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Red Internacional
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Ganadores y perdedores en la reconstrucción de Gaza

Por tercera vez consecutiva en menos de seis años las almas caritativas del establishment político y financiero internacional patrocinan la reconstrucción de Gaza, esta vez después de la masacre producida por la operación Barrera protectora que arrojó más de 2000 muertos en una orgía de horror y sangre de 51 días.

Viernes 24 de octubre de 2014

Los Pilatos históricamente expían las culpas con dinero, aunque suelen pecar de avaricia. El presidente de la Autoridad Palestina Mahmoud Abbas solicitó una suma de 8500 millones de dólares para recomponer la infraestructura de la franja, acorde a las necesidades de 1,8 millón de parias, cercados en esa prisión a cielo abierto mediante el bloqueo establecido por el Estado hebreo, el gobierno de Egipto y el aval de EE.UU. y la UE desde 2007.

Convertida en un amasijo de hierro y cemento como saldo de decenas de miles de toneladas de bombas israelíes, la infraestructura gazatí tardaría en restaurarse íntegramente cerca de cincuenta años, según estudios independientes. Sin embargo, los promotores de la conferencia de donantes organizada en El Cairo se proponían reunir una suma menor, 5400 millones de dólares, aunque solo consiguieron el 50%. En tono de chantaje, EE.UU. y la UE condicionaron otras partidas, de acuerdo a la “evolución de los acontecimientos”.

Acaso como un despropósito, Abbas no puso ningún tipo de reparos para el reaprovisionamiento armamentístico del Estado judío, el que recibe anualmente de EE.UU. un partida de más de 3000 millones de dólares. Incluso, pocos días antes de finalizar la operación Barrera protectora, el Senado norteamericano votó de manera express la erogación de 225 millones de dólares para reabastecer el sistema antimisiles Cúpula de Hierro, que contrarresto los cohetes lanzados por Hamas, la Jihad Islámica y la infinidad de grupos que integran la resistencia nacional. El rearme israelí solo puede deparar nuevas penurias para el destino del pueblo palestino en dirección hacia una “limpieza étnica gradual”, como señala el historiador israelí Ilan Pappe.

El flamante primer ministro Rami Hamdallah del gobierno de unidad nacional entre Fatah y Hamas adelantó que la mitad del dinero prometido sería destinado a la reconstrucción de Gaza, en tanto la otra mitad solventaría “otras necesidades del Presupuesto de la Autoridad Palestina hasta 2017”. Evidentemente la suerte de los gazatíes no constituye una prioridad. Tras la explosión de la crisis humanitaria, las necesidades son más que apremiantes.

Un tercio de la población fue desplazada, los hogares disponen de apenas dos horas de electricidad y casi 500 mil personas no tienen acceso al agua de red proporcionada por los municipios. Por primera vez comienza desarrollarse una corriente de opinión que sostiene el éxodo palestino de la franja, para gracia de los sionistas. Acechados entre la desesperación y la falta de perspectivas, más de 500 gazatíes perdieron la vida ahogados tras embarcarse en aguas del Mediterráneo con el fin de alcanzar la costa de Malta en busca de otra suerte. Lejos de las necesidades de las masas, Hamdallah es el presidente de la Bolsa de Palestina, de célebres relaciones con las petromonarquías del Golfo y un peón bajo el pulgar de Abbas y el Fatah, que dirigen la archicorrompida Autoridad Palestina, la que dispondrá de recursos a fin de fortalecer su aparato policíaco, (que insume el 30% del presupuesto con el 44% de los funcionarios públicos) para mantener a raya a las masas palestinas. Si bien en Gaza la situación social es deplorable, en Cisjordania hay un 40% de desempleo y durante los últimos meses se produjeron manifestaciones callejeras contra la carestía del costo de vida.

Los líderes de la Autoridad Palestina son tan cipayos que hasta bloquearon la posibilidad formal de denunciar al gobierno derechista del premier israelí Benjamín Netanyahu ante la Corte Penal Internacional por “crímenes de guerra” tras la reciente masacre. Por el contrario, Abbas insistió que la colaboración con los sionistas es “sagrada”. Financiadas por EE.UU., las fuerzas de coordinación de seguridad de la Autoridad Palestina trabajan conjuntamente con el ejército israelí y la Shin Bet (servicio secreto) en la criminalización de la resistencia nacional que lucha contra la ocupación.

En ese sentido, Abbas advirtió que el camino para conseguir la independencia nacional seria “pacífico” y de “colaboración”, dejando inerme a las masas palestinas ante el guerrerismo orgánico del Estado sionista desde su misma fundación, como sabía bien ilustrar el general “laborista” Moshé Dayán que fundamentaba la base de su existencia en “una guerra de mil años” contra los pueblos árabes.
Apuntalados como beneficiarios de la reconstrucción de Gaza, Abbas y el Fatah son la apuesta de EE.UU. y el sionismo para la reiniciación de las próximas negociaciones indirectas en El Cairo con Hamas (a regañadientes reconocido junto a Jihad Islámica como parte beligerante) en desmedro de demandas democráticas mínimas como el levantamiento del bloqueo, el establecimiento de un puerto y un aeropuerto, el restablecimiento de la producción de energía y la distribución de agua potable para todos, la extensión del derecho de pesca en el mar Mediterráneo.

Desde esa institución pretenden fortalecer a la Autoridad Palestina en la perspectiva de imponer su control en las aduanas de los pasos de frontera, a fin de incrementar su influencia sobre la franja de Gaza, donde el Fatah fue expulsado en 2007 tras la intentona de un golpe de mano contra Hamas (que había ganado las elecciones legislativas de 2006). Como es de esperar, Netanyahu a lo sumo está empeñado en dosificar la asfixia del bloqueo con la colaboración “humanitaria” de Abbas y el Fatah, los que aún reivindican los acuerdos de Oslo de 1993 con la solución de dos estados, que resultaron catastróficos para los intereses nacionales palestinos, pues sirvieron para acelerar la colonización judía de Cisjordania con 500.000 colonos (asistidos por el ejército israelí) que ocupan más de la mitad de ese territorio.
De los resultados arrojados por la guerra contra el Estado islámico lanzada por Obama y del desarrollo en curso de la guerra interétnica larvada entre shiitas y sunitas en toda la zona del Levante seguramente saldrán las definiciones más generales desde las cuales el Fatah y Hamas moverán sus próximas fichas.