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Literatura. Jacques Prevert: palabras-pájaros vuelan sobre los horrores de la explotación capitalista

El 4 de febrero de 1900 nació este poeta que supo pintar con versos indelebles la fuerza de la clase trabajadora para terminar con la barbarie capitalista.

Bárbara Funes

Bárbara Funes México D.F | @BrbaraFunes3

Jueves 4 de febrero de 2016

Jacques vino al mundo en Neully-sur-Seine, París. A los catorce años dejó la escuela. Se perfilaba ya su espíritu rebelde, tal vez retratado en el poema “El mal estudiante”:

“Y a pesar de las amenazas del maestro
Y con los alaridos de los niños prodigio
Con las tizas de todos los colores
En la pizarra negra de la desdicha
Dibuja la cara de la felicidad.”

Estuvo un tiempo en la Marina, y luego trabajó en distintos oficios. Convivió así con los trabajadores de a pie, fue uno de ellos. Miró a la cara a la explotación capitalista y le escupió con odio, con fiereza, con asco.

Después conoció a Georges Duhamel, Yves Tanguy, Raymond Queneau y Georges Sadoul del grupo surrealista disidente de la Rue du Château, y se unió al grupo. En 1930, para la época de la publicación del Segundo Manifiesto Surrealista, tuvo un desencuentro con André Breton y rompieron relaciones. Sin embargo, algunos críticos consideran que fue uno de los impulsores del llamado “cadáver exquisito” del surrealismo, partir de un juego de palabras para crear una imagen a partir de la cual pueden surgir muchas más.

En 1931 publicó en la revista Commerce –dirigida por Paul Valéry, León Paul Fargue y Valéry Larbaud- el poema “Intento de descripción de una cena de mascarones en París de Francia”:

“…El sol brilla para todo el mundo, pero no brilla en las prisiones, no brilla para los que trabajan en la mina, los que descaman el pescado.
Los que comen carne podrida.
Los que fabrican horquillas para el pelo.
Los que soplan las botellas que otros beberán.
Los que pasan las vacaciones en las fábricas.
Los que ordeñan la vaca y no beben la leche.
Los que no son anestesiados en la consulta del dentista.
los que fabrican en sótanos las estilográficas con las que otros escribirán al aire libre que todo va de mil maravillas…”

Brutal, descarnado: como la vida cotidiana de millones de trabajadoras y trabajadoras en China como en Honduras, en Nueva Zelanda como en Praga. Una vida que no ha cambiado desde los años en que Jacques desgranó el horror con palabras-látigo que inflaman el corazón de odio, que dan fuerza cuando el cansancio asoma, que dan brío cuando la rutina de los días grises aplasta.

Jacques escribió también obras de teatro interpretadas por la compañía del grupo Octubre, vinculado al Partido Comunista Francés. Sin embargo, nunca llegó a militar en sus filas: se dice que lo relacionaron con el trotskismo, aunque en la mayoría de los casos se lo inscribe en el anarquismo.

Compuso canciones y escribió guiones cinematográficos, muchos para Marcel Carné. Destaca en especial la película Los niños del paraíso, estrenada en 1945, un clásico del cine francés.

En 1949, publicó el libro de poema Palabras, su mayor éxito, que llegó a vender más de dos millones de ejemplares.

Sus versos irrumpen con la fuerza de mil rayos. Enfrentan a la realidad, a lo que es considerado “normal y bien portado” en la sociedad capitalista, un espejo de cristal que rompe con palabras-dagas. La vida sombría y anónima, oscura y terrible, de la clase trabajadora es una de sus protagonistas: pero no se conforma con eso. Pone en cuestión esa vida: obliga a mirarla con los ojos bien abiertos y a repudiarla con cada célula del cuerpo, como en “Tiempo perdido”:

“Ante la puerta de la fábrica
el obrero se detiene de repente
el buen tiempo ha tironeado
de su chaqueta
y no bien se vuelve
y mira el sol
muy rojo muy redondo
sonriente en su cielo plomo
le hace guiños
familiarmente
Di camarada sol
¿no te parece
una reverenda burrada
regalarle un día como este
al patrón?”

Jacques canta también a la miseria de la vida cotidiana, a la devastación y la muerte que deja la guerra, a la libertad, al amor que cambia y fluye como un río de aguas a veces claras y otras turbulentas.

La obra de Jacques es revulsiva, profunda, indómita. Y a la vez es sencilla: no es un poeta que necesite utilizar palabras rebuscadas, palabras de museo apolilladas en un rincón. Con las palabras de todos los días construye edificios poéticos incorruptibles. Imágenes, metáforas, antítesis, ritmo, sonoridad y todos los recursos literarios con los que se pueda vivir y soñar están en sus versos.

Fue un poeta despreciado por la élite literaria e intelectual de su época: su voz se expresaba en la lengua sencilla de todos los días, no en la lengua deslumbrante y lejana de la poesía para especialistas, y así podía escribir versos maravillosos que golpean los párpados, las puertas y el insomnio. Como dice en “Para hacer el retrato de un pájaro”:

“…pintar también el verde follaje y la frescura del viento
el polvillo del sol
y el zumbido de los bichos de la hierbas en el calor
del verano
y después esperar que el pájaro se decida a cantar.”

Es imposible resumir su vida y su obra en tan pocas líneas: apenas un bosquejo, un suspiro, un dejo de nostalgia fuera de lugar. Jacques cerró sus ojos y su máquina de escribir el 11 de abril de 1977, en París.

Desde la lengua musical de la tierra que fue escenario de la Comuna de París, de la Revolución Francesa, del Mayo del ’68, con sus contradicciones, sus debilidades, Jacques, el poeta, el hombre, con “Paisaje cambiante” nos legó un himno a la fe inquebrantable en la fuerza revolucionaria de la clase obrera y en “el verdadero, el duro, el rojo sol de la revolución” [porqué no su partido], que podrán fin a este sistema de explotación y opresión.