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Libros. Hombre solo

“Tal vez uno de los mayores atractivos de la novela negra sea ese: su pretensión por convertirse en una literatura comprometida con la perspectiva de los solitarios, los fugitivos, los perdedores.” sentencia el cronista y nos invita a entrar al mundo de El nombre del juego es muerte (1962), de Dan J. Marlowe

Diego De Angelis

Diego De Angelis @DieDeAngelis

Sábado 3 de octubre de 2015

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El hombre solitario suele ser, la mayoría de las veces, un fugitivo. Un criminal en plan de escape. Alguien que por algún motivo secreto –y los motivos secretos abundan tanto como las historias- ha decidido renunciar a su condición inicial. Es quien ha decidido arriesgarse. Un desertor humillado que elige, con absoluta conciencia de su accionar, despojarse sediciosamente de las leyes que gobiernan a un mundo que considera culpable. Su destino, también la mayoría de las veces, suele ser la perdición. El hombre solitario, además de fugitivo, se transforma así en un perdedor que busca en silencio su propia destrucción. Su plan está condenado al fracaso. El fracaso es entonces el costo que debe pagar por la radicalidad –por la audacia- de su fuga. Tal vez uno de los mayores atractivos de la novela negra sea ese: su pretensión por convertirse en una literatura comprometida con la perspectiva de los solitarios, los fugitivos, los perdedores.

“Me gustan los animales. De la gente puedo prescindir”, señalará el protagonista y narrador de El nombre del juego es muerte (1962), obra maestra del género realizada por Dan J. Marlowe, un tanto olvidado escritor norteamericano al que conviene dedicarle cierto tiempo de lectura. El nombre del fugitivo es Roy Martin, un experto ladrón de bancos. Esta novela comenzará precisamente con un fallido atraco en Phoenix. Un plan que no saldrá del todo bien. Habrá tiros, malheridos, una persecución. Porque, ya podemos anticiparlo, lo que importará en este relato será saber cómo el autor narrará la acción. Bajo qué procedimientos. Si fuera necesario definir la verdad última de la novela de Marlowe, lograríamos hacerlo sin dificultades: las armas. La excitación que produce alzarse con ellas a los tiros. Las armas serán descritas casi como personas: “La vieja y pequeña Woodsman no tenía la potencia de una 38, pero era cumplidora”.

El relato crecerá en tensión durante los enfrentamientos. En la primera mitad, el narrador se ocupará no solo de contar los contratiempos que deberá sufrir para recuperar el botín, sino también la historia de su juventud, sus primeros ataques, los años de aprendizaje: “Me divorcié para siempre de la voladura de bóvedas, del asalto a los blindados y del secuestro del gerente del banco y su esposa. Ese era el camino difícil. Una operación rápida y limpia: eso era lo que necesitaba. Ataque y fuga. Golpe y manotazo”. El desfalco ideal revela a su vez un tipo de escritura. Una forma de narrar que funciona por sustracción. Frases cortas, descripciones breves y precisas. Un narrador que refiere sobre todo situaciones. El relato avanzará quemando aceite, al igual que el Ford que usará Martin para atravesar carreteras. Cómo describir el territorio, cómo diseñar la topografía del fugitivo: gasolineras, moteles, cantinas, cabañas a la vera del camino. Un estilo que se asentará mediante la configuración de una voz discreta pero contundente que buscará levantarse contra la verborrea intrascendente a su alrededor.

El nombre del juego es muerte podría reducirse así a una pugna entre los que hacen y los que hablan. Entre los que practican la destreza del silencio y los charlatanes, los que aburren con su largo y tendido discurrir. Hablar, en esta novela, será una pérdida de tiempo, la cifra de una debilidad: “Hablaba como un imbécil”, definirá sin miramientos el narrador. Porque para quien cuenta, el silencio y la escucha devienen funciones indispensables: “Yo mantenía el pico cerrado y escuchaba, no decía ni mu”. Porque hablar de más sería meterse en problemas: “Y mientras se prolongaba el silencio, me dije que debía callarme. No necesitaba problemas”. Porque hablar de sobra en definitiva tiene que ver con otra cosa, con cierto goce narcisista: “Él parloteaba, feliz con el sonido de su propia voz”. “Franklin no se conformó con mi silencio”, apuntará con ironía Martin sobre el proceder del policía del condado, el gran enemigo del fugitivo. Porque los policías son los que piden explicaciones. Los necios, los brabucones, los energúmenos que disfrutan de hablar a los gritos.

Marlowe empezó a escribir más bien tarde, a los cincuenta y seis años, cuando después de la muerte de su esposa decidió apostar por la literatura. Hizo bien. El nombre del juego es muerte es su mejor trabajo. Ante tanta monserga imprudente, leerlo se convierte en una oportunidad inesperada. Es la historia de un hombre solitario dispuesto a vengarse. Un fuera de ley que pretende con discreción y elegancia, sin prisa pero sin pausa, arreglárselas solo y “liquidar el asunto”.


     

Diego De Angelis

Nació en Buenos Aires en 1983. Licenciado en Letras en la UBA, escribe sobre literatura y cine en diferentes medios. Programa y coordina el ciclo "Cine para lectores".

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