Después de la devaluación anunciada este miércoles, La Izquierda Diario sigue publicando análisis sobre las consecuencias para la clase trabajadora y el pueblo pobre.
Juan Kornblihtt Investigador asistente del CONICET | ICI | UNGS
Emiliano Mussi Becario doctoral del CONICET | UNQ
Viernes 18 de diciembre de 2015
La caída del precio de las mercancías agrarias llevó a una contracción de la renta de la tierra que limita la acumulación de capital en el país y prefigura la necesidad de una depuración de capital sobrante (concentración y centralización de capital) así como una fuerte baja salarial para aumentar la rentabilidad junto con la búsqueda de deuda externa. La suba de la renta en la última década y su apropiación mediada por el Estado por parte de los capitales tanto nacionales como extranjeros y la posibilidad de que una parte de la misma fuese mediada por la expansión del consumo obrero mostró, en apariencia, que el ciclo de expansión de Argentina (y gran parte de América del Sur) era resultado de un nuevo escenario de configuración de fuerzas entre las clases y de una mayor autonomía nacional. Cuando en realidad era al revés. Se podía relajar un poco la tendencia a la baja salarial desde los 70 y establecer menos pleitesías al imperialismo porque la suba de la renta de la tierra así lo permitía. Del mismo modo, el agotamiento de la renta y de la fase de apropiación mediada por el Estado hizo parecer que la caída también era responsabilidad del Estado. Se impuso entonces el cambio hacia una política de mercado acorde a las nuevas necesidades del capital.
Las medidas de Mauricio Macri van en el sentido de generar las condiciones para relanzar la acumulación de capital pero están lejos de haber sido definitivas. Con la quita de retenciones y la devaluación se blanquea la falta de dólares por la contracción de la renta. Esto se va a expresar en una menor capacidad del Estado de recaudar para subsidiar al capital, en el encarecimiento de las importaciones y la remisión de utilidades (aunque dadas las dificultades por el cepo, en realidad un relajamiento en estas dos variables), y sobre todo en una suba del maíz y el trigo en el mercado interno, lo cual tendrá impacto sobre el salario. Frente a la reducción de la renta, el capital tiene una disputa por la apropiación de esa masa reducida de riqueza a la vez que busca otras fuentes de compensación. La deuda externa y la baja salarial aparecen en el escenario. Una medida está vinculada a la otra: para que el ingreso de capital no tome a la Argentina como un país de paso y vuelva a salir debe haber una rentabilidad alta. Si la moneda se sobrevalua otra vez (con el dólar a menos de 14, el peso está todavía sobrevaluado), parte de las ganancias del capital financiero podrá ser apropiarse de renta de la tierra al conseguir dólares baratos a costa de los exportadores que reciben pocos pesos por cada dólar. Pero dada la perspectiva de que continuará cayendo la renta de la tierra por la crisis mundial, la baja salarial es la única fuente garantizada de ganancias. La idea de que se viene una valorización financiera sin mediar la necesidad de la suba de la rentabilidad del capital industrial surge de no ver la unidad entre el capital industrial y el financiero, al asumir como propia la perspectiva del pequeño capital.
Pero los capitales más concentrados del país, nacionales y extranjeros siguen siendo industriales e ineficientes en términos internacionales por lo que la deuda y la compra de la fuerza de trabajo por debajo de su valor actúan como fuente de compensación de esa ineficiencia y no como potenciación. Por eso, a pesar del discurso liberal reinante, las medidas de Macri avanzarán en una apertura parcial de la economía para depurar de capital sobrante de un lado pero del otro para proteger a los capitales más concentrados que requieren de tarifas y de apropiación de renta aunque esta se reduzca. Como señalábamos, lo que se viene junto con la baja salarial es una depuración de capital sobrante con el consecuente desempleo.
Frente a este panorama, puede parecer que la acción común de trabajadores y pequeños capitales pueda ser más potente para enfrentar al nuevo neoliberalismo. Sin embargo, aunque parezcan emparentados, la lucha de los trabajadores contra la baja salarial y la de los pequeños capitales frente al “neoliberalismo” no es la misma.
Es más, se trata de una lucha contradictoria. El pequeño capital es impotente para enfrentar el ajuste ya que la contracción de la renta hace desaparecer la fuente de riqueza que le permitía valorizarse y la deuda tiene por destino principal a los capitales más concentrados. Sólo les queda la baja salarial antes de quebrar. Los obreros, en cambio, en su lucha por frenar la baja salarial pueden no parecer muy potentes -sobre todo si el contexto es de creciente desempleo-, pero el freno a la venta de la fuerza de trabajo por su valor en sí implica un avance superior a cualquier beneficio que consiga el pequeño capital. Es decir, en términos más generales, la clase obrera sí expresa la necesidad de concentrar y centralizar el capital en su máxima potencia, tarea que la burguesía sólo puede realizar en forma parcial y de la mano de una fuerte baja salarial. Una estrategia independiente de la clase obrera debe montarse sobre la lucha por la defensa del salario para discutir un programa de concentración y centralización del capital y de la tierra pero en manos de la clase obrera para que la caída de la renta no sea compensada con baja salarial sino con un proceso de desarrollo de la productividad del trabajo impulsada por ella misma. El primer paso en este sentido es identificar las causas de la crisis para no confundir los aliados.