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Debate. Huelga del 3-O ¿Qué lecciones dejó para la izquierda sindical?

La CGT fue el primer sindicato en convocar la huelga del 3-O. Una iniciativa que esbozaba una hoja de ruta alternativa a la del procesismo ¿Porqué no llegó a mantenerse? ¿Como puede la izquierda sindical volver a ser un factor que incida en el movimiento democrático catalán?

Santiago Lupe

Santiago Lupe @SantiagoLupeBCN

Miércoles 3 de octubre de 2018

En estas semanas de aniversarios el de hoy, 3 de octubre, tiene una relevancia y significación que desde ningún sector del procesisme se querrá reivindicar. El 3-O de 2017 fue una jornada en la que el nerviosismo cundió tanto en Moncloa y Zarzuela como en Palau y Pedralbes.

En las semanas previas al referéndum sectores de la izquierda sindical y anticapitalista de Catalunya habíamos comenzado a constituir una plataforma contra la represión del Estado que trataba de evitar la votación. El Govern por su parte mantenía una posición de acatamiento de la situación. Esperaban que el 1-O fuera solo una “pantalla” más del procés, un 9N bis, tal y como lo dejó claro Jordi Sánchez la víspera asumiendo que un millón de votos sería un éxito.

Pero “por abajo” se iba moviendo y organizando el gran movimiento social que hizo posible la ocupación y defensa de los colegios, la llegada de urnas y papeletas y que 2,3 millones de catalanes pudieran ese día votar, en un 90% en favor de la independencia. Como parte de todo esto, sectores de la izquierda sindical empezaron a mover ficha. La CGT, no sin una importante discusión interna con sectores que se oponían -desde una visión, a mi entender, muy sectaria con el movimiento democrático catalán-, dio el paso de convocar huelga general para el 3-O. Otras fuerzas del sindicalismo alternativo se sumaron después, como la Intersindical Alternativa de Catalunya (IAC), COS, CSC o los estibadores del puerto.

El 3-O quedó instalado como una fecha para darle continuidad a lo que pasara el 1-O. Si el Estado impedía el referéndum sería una gran jornada de huelga y movilización contra la represión. Si no lo conseguía, serviría para exigir que su resultado fuera efectivo. Al final terminó siendo las dos cosas.

La indigación por las brutales cargas del 1-O y el haberse conseguido mantener las urnas abiertas gracias a la gran movilización social de ese día, ensanchó como nunca las bases del movimiento democrático catalán. Sectores muy importantes de la clase trabajadora fueron a votar y fueron parte de la ocupación y defensa de los colegios, como se vió en los barrios y poblaciones del cinturón rojo de Barcelona.

La noche del 1-O la huelga convocada por el sindicalisMo siempre llamado “minoritario” se convirtió ya en una huelga que prometÍa ser masiva en muchos sectores. El procesisme empezó a temblar por la posibilidad de un desbordamiento de la calle. Nada más lejos de la voluntad de los representantes políticos de las grandes empresas catalanes que desatar una movilización con huelgas y la entrada en escena de la clase trabajadora.

La burguesía y sus representantes tienen memoria y experiencia histórica. Cuando ese motor se enciende, aunque sea partiendo de demandes democráticas, la clase obrera y los sectores populares acostumbramos a querer también resolver nuestra propia agenda: los grandes problemAs de paro, precariedad, vivienda... algo que pone en cuestión los privilegios de las grandes familias a las que PDECAT y ERC no han dejado de prestar nunca sus servicios.

Visto que la huelga era un tsunami imparable, tanto el Govern como sus entidades afines -ANC y Omnium- se apresuraron a tratar de ponerse a la cabeza para cambiarle el carácter. Convertir la huelga en un paro de país -un cierre patronal- no fue una medida para garantizar su éxito, sino para abortar las asambleas, piquetes y demás medidas de autorganización que empezaban a encenderse a primera hora del 2 de octubre en muchos centros de trabajo.

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El 3-O ANC y Ominum mantuvieron una tensión idéntica a la de Cruixart y Sánchez el 20S para evitar que la calle se desbordara. Por la mañana mandaban mensajes de watsap para tachar de “convocada por infiltrados” la concentración de miles en la comisaría de Vía Laietana. Por la tarde decretaban un toque de queda para las 21h. A esa hora todo el que no estuviera en casa sería un provocador. ¿El objetivo? Que el mensaje golpista de Felipe VI nos pillara en casa y no en la calle, donde la reacción quizá hubiese ido más allá que el replicar de cacerolas desde las ventanas.

A pesar de ello, el 3-O fue una gran jornada de huelga en muchos sectores, como los transportes, servicios, educación y algunas industrias. Las principales patronales como Foment del Treball, PIMEC y CECOT, no se sumaron a la parada de país. Las grandes ciudades y pueblos quedaron paralizados. No tanto los polígonos industriales, donde la burocracia de CCOO y UGT se esforzó para imponer el “paro de país” que limitaba la acción a paros parciales y simbólicos.

Aún así se perdieron 9.023.624 horas de trabajo, para una población asalariada de 2,7 millones. Para hacerse una idea las horas perdidas en la huelga general del 14N del 2012 en todo el Estado fueron poco más de 11 millones. Además, ese día las manifestaciones fueron más masivas que nunca, con una participación juvenil muy superior a la de las Diadas.

Lamentablemente esta gran jornada no fue tomada como punta de lanza por ningún sector significativo del movimiento democrático. La que tenía mayor posibilidad y responsabilidad para hacerlo era la izquierda independentista y en particular la CUP. Pero desde el día 4 se negaron a plantear una hoja de ruta independiente basada en el camino que habían marcado el 1 y el 3. La política volvía a ser la de presionar y confiar en el Govern, que ya preparaba la operación desgaste en tres actos: la postergación de la proclamación de independencia, la proclamación-suspensión del 10-O y la proclamación simbólica y posterior entrega o huida del 27-O.

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La capacidad de iniciativa mostrada por sectores de la izquierda sindical, en especial de la CGT, tampoco se mantuvo ante este vacío de alternativa de dirección política. Muchos sindicatos, como la IAC o CoBas –que ni tan siquiera había convocado la huelga del 3-O-, se plegaron abiertamente al “esperar” los siguientes movimientos del Govern. La CGT quedó muy dividida -con el sector contrario a la huelga a la ofensiva agarrándose sobre todo a discusiones del método de urgencia con que se había convocado el 3-O- y lamentablemente paralizada.

Todo además con la amenaza de multas millonarias o incluso ilegalizaciones en caso de que convocaran nuevas jornadas de paro, ya que en la “democracia” del 78 están prohibidas las huelgas políticas y de solidaridad.

Hoy, tras la claudicación abierta de la dirección procesista y el reflujo del otoño catalán, las voces críticas con la huelga del 3-O se escuchan de nuevo. “¿Para qué la izquierda sindical se la jugó tanto por un movimiento dirigido por la derecha catalana? Si al final acabó todo en una pantomima, elecciones y una sobrevida más para el procesisme”. Razonamientos así pueden verse formalmente respaldado por los resultados finales.

Pero como lógica de pensamiento no pueden llevar más que a una adaptación sectaria y paralizante de los sectores de vanguardia del movimiento obrero, seguir dejando a la clase trabajadora como una convidada de piedra ante el proceso más dinámico de la crisis del Régimen del 78. El problema no es que la izquierda sindical “se la jugara tanto”. Más bien de lo que se ha pecado, y se sigue pecando, es de no jugarse a intervenir con la misma audacia e independencia que en septiembre de 2017 en un movimiento democrático masivo como el catalán.

El 3-O dejó valiosas lecciones para el movimiento democrático y la izquierda sindical. En un sentido ésta llegó tarde al movimiento con una política independiente. Lo hizo cuando éste empezaba a desbordarse y decidió intervenir con una política que fue capaz de incidir en la realidad: la convocatoria de la huelga cuando muy pocos la defendíamos.

A pesar de esta tardanza, lo profundo del movimiento le permitió confluir con él y esbozar, aunque solo fuera por unos días, que había otra vía radicalmente opuesta a la del procesisme para conquistar una república y que ésta abriera el camino también a imponer las grandes demandes sociales de la clase trabajadora por medio de un proceso constituyente impuesto desde abajo y no de la ley a la ley, como planteaba la Ley de Transitoriedad de JxSí, y tristemente apoyada por la CUP.

Pero los tiempos en política no son una cosa accesoria. Y esa “tardanza” pesó, y de qué manera, para poder sostener la iniciativa que cristalizó en el 3-O. Pesó mucho más lo “viejo” y las inercias de años que los elementos nuevos o de giro que habían comenzado a verse en septiembre, en especial en la CGT catalana, la principal organización de la izquierda sindical.

Las enormes presiones del procesisme, a las que se sumaba el seguidismo sin límites de aquellos días de la CUP, las amenazas del Estado y el sectarismo con la lucha democrática de una parte no menor del activismo sindical, terminaron imponiendo una parálisis que sacó de escena, de nuevo, al movimiento obrero y sus sectores más combativos. Incluso cuando se convocó la siguiente jornada de huelga, el 8N ya en pleno repliegue procesista tras el 155, la iniciativa pasó a los CDR que fueron capaces de paralizar el territorio con cortes de carretera, pero no de garantizar un paro en los centros de trabajo.

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Hoy, cuando el cuestionamiento a la hoja de ruta y las “jugadas maestras” del procesisme crecen en amplios sectores del movimiento, en especial de la juventud, la izquierda sindical tiene por delante la oportunidad de intervenir en esta reconfiguración para que no termine en desencanto y desmovilización, si no en conclusiones que lleven a fortalecer un polo que apueste por la desconfianza e independencia total de los partidos de la burguesía catalana, el camino de la movilización y la autoorganización obrera y popular y la fusión de las demandes democráticas con un programa anticapitalista para acabar con el paro, la precariedad y los grandes problemas sociales.

Retomar y profundizar el giro que empezó a darse hace un año, y que quedó interrumpido por las debilidades y errores del movimiento y las propias fuerzas de la izquierda sindical, o refugiarse en hacer solo sindicalismo en las empresas y no meterse en política. Este es el dilema que deberá resolver el sindicalismo alternativo catalán en el siguiente periodo.


Santiago Lupe

Nació en Zaragoza, Estado español, en 1983. Es director de la edición española de Izquierda Diario. Historiador especializado en la guerra civil española, el franquismo y la Transición. Actualmente reside en Barcelona y milita en la Corriente Revolucionaria de Trabajadores y Trabajadoras (CRT) del Estado Español.

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