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Red Internacional
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Política. La despedida de Cristina: entre la calle y el palacio

La Presidenta cerró su gobierno con un acto multitudinario frente a la Casa Rosada. Crónica de una jornada donde no faltaron los relatos, las ironías y la incertidumbre sobre el futuro del kirchnerismo.

Jueves 10 de diciembre de 2015

Por la tarde de ayer y durante dos horas, Cristina Fernández de Kirchner habló públicamente por última vez como Presidenta de la Nación. Fue por partida doble; primero ofició un acto para sus ministros en la Casa Rosada, y luego salió a la Plaza de Mayo para dedicarle unas palabras a los miles de militantes y simpatizantes que colmaron la Plaza.

La convocatoria estaba prevista para las 16 horas, pero algunas columnas empezaron a llegar antes. La polémica por el traspaso del mando y la medida cautelar que determinaba que desde la medianoche Cristina dejaba de ejercer el cargo, iban dándole condimento a la convocatoria.

Apenas después de las 19 horas, cuando arrancaba el primer discurso de Cristina, la plaza estaba casi repleta. La gente que iba llegando completaba una cuadra de Avenida de Mayo y los primeros metros de las diagonales Sur y Norte. Con la capacidad que permite esa superficie, y teniendo en cuenta la gente que fue pasando durante la jornada, es posible que la concurrencia se haya acercado a las 100.000 personas.

Aunque desde temprano se habían acomodado las columnas de La Cámpora (mayoritaria), Unidos y Organizados y de los movimientos ligados al kirchnerismo, la mayor parte de la gente había llegado en pequeños grupos o “suelta”. Como expresión de esa “minoría intensa” que es parte de la militancia kirchnerista, los jóvenes “de 25” eran mayoría. Estos jóvenes, junto a estudiantes y estatales, son parte de los “sectores medios” progresistas que acompañaron a la Presidenta en su último acto de gobierno. Pero también a la plaza llegaron militantes de los barrios de la Capital, que son parte de los movimientos ligados kirchnerismo. Los intendentes del conurbano aportaron poco (Secco, Gray, entre otros), lo mismo que los sindicatos (APL, ATE, UPCN, todos con pequeñas delegaciones).

Cuando después de las 19 se escuchó por primera vez la voz de Cristina, toda esa multitud se concentró en los discursos y aportó lo suyo a lo que consideraba un ritual de despedida.

El palacio

A las 19 h, en el Salón de los Bustos de la Casa de Gobierno, Cristina Fernández descubrió una escultura de su fallecido esposo y ex presidente, Néstor Kirchner, ante la mirada de sus ministros, y otros dirigentes. "Evo Morales, Hugo Chávez, y -siempre digo que parece el tercero de los tres mosqueteros-, el compañero Inácio Lula Da Silva, supieron ver que la historia de América del Sur merecía un camino diferente", dijo Cristina, frente a la mirada del presidente boliviano que acompañaba desde la primera fila. “Hoy la región atraviesa un momento diferente”, agregó, dando cuenta de una realidad. El desgaste, el fracaso y los límites de los “mosqueteros” “posneoliberales” para resolver los grandes problemas del pueblo latinoamericano han ayudado al ascenso de gobiernos y fuerzas de derecha en varios países de la región.

Agradeció a varios de sus funcionarios, como Aníbal Fernández, Oscar Parrilli, Julio De Vido y, particularmente, a Daniel Scioli. Algunos de ellos ya habían sido funcionarios de Duhalde o Menem, quizás extrañen la Casa de Gobierno más que la propia Presidenta.

Afuera, se escuchaban los cánticos de una multitud que esperaba por el último discurso presidencial: "Creo que hay un poco de gente que nos está esperando en la plaza" dijo -con ironía- y cerró sus palabras “de estadista”.

La calle

Algunos se estaban yendo. “Habló corto” comentaban dos amigas, con gusto a poco. Pero si el kirchnerismo algo mostró es que incorporó las puestas en escena a la política moderna. Entonces Cristina apareció en el escenario de la Plaza, cerca de los jóvenes de La Cámpora y el resto de la multitud.

El canto que se había escuchado por momentos en la espera se convirtió en coro que llegaba desde los distintos rincones de la Plaza: “A volver, a volver / vamos a volver”.

Con ese eco de fondo, el discurso de estadista dejaba paso al de polemista e inminente dirigente opositora. Eligió entonces el libreto del asedio de las corporaciones. “Después de estos intensos doce años y medio, con todos los medios de comunicación hegemónicos en contra, con las principales corporaciones económicas y financieras nacionales e internacionales en contra, después de doce años de persecuciones y hostigamiento permanente de lo que yo denomino el Partido Judicial, podemos estar aquí dando cuentas al pueblo”.

Los militantes acompañaron todo el discurso con mucha atención. Aprobando las definiciones de la Presidenta y tomando cada dardo contra los enemigos para tomar la palabra.

“¡Procesado, procesado!”, era el saludo para Macri. O el más duro “Macri, basura / vos sos la dictadura”. ¿Qué pensará el ministro kirchnerista-macrista Lino Barañao?

Cristina aprovechó el clima para cargar tintas sobre el traspaso de mando, tema que ganó la tapa de diarios nacionales e internacionales en los últimos días: "La verdad es que he visto muchas medidas cautelares, contra la ley de medios, contra decretos del Ejecutivo, pero en mi vida pensé que iba haber un presidente cautelar durante doce horas en mi país”. Buscó la complicidad desde la Plaza, y la encontró. Aseguró entonces que le hubiera “encantado hacerlo en el Congreso”, el “máximo órgano federal y popular del país”.

La humorada del discurso (“miren que a las 12 me transformo en calabaza”) no puede esconder lo que hay detrás de la “noche de los bastones cortos”. Como analizó con acidez Fernando Rosso en este diario, “los republicanos exigen que se obsequie a su flamante presidente el poder concentrado en un símbolo monárquico, acompañado por una banda colonial; los populistas claman por la democracia y la república y afirman que los atributos (monárquico y colonial) deben ser entregados en la democrática escribanía, conocida como asamblea legislativa”.

La mística de la Plaza, por más color popular que tenga, termina siendo tributaria del mismo debate ilusorio.

Banderas

En la Plaza sólo flameaban las banderas de las agrupaciones kirchneristas, los barones y los sindicalistas las tienen bien guardadas por ahora. Pero muchos de los que llegaron al acto habían armado sus propios carteles. “Gracias Cristina” decían algunos, “No fue magia” y “Vamos a volver”, otros tantos. Otros hablaban de lo que consideran “banderas” de esta gestión.

Para el final del discurso la mandataria saliente había guardado la enumeración de sus políticas de gobierno, como la creación de nuevas universidades, la Asignación Universal por Hijo, la actualización de las jubilaciones, la compra de YPF y de Aerolíneas Argentinas, y el lanzamiento de los satélites Arsat.

Cuando escucharon “tenemos dos satélites en el espacio” dos chicas se miraron y sonrieron: “¡dos!”.

Ese inventario de su “legado”, con una multitud de fondo, quizá sea su apuesta para la interna abierta dentro del Partido Justicialista. También para su nuevo rol opositor. O quizás sea parte de un relato para terminar pactando nuevamente con los “poderes reales”. Lo veremos pronto.

“Puedo mirar a los ojos a los argentinos”, aseguró y le deseó lo mismo a Mauricio Macri: "Sólo le pido a Dios que dentro de cuatro años quien tiene la responsabilidad de conducir los destinos de la patria pueda decirle a todos los argentinos que también puede mirarlos a los ojos".

Con esas palabras terminaba el último discurso presidencial de Cristina Fernández de Kirchner.

La importante “minoría intensa” se retiraba cantando “vamos a volver” por Avenida de Mayo. En las colas de los colectivos, otros que son mayoría, miraban sin entender. Con la situación económica que deja el gobierno, la devaluación cantada y la inflación “del traspaso”, no tienen mucho para festejar.

El discurso terminó de cerrar un ciclo y abre el balance de estos 12 años. Pero hay una discusión urgente con aquellos que genuinamente quieran enfrentar el ajuste o defender conquistas logradas por su propia lucha. Este debate pasará por las vías para organizar en las calles la resistencia a un ajuste inminente. El Frente de Izquierda ha planteado su programa independiente y sus métodos para encarar esa pelea y apostar a que la crisis no la paguen nuevamente los trabajadores.