
Rosa D’Alesio @rosaquiara
Jueves 14 de abril de 2016 00:09
José “Negro” Montes, obrero del Astillero Río Santiago, declaró en la causa La Escuelita IV, donde se juzga por 28 víctimas de la región, 14 de ellos desaparecidos, la mayoría trabajadores de YPF. Una de las querella está a cargo del Centro de Profesionales por los Derechos Humanos (CeProDH), representada por la abogada Natalia Hormazabal, con la colaboración de Mariana Derni y Leticia Celli. Montes y Hormazabal cuentan en esta entrevista qué se juzga, por qué se presentó un obrero de una fábrica de Ensenada, provincia de Buenos Aires, como testigo de concepto y por qué en su declaración se refirió al ascenso obrero de los 70 y la lucha del Astillero contra la privatización en los 90.
Natalia ¿qué se juzga en esta causa?
En esta causa se juzga la responsabilidad de 22 imputados entre los cuales hay integrantes del Ejército, incluido el Destacamento de Inteligencia 182, Policía Federal, Gendarmería, Policía de Río Negro y por primera vez se juzga a la Policía de Neuquén; todos responsables en la detención y tortura de 28 víctimas, entre los cuales 14 de ellos fueron desaparecidos. Entre las víctimas se encuentran trabajadores de YPF, de la educación, de galpones de fruta, de la salud, artistas y estudiantes universitarios y aún secundarios, como en el caso de la joven de 16 años, Leticia Veraldi. Todos ellos tenían algún grado de organización política y gremial.
¿Qué se les imputa a los acusados?
En este juicio hay una discusión muy concreta, al menos para nuestra querella, y es en relación a los desaparecidos. Los altos mandos llegan imputados por el delito de homicidio agravado por los casos de los compañeros desaparecidos, por presumirse que la orden de asesinarlos y esconder los cadáveres se emitió desde el Comando Subzona 52.
Claramente se decide cerrar el capítulo de la historia de los desaparecidos sin que, a 40 años de ocurrido el Genocidio en nuestro país, sepamos que han hecho con ellos. Ningún gobierno pos dictadura ha abierto los archivos de la dictadura militar, que existen, y que nos permitiría conocer cuál fue el destino final de cada uno de ellos y ellas, y saber quiénes son los responsables, además de conocer la identidad de los más de 400 jóvenes que aún permanecen con sus identidades apropiadas.
Por eso vamos a seguir insistiendo que la verdad histórica, y la calificación jurídica no puede ser otra que condenar a todos los imputados por el delito de genocidio, porque fue un plan sistemático de aniquilar a una generación.
¿Por qué la querella presentó como testigo de concepto a un obrero que trabaja y vive a mil kilómetros de donde ocurrieron los hechos que aquí se juzga?
Porque el Negro Montes es un obrero militante que puede atestiguar que el golpe militar fue para derrotar el ascenso que comenzó en el Cordobazo, y demostrar esto es nuestra estrategia legal. Y porque desde el CeProDH participamos en los juicios donde lo legal siempre está subordinado a nuestra defensa de la clase obrera y los sectores populares. Nosotros participamos en estos juicios desde un punto de vista de clase. Y desde este punto es que queremos sentar una posición acerca de los 70.
José ¿qué significó para vos declarar en este juicio?
Esta declaración es parte de la lucha que lleva más de cuarenta años y que junto a los organismos de derechos humanos, que no fueron cooptados por el kirchnerismo, seguimos dando en las calles, en las fábricas y también en los estrados judiciales.
No alcanza con conocer que fueron 30.000 los desaparecidos, es importante saber por qué y por quiénes fueron desaparecidos. En los 70, como dije durante el juicio, en nuestro país se encontraba la clase obrera, que estaba entre las tres más combativas del mundo. Aniquilar a esta clase fue el objetivo, no solo de los empresarios locales, sino del imperialismo yanqui que orquesto el Plan Cóndor para que coordinadamente actúen las dictaduras del cono sur para aniquilar a esta generación.
Durante tu declaración uno de los imputados te interrumpió ¿qué te dijo?
Decía que dejara de decir pavadas. Intentó amedrentarme. Sentí un gran odio de clase al escuchar a este genocida con esa prepotencia, y ahí le dije que no me había desmoralizado los golpes militares, la Triple A, ni los ataques neoliberales del menemismo, menos lo iba a ser un genocida. En la sala estaban sorprendidos que un testigo se atreviera a decir esto.
El juez, por su parte, me decía que me circunscriba a lo que se trataba en ese juicio; y si eso es lo que estaba haciendo, hablar sobre lo que ahí se debía juzgar: el genocidio de clase. Pero en el juicio también dije que la Triple A fue la antesala del golpe, que la persecución a la clase obrera en nuestro país comenzó bajo el gobierno de Perón.
También te referiste, durante tu declaración, a la lucha del Astillero que dieron en los 90 ¿por qué?
Volver a los 90 durante el juicio fue para demostrar que la sangrienta dictadura no logró cortar los hilos de continuidad con esa generación de obreros insurrectos. En un sector importante de obreros del Astillero aun hoy conservamos con fuerza dos sentimientos: odio y orgullo. Odio porque alrededor de 150 compañeros fueron desaparecidos; orgullo de que nuestra lucha impidiera la privatización. El Astillero fue la única empresa que por nuestra lucha derrotó el plan privatizador de Menem en los 90.
Durante la dictadura yo militaba bajo las banderas del marxismo revolucionario, pero no trabajaba en el Astillero, no obstante conozco todo lo que pasó en la fábrica por los relatos de los compañeros viejos, los que padecieron en carne propia la dictadura en el Astillero. Estos obreros durante la dictadura hacían largas colas para ingresar a la planta porque los prefectos los requisaban. Trabajaban con los milicos dentro de la fábrica. Estos obreros recuerdan cada uno de los apodos de los compañeros desaparecidos. A estos obreros no los quebraron.
En 1983, debido a la reactivación, habíamos ingresado 700 operarios de menos de 30 años, pero se corría el rumor que habían metido servicios. Entonces, a esa nueva camada, los viejos obreros nos tuvieron a prueba hasta que nos ganamos la confianza de ellos. Ellos, los que no fueron quebrados, me decían con quién podía hablar, y de quién me tenía que cuidar, como por ejemplo de los burócratas de la Azul y Blanca, que fueron colaboracionistas de la dictadura y entregaron a nuestros compañeros, hoy desaparecidos. Nos enseñaron el laburo pero también nos trasmitieron esa tradición de lucha. Esto a mí me maravilla, cómo los obreros clasistas trasmiten las tradiciones, las experiencias de lucha. Esos obreros clasistas me dieron más fundamentos para seguir siendo un obrero revolucionario.
El haber sido testigo de concepto desenmascaró el plan genocida, pero también que no pudieron aniquilar la moral de los que sobrevivieron, que aunque no militaban, trasmitieron lo que sabían para que nuevas generaciones continuaran la lucha.
¿Quiénes estaban dentro de la sala escuchando tu testimonio?
Familiares de víctimas, miembros de organismos de derechos humanos, y muchos compañeros jóvenes, que a la salida del juicio me dijeron que escuchar mi declaración fue mejor que leer un libro de historia, que pudieron escuchar un testigo que fue parte de ese pasado y de este presente. Por el entusiasmo que generó esta declaración, organizamos una charla con los jóvenes y una de las cosas que más preguntaron fue sobre los 70. Es muy importante volver a pensar los 70 junto a los jóvenes. Volver a hablar de la idea de la revolución, que es la perspectiva, es hablar de la importancia de construir un partido revolucionario para llegar preparados a un nuevo ascenso, que no lo esperamos cruzados de brazos, sino organizando a esta nueva generación donde nuestra experiencia y nuestro programa, ayude a formar nueva camadas de insurrectos. Para que las energías revolucionarias que se dieron en el Cordobazo, en el próximo ascenso obrero cuenten con un partido preparado para la insurrección.

Rosa D’Alesio
Militante del PTS, columnista de la sección Libertades Democráticas de La Izquierda Diario; se especializa en temas de narcotráfico y Fuerzas Armadas.