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Red Internacional
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Elecciones en Estados Unidos. La apuesta de Trump a la polarización

Con el tradicional grito releccionista de “Four more years!” un auditorio raleado le daba la bienvenida a Donald Trump en el arranque de la convención del partido republicano en Charlotte, Carolina del Norte.

Jueves 27 de agosto de 2020 00:55

Con el tradicional grito releccionista de “Four more years!” un auditorio raleado le daba la bienvenida a Donald Trump en el arranque de la convención del partido republicano en Charlotte, Carolina del Norte. El evento compitió –y quizás perdió- por el rating televisivo con la cobertura de la llegada del huracán Laura y las repercusiones de las movilizaciones anti racistas en Wisconsin, donde un joven afroamericano fue baleado por la espalda por policías y dos manifestantes fueron asesinados por civiles armados.

A pesar de la pandemia, el espectáculo republicano, que estuvo dirigido por antiguos colaboradores de Trump de sus días de conductor de reality show, no fue un producto enlatado de principio al fin. Tampoco hubo discursos grabados en improvisados sets domésticos. Los escenarios se repartieron entre el auditorio con el clásico atril, muchas banderas norteamericanas de fondo y casi nada de público, y la propia Casa Blanca, que fue utilizada sin más por el presidente como un activo de campaña.

El protagonismo excluyente fue de Trump y su familia. Melania Trump fue la voz moderada de la familia. Empatizó con los familiares de los más de 180.000 muertos por coronavirus. Reconoció a su manera que el racismo es un problema y que hay que “revisar” el pasado, y terminó haciendo una defensa desapasionada de su marido, al que como se ha visto públicamente prefiere mantenerlo lejos.

En cada uno de los cuatro días que duró la convención hubo algún Trump que se dedicó a resaltar la figura del actual presidente, transformado en una especie de “superman” del imperialismo norteamericano, hablándole a una audiencia mayormente compuesta por votantes ya convencidos. “Visionario”, “el hombre más rico del mundo”; “el guardián de Estados Unidos” y el “guardaespaldas de la civilización occidental” fueron algunas de las definiciones de los oradores del círculo íntimo político y personal de Trump.

Esto no solo muestra el egocentrismo trumpista, que es un rasgo psicológico y político, sino sobre todo que desde 2016 a esta parte el partido republicano ha completado su transformación en el “partido de Trump”. Como resumió Bill Kristol, neoconservador y militante del frente antitrumpista, “Ya no es el Partido Republicano. Es un culto a Trump”. Por eso no sorprendió a nadie que no participaran figuras tradicionales del Grand Old Party, como George W. Bush (el último expresidente republicano vivo) aunque más no sea por cortesía y para guardar las formas. Y que muchos republicanos que militan en el ala conservadora moderada del centro político hayan decidido directamente hacer campaña por la fórmula demócrata de Joe Biden-Kamala Harris.

Desde el punto de vista político no hubo nada fuera del libreto trumpista. Siguen dominando el discurso fórmulas como America First y MAGA (Make America Great Again) que sintetizan la orientación proteccionista y relativamente aislacionista que expresa Trump. Bajadas a tierra, esas consignas generales se traducen en una brutal campaña anti China, y en una reafirmación unilateral del imperialismo norteamericano, un cóctel de guerras comerciales y sanciones, para conjurar la decadencia hegemónica de Estados Unidos.

El Secretario de Estado, Mike Pompeo, grabó un mensaje desde Jerusalén, donde está en misión diplomática presuntamente discutiendo con Netanyahu una política más agresiva contra Irán. Pompeo reivindicó la política exterior de la administración Trump, en particular la hostilidad hacia China, el retiro del tratado nuclear con Rusia y el asesinato del General Suleimani. Casi en simultáneo, el Secretario de Defensa Mark Esper, publicó en Wall Street Journal un artículo (“The Pentagon Is Prepared for China”) con un tono beligerante, citando la Estrategia de Defensa Nacional de 2018 que elevó a China al rango de principal peligro estratégico para el imperialismo norteamericano, y anunciando la coordinación militar con Australia, Japón y otros países de la región.

En un esquema de círculos concéntricos, los objetivos de la convención fueron en primer lugar consolidar y motivar al núcleo duro de la base electoral de Trump. Y en segundo lugar apuntar a nichos que puedan hacer la diferencia como sectores atrasados de la vieja clase obrera blanca de los “swing states” que no fueron a votar en 2016; y un electorado fundamentalmente femenino y conservador de clase media acomodada de los suburbios (las famosas “Soccer mom”) que en las elecciones de medio término de 2018 se inclinaron por el partido demócrata.

A esos sectores estuvieron dirigidos los discursos.

Donald Jr (el hijo mayor del presidente) planteó que la pandemia del coronavirus fue una “cortesía” del Partido Comunista Chino para arruinar la economía y con ello las perspectivas de un segundo mandato de su padre. Y puso la elección en términos de una disyuntiva entre “iglesia, trabajo y escuela” frente a “disturbios, saqueos y vandalismo”. Su novia, la efusiva expresentadora de Fox News habló contra la “agenda socialista” (sic) de Joe Biden. Mientras que un empresario cubano representante de los gusanos de Florida dijo que Trump está “luchando contra las fuerzas de la anarquía y el comunismo”.

Aunque de lejos, el primer premio se lo disputaron una colección de personajes “freaks”, combatientes de la “guerra cultural” que la extrema derecha se siente llamada a librar en defensa de los valores norteamericanos. Entre ellos se destacaron los adherentes a la teoría conspirativa QAnon (Q- Anónimo) según la cual habría una red de pedófilos formada por liberales, demócratas y funcionarios: entre los sospechosos aparecen Obama y Bill Gates (esta teoría llegó a sectores de los “anticuarentena” en Argentina). También estuvieron los McCloskey, una pareja de fachos de Missouri, que amenazaron armados a manifestantes contra el racismo. Y la nieta de Billy Graham, el pastor icónico de la derecha evangélica que habló contra las baños transgénero. Estos sectores siguen en la línea de Steve Bannon, estratega e ideólogo de la campaña de Trump de 2016 y de la “internacional” populista de extrema derecha (Bolsonaro, Brexit, etc.) detenido por un fraude escandaloso con los fondos para construir el famoso muro en la frontera con México.

Además del núcleo duro, la convención se dirigió especialmente a los cristianos evangélicos, que un 81% votaron por Trump en 2016 y continuaron siendo un apoyo incondicional, con una rabiosa campaña contra el aborto. Y sobre todo a las mujeres conservadoras, desde un particular “feminismo de derecha” promovido por Ivanka Trump (la hija dilecta del presidente) y la primera dama, que plantea el oxímoron de reivindicar el derecho a elegir la opresión de género.

Hasta ahora, promediando distintas encuestas nacionales, Biden le saca una ventaja de 9 puntos, aunque como se sabe la clave para ganar la elección, que es indirecta, no es el voto popular sino la composición del colegio electoral.

La estrategia electoral de Trump es presentarse como la alternativa al “caos” y tratar de evitar que la elección del 3 de noviembre se transforme en un referéndum sobre los últimos meses de su presidencia, dominados por los estragos del coronavirus, la recesión económica y las movilizaciones contra el racismo y la violencia policial.

En el marco de una profunda crisis política, el bipardisimo republicano-demócrata sigue funcionando casi en espejo: los demócratas agitan el fantasma del fascismo para justificar el voto al neoliberal Biden como mal menor contra Trump. Y los republicanos agitan el fantasma del “socialismo” para consolidar a la base conservadora.

Sin embargo, las elecciones que sirvieron como desvío de la rebelión de masas que estalló luego del asesinato de George Floyd pueden a la vez abrir un escenario de crisis. Si Trump llegara a perder por un margen más estrecho que el que prevén las encuestas no se puede descartar que no acepte reconocer el resultado. Las advertencias sobre fraudes y el intento de impedir el voto por correo alimentan este escenario hipotético lo que pondría en cuestión la legitimidad del próximo gobierno nada menos que en la principal potencia imperialista. Y si ganara, un segundo mandato de Trump tendría el potencial de profundizar las tendencias a la radicalización política.

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Claudia Cinatti

Staff de la revista Estrategia Internacional, escribe en la sección Internacional de La Izquierda Diario.