Tal vez hubiera algo de brechtiano en las imitaciones televisivas que hacía Mario Sapag, así fuera malgrè lui. Porque en ellas, acaso por impericia mimética, no dejaba de percibirse nunca que estaba Mario Sapag.
Viernes 31 de julio de 2015
Tal vez hubiera algo de brechtiano en las imitaciones televisivas que hacía Mario Sapag, así fuera malgrè lui. Porque en ellas, acaso por impericia mimética, no dejaba de percibirse nunca que estaba Mario Sapag; el actor no se disolvía para desaparecer en el personaje, uno veía a Pilar Franco y también veía a Mario Sapag, uno veía a José Sacristán y también veía a Mario Sapag.
De aquellas composiciones que hacía, la de César Menotti era mi preferida. De hecho, con ella consiguió colar una frase, cosa para nada sencilla, en el habla popular; y personas que no sabían quién era Vicente Pernía replicaban “¡Y dale con Pernía!”, ante cualquier insistencia ajena (había otra a continuación, “Pernía es triste”, que debía pronunciarse con una rigurosa amargura).
Otro de los imitados por Mario Sapag era Jorge Luis Borges, un escritor bastante conocido por el público gracias a sus frecuentes apariciones en los medios de comunicación. Borges era y sigue siendo presa más que propicia para las imitaciones (al menos en lo personal, ya que no en lo literario, donde es inimitable: se puede escribir con o contra Borges, en él, sobre él, pero no como él).
Sapag resolvió el asunto como lo habría hecho cualquiera: la mirada en extravío del no vidente, la risa nerviosa del tímido, el ágil tartamudeo del escritor. Corrían tiempos de despotismo en Argentina. No faltaron, en la ocasión, reacciones de indignación por parte de las autoridades pertinentes, quienes dispusieron que cesara de inmediato la imitación televisiva en curso, a efectos de preservar el respeto debido a una tan alta pluma de la literatura universal. La censura se aplicó sin demora, en defensa de la correspondiente veneración de Borges.
¿Alguno se opuso, acaso, a una medida tan drástica? Claro que sí: se opuso Borges. Y no solamente se opuso, también se disculpó por no conocer a Mario Sapag (tenido, con justicia, por sabedor de muchas cosas, cada vez que ignoraba algo, Borges se disculpaba) y le agradeció por haberse dedicado a elaborar una imitación de él (supuso que le habría resultado una tarea ardua, dadas sus dificultades para la expresión oral, aunque la verdad era exactamente la opuesta).
Esta clase de actitudes eran frecuentes en Borges, lejos del borgismo fanático y hueco que, a su muerte, habría de imponerse o tratado de imponerse.

Martín Kohan
Escritor, ensayista y docente. Entre sus últimos libros publicados de ficción está Fuera de lugar, y entre sus ensayos, 1917.