, corrupta y petrificada, como se retrata en las caras adustas de los jerarcas mexicanos que en los últimos años han intimado como nunca con las altas esferas del poder y el narcotráfico.

Jimena Vergara
Escribe en Left Voice, vive y trabaja en New York. Es una de las compiladoras del libro México en llamas.