Hace mucho tiempo que en la Universidad de Burgos (UBU) se palpaba una decadencia y un “modus operandi” basados el enchufismo y/o el favoritismo en favor de amiguetes (lo que sucede tanto en los círculos de derechas como, desgraciadamente, en algunos “espacios” que se autoproclaman de izquierdas).

Eduardo Nabal @eduardonabal
Miércoles 31 de mayo de 2017
La UBU es una de las Universidades con peor fama del Estado, pero mejor blindadas por un sistema de seguridad donde, actualmente, casi nada se renueva. Hace poco escribí un artículo sobre una profesora que tuve la suerte de conocer y que me habló de cómo tras su jubilación y, a pesar de su inmenso trabajo en el área de la lengua y la literatura (en aquellos tiempos la lengua y la literatura significaban algo), pasaría, como han pasado tantos otros, al más absoluto ostracismo, o muerte en vida en la ciudad y en la universidad. Algo característico de provincias y más concreto de provincias donde determinadas instituciones no han dejado filtrar aires “democráticos”. Se dé buena tinta que alumnos/as no dicen nada ante afirmaciones cuasi-delictivas (que incitan al odio contra “minorías” raciales, sexuales etc.) de algunos viejos dinosaurios de la cátedra para poder aprobar y olvidarse del sujeto en cuestión. Que, durante mucho tiempo el Opus, disfrazado o no, circulaba por los despachos; que los encargados de Cultura podían ser perfectamente liberados de Derecho sin conocimientos de cultura, pero con gente que trabaja por ellos y para ellos. Algunos saben, otros no, pero dan la nota moderna y de color.
Es significativo que entre los más sonados “honoris causa” de esta vestusta institución, una institución que ahora se empieza a desmembrar situando las ya diezmadas humanidades en el Hospital Militar y dando prioridad a las asignaturas técnicas y a que puedan estudiar los alumnos con una cuenta corriente más que solvente, se encuentren gente y nombres como los Rouco Varela o Mario Vargas Llosa.
Nada de esto es nuevo ni exclusivo de la Universidad de Burgos, pero el refuerzo en el poder del Partido Popular ha reduplicado su opacidad, la subida de las tasas ha dado libre a las corrientes y cuentas corrientes de derechas y aunque existen jóvenes discrepantes organizados su capacidad representativa es hoy ya mínima. Lo malo es que la esperanza puesta en algunos profesores e investigadores de las nuevas fuerzas políticas- algunas incluso se han valido de la universidad como plataforma para conseguir un puesto de representación- ha sido, hablando en general, bastante decepcionante no tanto por acción como, sobre todo, por omisión. Al no poder con el dinosaurio del Hospital de los Ciegos, sin abandonar su postura crítica, han optado por guardar un silencio cauto y monacal.
El Monasterio sigue en pie y aunque se disfrace de nuevas tecnologías, aulas modernísimas y neoliberalismo reluciente, aunque monte espacios urbanos o lugares tangenciales donde verter sus desechos o maquillar su ranciedad, monasterio se queda. De los tunos de derecho seguirán saliendo los alcaldes de la ciudad.

Eduardo Nabal
Nació en Burgos en 1970. Estudió Biblioteconomía y Documentación en la Universidad de Salamanca. Cinéfilo, periodista y escritor freelance. Es autor de un capítulo sobre el new queer cinema incluido en la recopilación de ensayos “Teoría queer” (Editorial Egales, 2005). Es colaborador de Izquierda Diario.