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Red Internacional
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OPINIÓN. La agenda del movimiento obrero en el escenario político

Más allá de la victoria política para el pago a los buitres, los sindicatos se preparan para contener el malestar de los trabajadores.

Fernando Rosso

Fernando Rosso @RossoFer

Viernes 1ro de abril de 2016

La reunión de los representantes de todas las centrales sindicales con los referentes legislativos de la oposición el pasado miércoles en el Congreso, tiene un importante significado político más allá de las intenciones de sus protagonistas.

El tarifazo en el transporte público de pasajeros que decretó el Gobierno y los que se preanuncian para abril (gas, agua, naftas), significarán otro duro golpe al bolsillo de los sectores populares en general y de los trabajadores en particular.

La nueva ola de despidos en el Estado y los que se llevan a cabo en las empresas privadas producto de la clara orientación recesiva de la política económica, aumentan el malestar entre los asalariados.

Este clima se manifiesta en las decenas de conflictos cotidianos en todo el país o en medidas nacionales que se ven obligados a tomar algunas conducciones gremiales. Los docentes agrupados en Ctera anunciaron una huelga para el 4 de abril en respuesta al incumplimiento de promesas del Gobierno y en apoyo a duros conflictos provinciales en Mendoza y Santiago del Estero. El paro también tiene un motivo político: el rechazo al posible cierre de la causa penal contra los responsables políticos del crimen de Carlos Fuentealba, ocurrido durante la gobernación neuquina de Jorge Sobisch y la presidencia de Néstor Kirchner y aún impune.

Con todas las distorsiones lógicas correspondientes a una dirigencia sindical burocrática, el encuentro expresó que la agenda del movimiento obrero se filtró en el escenario político, pese al blindaje mediático del que goza el Gobierno y los “éxitos” que festeja por las mayorías parlamentarias que conquistó para aprobar la rendición incondicional ante los fondos buitre.

El crédito económico y el crédito político

La entrada conjunta a escena de la plana mayor de las centrales sindicales no es casualidad. Ocurre en el momento en que el macrismo obtuvo un éxito político quebrando (por lo menos en la coyuntura) a la mediación del peronismo, primero en Diputados y luego en el Senado, para aprobar el pago a los holdouts e imponer la nueva hipoteca del país.

Sin embargo, ese triunfo no se traduce en medidas económicas que re-enamoren o entusiasmen a la población que recibe todos los días una mala nueva.

Todo lo contrario: al día siguiente de la aprobación del pacto con los buitres en el Senado, se anunció un nuevo tarifazo y se produjeron más despidos de empleados públicos.

Esto es así porque una de las condiciones para que el plan de endeudamiento “funcione” (desde el punto de vista del Gobierno y los empresarios), es la necesaria reducción del déficit fiscal, es decir, el ajuste (vía despidos y quita de subsidios traducidos en aumentos de tarifas -aunque en el caso del transporte, según el ministro Dietrich, aumentan las tarifas para los usuarios pero también se le aumentan los subsidios a los empresarios-).

Con todas las distorsiones lógicas correspondientes a una dirigencia sindical burocrática, el encuentro expresó que la agenda del movimiento obrero se filtró en el escenario político (...)

La otra condición para lograr, no ya una lluvia pero aunque sea una brisa de inversiones, es bajar cualitativamente lo que denominan el “costo laboral”, para lo cual el arma del aumento de la desocupación es esencial.

El nuevo endeudamiento que apuesta a “gradualizar” el shock del ajuste en la coyuntura o evitar un choque generalizado en todos los frentes contra las conquistas sociales (aunque los aumentos tarifarios son brutales), lo exige con mayor profundidad estratégicamente.

El gobierno de Cambiemos viene consumiendo todo el crédito político de la “luna de miel”, sin mostrar hasta el momento ningún avance tangible desde el punto de vista económico para las grandes mayorías.

Operación rescate

La aparición preventiva de la burocracia sindical se produce cuando las consecuencias de ajuste son cada vez más palpables.

En la misma edición del diario Clarín en la que festeja en tapa la mayoría que logró el gobierno para “salir del default”, el columnista Daniel Fernández Canedo describe un panorama sombrío para la economía y sus consecuencias.

“Pero para los asalariados la lectura es otra: la caída del poder de compra acumulada hasta febrero la calculó el Estudio Bein entre 15 % y 19 %”, afirma Fernández Canedo. Y explica que “marzo va dejando un aumento del índice de precios que se ubica entre 3,5 % y 4,5 %, en un mes en el que pegaron fuerte rubros como colegios privados, entre 27 % y 40 % de suba; las prepagas, que acumularon la suba que no habían aplicado en febrero (8 % más 8 %) y, el rubro clave, los alimentos, con una suba de 3 %.” (Clarín, 31/03).

Abril amenaza con ser el mes de un cóctel de tarifazos completo que motorizarán la inflación para la que el Gobierno tiene un único “remedio”: la recesión y sus consecuencias en nuevas pérdidas de puestos de trabajo.

El quiebre de la mediación política, con el kirchnerismo lamentando las “traiciones” de su propia cría de cuervos, activaron las “alertas tempranas” de la mediación sindical. Viejos experimentados en el arte de la contención (y el control) reconocen el clima del momento y se disponen a cumplir su función.

El rol más perverso entre los impulsores de la cumbre de los dirigentes sindicales con los diputados lo cumplió Sergio Massa. El líder del Frente Renovador estuvo entre los primeros que garantizó la mayoría al gobierno de Cambiemos para el acuerdo con los buitres (entre muchas otras colaboraciones) y ahora pretende ubicarse como el principal vocero de las demandas de los trabajadores. La “ancha avenida” de su campaña electoral pretende reeditarla hoy con la “representación” en el mismo acto de ajustados y ajustadores. Aunque también merecen sus dudosos laureles Diego Bossio, Margarita Stolbizer y los legisladores kirchneristas.

El soporte sindical se lo otorga la "corporación Moyano" con una división de tareas fríamente calculada. Pablo Moyano amenaza cada tanto con prender fuego al universo y sale a torear rabiosamente al Gobierno, mientras que el moderado Facundo arrastra todo hacia la parlamentarización politiquera que apague los fuegos de artificio y sobre todo evite cualquier lucha seria del conjunto de los trabajadores. Moyano padre arbitra de acuerdo a las circunstancias en el emprendimiento de bonapartismo familiar.

De peligros y oportunidades

La salida a escena de las conducciones sindicales es una suerte de “homenaje” al lugar que ocupa un movimiento obrero refortalecido en los últimos años y la expresión deformada del comienzo del descontento que puede extenderse. Pero también es una señal de que su pretensión es contener y administrar ese malestar para que no estalle como lucha generalizada.

La derecha lúcida toma nota del peligro de la postal sindical-legislativa. El columnista de La Nación, Carlos Pagni destaca que la victoria de Macri fue doble porque consiguió fondos y con votos peronistas. Sin embargo, afirma que “nunca la tranquilidad es absoluta”, justamente por la foto de la reunión de los dirigentes de las cinco centrales con los 150 diputados ajenos al oficialismo. “Es la semilla de un riesgo para Macri”, advierte. (La Nación, 31/3)

Por su parte, el “republicanismo” no tan lúcido resalta la oportunidad. En un artículo publicado antes de la reunión del Congreso, Marcos Novaro se consuela con la pasividad sindical que tuvo una participación testimonial en las movilizaciones del 24 de Marzo. “Quienes podrían cambiar esta situación (de ausencia de manifestaciones masivas contra el Gobierno, NdR), los sindicatos, aunque estuvieron en la Plaza de Mayo el jueves pasado, su presencia allí fue más bien protocolar, sin esforzarse para nada en que los acompañaran sus afiliados”. (TN.com.ar, 28/3)

Ambas lecturas tienen aspectos de verdad. La aparición unificada de la dirigencia expresa distorsionadamente el peligro de la cuestión obrera, aunque su objetivo es evitar que ese potencial peligro se transforme en realidad.

La alternativa a esta orientación la dejó plasmada la diputada del PTS en FIT, Myriam Bregman junto a los legisladores del Frente de Izquierda, mediante la política de frente único: golpear juntos y marchar separados. Avanzar todo lo posible en el terreno parlamentario para imponer que se traten las leyes que beneficien a los trabajadores (contra el impuesto al salario, por la prohibición de los despidos y suspensiones), a la vez que exigió el fin de la tregua cómplice con la convocatoria a un paro nacional y un plan de lucha y movilización que debe ser discutido democráticamente por todos los trabajadores. La agenda no puede reducirse sólo al justo rechazo al impuesto al salario, sino que debe incluir terminar con los despidos y la precarización laboral. Única manera de evitar que la discusión derive en el mero parlamentarismo.

Mientras el Frente para la Victoria-PJ sufre una derrota política, la dirigencia sindical trata de expresar el fastidio inicial de la clase trabajadora que puede crecer con las nuevas medidas y en el mismo acto se postula para su clásico rol de de siempre: constituirse en el contradictorio hecho bendito del nuevo país burgués.


Fernando Rosso

Periodista. Editor y columnista político en La Izquierda Diario. Colabora en revistas y publicaciones nacionales con artículos sobre la realidad política y social. Conduce el programa radial “El Círculo Rojo” que se emite todos los jueves de 22 a 24 hs. por Radio Con Vos 89.9.

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