lid bot

DE CROMAÑON A ISMAEL SOSA. La “Teoría de la Futbolización del Rock” sobre el tapete

Luego del crimen social que significó República Cromañón y sus casi 200 jóvenes muertos, se intentó (y se intenta) desde diferentes sectores (Estado, medios, academia), instalar la idea de que la culpa de la “tragedia” estaría sustentada en una especie de traspaso del folclore futbolístico al ámbito del rock. Aquí, algunas reflexiones críticas sobre el tema.

Luis Bel

Luis Bel @tumbacarnero

Sábado 11 de julio de 2015

Si tomamos la llamada “Futbolización del Rock” como la transferencia de ciertos elementos materiales y culturales, o de ciertas prácticas sociales producidas en los estadios por las hinchadas durante los partidos de fútbol, hacia los recitales y el ámbito del rock; entonces no estaríamos lejos de aseverar que realmente existe tal fenómeno y que entonces, como quisieron instalar en aquel momento el ex Jefe de Gobierno Aníbal Ibarra, sus funcionarios y Omar Chabán: “la culpa habría sido de la bengala”.

Lo mismo, sería una necedad negar que en ambos espacios existen bengalas, banderas, cánticos y, respecto a algunas bandas, una cultura del aguante. Siendo así entonces, el fenómeno se nos aparecería como obvio. Pero lo que también se nos aparece como obvio es el grado de simplificación de un análisis que además de no incluir todos los elementos, comparte con muchas otras “teorías” oportunistas (como por ejemplo, la que denomina “crimen pasional” a la violencia de género), la culpabilización de las víctimas y, en este caso, la demonización de la juventud.

Con respecto a esto último, no es algo que nos deba sorprender, la juventud (sobre todo la de origen pobre y que vive en los barrios populares) es caracterizada en las sociedades capitalistas modernas desde diferentes dicotomías: juventud-inseguridad, juventud-imposibilidad de decidir por sí mismos, juventud-amenaza al orden social, juventud-cambio revolucionario, etc. Por ello, no es extraño que todas las variantes políticas de derecha terminen reprimiendo y “limpiando” las calles de jóvenes, que expulsados ya de por sí del sistema educativo y productivo (si es que no tienen la “suerte” de conseguir un trabajo en negro e hiper-precarizado), encuentran refugio en los pocos lugares que les abren las puertas y que generalmente son aquellos adonde acaban: o en manos de la policía que organiza el gran delito en los barrios (como en el caso emblemático de Luciano Arruga) , o cayendo bajo las mismas balas policiales en casos de gatillo fácil, o como “quiosquitos” de las bandas narcos o recalando en las barras bravas de los clubes del barrio para trabajar de “mulos” para los capos del momento.

No debemos olvidar que alrededor de 500 mil chicos de entre 16 y 25 años se encuentran en situación de total desamparo por parte del estado y que es ésta la materia prima de donde en gran parte se nutren dos fenómenos de masas en nuestro país: el fútbol y el rock. Transformados ambos en negocios multimillonarios, los cuales, en manos de algunos inescrupulosos empresarios que con la complicidad de los gobiernos, los funcionarios de turno y la connivencia con las policías locales, deciden la suerte de un espectáculo que, según al nicho económico-social al que se pertenezca, la industria cultural “sugiere” lo que se debe consumir.
Como es de suponer, en esta división, no hay lugar para esta juventud dentro del circuito musical “formal” donde se realizan “shows” a precios exorbitantes que ya de por sí son expulsivos. La industria crea así, un circuito informal, eufemísticamente denominado “under” al que accede la mayor parte de los jóvenes todos los fines de semana. A esta periferia pertenecía “República Cromañón”, así como también el mítico “Cemento”, lugar en el que muchísimas bandas recibieron una especie de “ritual de iniciación” previo a la masividad.

Acá debemos distinguir dos aspectos: si bien es cierto que existe una especie de mística alrededor de las bandas que surgen del llamado “underground” y que esto muchas veces forma parte de la misma expresión cultural surgida en las entrañas mismas de los barrios más populares (sin perder por esto su carácter de ser un producto de la industria, aunque esta relación nunca es mecánica); no es menos cierto que cuenta con una brutal precarización en todos sus niveles: instalaciones en pésimas condiciones, estructuras que apenas resisten el temblor de la concurrencia y la vibración del sonido, medidas de seguridad que no alcanzan a cubrir lo elemental para este tipo de actividades y, como frutilla del postre, una sobreventa de tickets que hacen del combo una bomba a punto de estallar, y que finalmente estalló el 30 de diciembre de 2004 en un recital de Callejeros, como pudo haberle estallado a cualquier otra banda en cualquier otro momento.

Lo que Cromañón puso al descubierto, no fue precisamente la existencia de la “futbolización del rock” como si hubiera sido una gran epifanía reveladora, ya que al denominado “folclore del fútbol” lo podemos encontrar en cualquier actividad en la quel masas de jóvenes se reúnan a presenciar y participar de diferentes prácticas sociales que conlleven como elemento lo pasional (dentro de las cuales, quizás el fútbol tuvo tan sólo el privilegio de ser el primero que mostró todo el cotillón). Porque entonces, también podríamos hablar de una “futbolización de la política” y no precisamente como un fenómeno reciente, basta nomás remontarnos a los ’60. Lo que sí quedó al descubierto después del 2004 fue la corrupción y la connivencia de un Estado que participa de los negociados junto a los productores y empresarios que manejan el mundo del rock en Argentina. Es precisamente en estas “disrupciones de lo trágico” en que se puede ver la basura escondida bajo la alfombra; así como también el gas pimienta en la manga del superclásico, la red de negociados de la FIFA, la televisión y los escándalos de la AFA dejaron a la vista de la sociedad la podredumbre en que se sostiene el espectáculo del fútbol a nivel mundial.

Cromañón dio lugar además, como era de esperarse, a la culpabilización y demonización de los jóvenes que buscan en cada manifestación social darle curso a todas las frustraciones y marginaciones a las que los somete este sistema. Así, se aumentaron los controles, se clausuraron gran parte de los establecimientos en los cuales aquellos ejercían su derecho a la cultura y al esparcimiento, haciendo casi imposible para las bandas que recién comenzaban y que no poseían los recursos económicos para solventarse un costoso escenario, el poder presentarse en vivo. Como siempre, ante el gran delito del Estado y los empresarios, el hilo terminó cortándose por la parte más delgada. Lo curioso fue que desde los medios e incluso desde músicos ya consagrados (muchos de los cuales tocaron sus primeros acordes en el Cemento de los ’80) se culpabilizó no sólo al público, sino además a las bandas que promovían la “futbolización” desde el escenario e incluso a la música misma: “Es culpa del rock chabón”, sentenciaron.

Se incrementó, además, la presencia policial y la seguridad privada, casi siempre formada por patovicas y barras bravas de segunda y tercera línea que encontraron en apalear jóvenes en los recitales, una alternativa laboral. Botón de muestra fue el caso de Ismael Sosa, el joven que viajó con su novia y amigos desde el conurbano bonaerense hasta las Sierras de Córdoba para hacerle “el aguante” a su banda preferida, La Renga, y que apareciera muerto flotando sobre las aguas del Embalse Rio Tercero. Varios testigos observaron cómo la policía y la seguridad del recital lo golpeaban, para luego separarlo de la fila, llevárselo y nunca más volver a verlo con vida. En vano fueron los cientos de kilómetros que la familia realizó desde Buenos Aires a Córdoba y las marchas pidiendo justicia. En medio de amenazas y un pacto mafioso de silencio, se fue diluyendo la investigación. Los medios empezaron a circular fotos de Ismael con una cerveza en la mano y la demonización comenzó, nuevamente la víctima era culpable de su propio destino trágico. El “que estaba borracho y drogado” se instaló hasta que el peritaje toxicológico dijo lo contrario (cualquier semejanza con el “usaba polleras cortas” o el “algo le habrá hecho para que la golpeara” que se escucha cada vez que una mujer es violada o asesinada por la violencia machista, no es pura coincidencia).
Los responsables se lavaron las manos: el empresario José Palazzo reivindicó la actuación policial, la banda (al igual que “Los Redondos” con Walter Bulacio) no le “hizo el aguante” a Ismael como él se lo había hecho durante varios recitales, cientos de kilómetros y muchos maldormires, y la rueda volvió a girar, o la guitarra a tocar, como lo prefieran.
Cromañón también produjo, como resultante, el agrupamiento de bandas que se organizaron para luchar contra la prohibición de tocar libremente en locales y espacios públicos.

Aunque el fenómeno se fue diluyendo con el tiempo, ya que las restricciones no perduraron y se fueron, con el tiempo, volviendo más laxas, debido a que tocaban también intereses en los bolsillos de los involucrados; aquello demostró que la organización política de los músicos, así como de los jóvenes que luchan por su derecho a acceder a la cultura de manera libre y sin represión, es el camino a seguir.
Tanto Walter Bulacio, como Ismael Sosa y las decenas de pibes muertos en República Cromañón se han convertido hoy en día, en banderas de lucha para todos aquellos pibes que sueñan con un mundo sin opresores ni oprimidos y con un arte en manos de todos y libre de la dictadura a la que lo somete el mercado.