El suicidio juvenil supera en número de muertes al covid ¿Cuáles son las causas de nuestra crisis generacional? ¿Quiénes los responsables? Es hora de tomar partido para resolverla.

Pablo Castilla Contracorrent Barcelona - estudiante de Filosofía, Economía y Política en la UPF
Jueves 13 de enero de 2022
Desde hace un tiempo, “estoy mal y no sé por qué” es seguramente una de las frases que más he escuchado hablando con mis amistades. Conversaciones en las que se mezclan los problemas en la universidad, el trabajo, la convivencia en casa, el coronavirus, el estrés y la ansiedad. Existe una sensación de que las cosas no funcionan, pero tampoco se sabe exactamente cuál es problema, los responsables o las soluciones.
La salud mental y más allá de la salud mental
Durante la pandemia, los problemas de la salud mental de la juventud se han disparado. En el año 2020 en el Estado Español murieron más jóvenes (314) por suicidio que por covid (84). Ese es el dato que revelaba recientemente el diario El Mundo para la franja de 0 a 29 años a partir de los datos del Observatorio del Suicido en España y el Instituto Carlos III.
Sin embargo, el suicido es quizás solamente la punta del iceberg. Tras el primer confinamiento, un informe publicado por la OIT señalaba que cerca de la mitad de los jóvenes del planeta sufrían síntomas de ansiedad o depresión. Si profundizamos un poco, vemos que las causas van más allá de la situación generada por la covid. La interrupción de las clases, la pérdida de empleos o la mala convivencia en casa son factores que han aumentado la inseguridad y la preocupación de los y las jóvenes.
Por lo tanto, tratar el problema únicamente como una cuestión sanitaria dejando al margen lo político, lo social y lo económico nos da solamente una fotografía parcial e individualista que nos aleja del problema colectivo. Pensemos en esa joven que trabaja de forma precaria para pagarse una universidad cada vez más elitizada mientras sufre ansiedad y vive con sus padres porque no se puede permitir independizarse, posponiendo una parte importante de un desarrollo vital que ni siquiera tiene un planeta asegurado en el que poder producirse. Es una muestra de las crisis que enfrentamos la juventud.
Así, crecemos siendo una generación con la sensación de vivir en una crisis constante, con los fantasmas de las crisis pasadas (2008), presentes (coronavirus) y futuras (colapso climático) siempre rondando.
La generación de las cinco crisis: educativa, laboral, habitacional, sanitaria y climática
Desde nuestra infancia hemos vivido en medio de una crisis educativa de una u otra manera, sufriendo en primera persona los recortes en primaria y secundaria, tasas carísimas en la universidad, clases online y todo un suma y sigue. Todo ello ha dado lugar a un proceso de elitización de la enseñanza en el que las barreras para los hijos e hijas de la clase trabajadora no son únicamente el coste de la universidad, sino algo mucho más complejo y anterior.
Según un estudio realizado por Bernardi y Cebolla titulado “Clase social de origen y rendimiento escolar como predictores de las trayectorias educativas", los estudiantes de clase trabajadora tienen menos probabilidades de seguir estudiando cuando alcanzan los 16 años que aquellos que provienen de familias de clase alta. Así, la posibilidad de tener refuerzo académico o el tiempo que pueden dedicar los padres a pasar con los niños tienen un efecto compensador que actúa sobre el resto de las circunstancias como las propias aptitudes del estudiante o los recursos de las escuelas e institutos a los que se asiste.
Si llegar a la universidad no es solamente cuestión de notas y tasas, el impacto de la sociedad de clases en la educación no se queda ahí. El peso de las grandes empresas en la universidad ha ido creciendo con distintas reformas como la LOU del PP, el Plan Bolonia y ahora la LOSU de Castells-Subirats. Se trata de un modelo de universidad cada vez más elitizado al servicio de los interés de las multinacionales donde los y las estudiantes no pintamos nada.
A su vez, la sensación es de vivir en una crisis laboral permanente incluso antes de tener que empezar a trabajar. Tras el 2008, una parte de la juventud vio incumplidas las promesas de “estudia y tendrás un buen trabajo”. La otra parte somos quienes ni siquiera tuvimos tiempo a creernos ese cuento y crecimos sobre las ruinas de la precariedad que nos dejaron los gobiernos del PSOE y el PP a base ajustes y reformas laborales que siguen sin derogarse por mucho maquillaje que traten de ponerle. Paro, empleo temporal, prácticas sin cobrar, horas extras no pagadas o subcontratación son la única realidad laboral que conocemos.
Obviamente, con este panorama resulta imposible independizarse, lo que da lugar una crisis habitacional que va más allá de la juventud. Jóvenes que no podemos irnos de casa, familias que se quedan en la calle o que tienen que volver con los padres y abuelos que cobran una mísera pensión, son la contracara de los fondos buitres, los grandes tenedores y los bancos que amasan fortunas especulando con la vivienda. Durante el primer confinamiento vimos hoteles vacíos mientras miles de personas vivían hacinadas en barrios masificados o ni siquiera tenían un techo. De nuevo, dejaron claro que la propiedad privada no se toca.
Llegó el coronavirus y nuestra generación ha quedado definitivamente marcada por la gran crisis sanitaria. Después de años de recortes en la sanidad pública por parte de los gobiernos centrales y autonómicos, el sistema de salud quedó indefenso ante el coronavirus. Desde hace casi dos años estamos atravesando una pandemia mundial en la cual desde el principio se nos dijo que la vacunación sería clave. India y Sudáfrica – lejos de ser anticapitalistas o algo parecido– pidieron la liberación de las patentes. Pero ¿qué tenemos? Patentes bajo llave, nuevas variantes de India y Sudáfrica – casualidad – y las farmacéuticas ganando miles de millones.
Además, tratan de imponernos un falso debate donde elegir entre apoyar las medidas restrictivas del gobierno del PSOE-UP o defender la libertad/negacionismo. Reforzar la sanidad pública a base de impuestos a las grandes fortunas y los beneficios empresariales, así como intervenir la sanidad privada se ve que no son medidas que contemplen ni la extrema derecha ni el gobierno “progresista”.
El círculo se cierra con la crisis climática, precisamente aquella que ha dado lugar a la aparición de la covid por el modelo de industria, agricultura y ganadería capitalista. Desde que íbamos al colegio nos ponían documentales sobre reciclaje u osos polares sufriendo las consecuencias del deshielo. Sin embargo, los mensajes que recibíamos estaban lejos de “las grandes empresas están destruyendo el planeta, tenemos que enfrentarlas”. De hecho, la lógica se parecía más a “recicla o matarás a un oso panda”.
Nuevamente, un enfoque individualista que cuando se aplica a la realidad fracasa en dar respuesta a la crisis climática. Porque solos no podemos salvar el planeta, pero al mismo tiempo nos deja esperando que Jeff Bezos, Elon Musk o Amancio Ortega – los de los cohetes al espacio por diversión y la explotación laboral – hagan algo.
Problemas y responsables: capitalistas, Estados y políticas
Sin duda la marca del capitalismo está presente en todas las crisis mencionadas, pero para encontrar soluciones debemos poner nombres y apellidos a los problemas y sus responsables.
La Ley Castells y la infrafinanciación en educación o las patentes y falta de recursos son hoy algunos de los problemas más visibles de la crisis educativa y sanitaria. Además, la ley de vivienda respetuosa con los grandes tenedores o la reforma laboral que mantiene lo esencial de la del PP y las anteriores, son claves de la crisis habitacional y laboral. Todo ello, sin olvidar que los Fondos Europeos destinados a reconvertir la economía en clave verde, confiando en las empresas que han provocado la emergencia climática y son parte del problema de la crisis climática.
Ahora bien, las políticas no caen del cielo. Los responsables son los partidos y gobiernos que sistemáticamente se han dedicado a proteger los intereses de las grandes fortunas y hacer pagar las crisis a la clase trabajadora y los sectores populares.
De esta forma, tras el 2008 el PP rescató a la banca mientras apretaba a quienes menos tenían. Ahora el gobierno del PSOE y Unidas Podemos ha aplicado la misma receta sufragando ERTEs de empresas millonarias, enviando a miles de personas a trabajar sin medidas de seguridad durante el primer confinamiento y negándose a intervenir la sanidad privada.
¿Quién (no) nos representa?
Distintas (no) alternativas han ido apareciendo para tratar de dar salida al descontento político. En el panorama de la izquierda, la formación morada liderada hasta hace poco por Pablo Iglesias llegaba para cambiarlo todo y ha acabado manteniéndolo todo igual que antes.
Después de que su gobierno reprimiera la huelga de trabajadores en Cádiz, Unidas Podemos con Yolanda Díaz del PCE a la cabeza prepara un ataque más a la clase trabajadora: la “nueva” reforma laboral que asienta todo el legado de precariedad anterior y generaliza los rescates a empresas por medio de los ERTEs. Porque mantener lo esencial de la reforma del PP y hacerlo pasar con el apoyo de UGT-CCOO no es una victoria como nos quieren vender, sino una relegitimación brutal del régimen de precariedad que vivimos. Que no nos engañen.
En este marco, Vox entra en escena para capitalizar el malestar enfrentando a los explotados y oprimidos, ubicándose en la oposición al gobierno. Mientras algunos sectores descontentos de la juventud ven en ellos una opción contra el statu quo, otros rabiamos contra su discurso machista, ltgtbifóbico y – no nos olvidemos – neoliberal, que no es para nada antisistema. Sufrimos el aumento de las agresiones, nos genera repulsión su enaltecimiento a la monarquía y su discurso neoliberal meritocrático del emprendimiento que solo favorece a una panda de niños pijos y sus papás. Sin embargo, cuando buscamos con quién enfrentar a la ultraderecha nos encontramos con un gobierno que sube el presupuesto a la Casa Real, prohíbe el 8-M, reprime las manifestaciones por el asesinato de Samuel y envía tropas a Ceuta y Melilla para expulsar inmigrantes.
En Catalunya, el movimiento democrático por la autodeterminación ha sido liderado por los partidos de la burguesía catalana, anulando toda la fuerza que se generaba en las calles. “Unidad”, “Europa nos mira” y “ni un papel al suelo” fueron la hoja de ruta de un camino que ha demostrado ser un desvío. El problema es que la “unidad” – también apoyada por la CUP – no era con la clase trabajadora capaz de parar y moverlo todo como se ha visto durante la pandemia, sino con los partidos que durante años lideraron las políticas neoliberales en Catalunya. ERC y JxCat nos apalearon tras la sentencia del procés y el encarcelamiento de Hasél, incluso hace poco enviaron policía a la UAB para reprimir una protesta contra la extrema derecha.
Llegada la crisis sanitaria, la Generalitat ha llevado a cabo una gestión de la pandemia calcada a la del gobierno central, aplicando más restricciones sin reforzar el sector público. Ante esta situación, gran parte de la juventud catalana tiene la sensación de que, como en el famoso meme, “emosido engañado”.
Llegados a este punto algo queda claro: ni la extrema derecha es antisistema, ni el gobierno del PSOE-UP defiende a la clase trabajadora, ni los partidos de la burguesía catalana pelean hasta el final por la independencia (no digamos ya por una “república social”). Sin duda, el mejor ejemplo es el proyecto de los Fondos Europeos, aprobado con la abstención de Vox y el compromiso de ERC y JxCat de volver al autonomismo a cambio de millones.
Es hora de que las y los jóvenes tomemos partido
De todo ello la juventud saca lecciones, pero también cuesta encontrar una salida. El escenario apocalíptico que dibuja el horizonte del cambio climático combina a la perfección con el futuro distópico que sagas como “Los Juegos del Hambre”, “El Corredor del Laberinto” o “Divergente” dibujaron para nosotros durante la adolescencia. Nos han hecho creer que la única elección posible es entre capitalismo o fin del mundo con el capitalismo, esperando en el mejor de los casos una revuelta espontanea que nos de la victoria.
El problema es que mientras nos neguemos a preparar la victoria y nos limitemos a esperarla, otros irán preparando la derrota. Otro Podemos u otro "processisme" que apaguen toda la fuerza de las calles ante un nuevo 15-M o el reavivamiento del movimiento democrático catalán, mientras la extrema derecha sigue avanzando sobre el descontento sembrado.
Frente al desencanto con la política la clave no está en huir de ella, sino en tomarla en nuestras manos. Ya en los últimos años hemos visto a la juventud de todo el mundo dar muestras de su rabia y entrar escena, protagonizando fenómenos como el Black Lives Matter en EE. UU, las revueltas de Chile contra los 30 años de neoliberalismo o el auge de los movimientos en lucha contra el cambio climático.
Esta dinámica también se traslada al Estado Español, donde el 68% de los jóvenes encuestados por Playground ven en los movimientos sociales una herramienta capaz de generar grandes cambios políticos. Es hora de tomar partido, tomar nuestro futuro en nuestras propias manos.
Si no encontramos una alternativa, deberemos ayudar a construirla rompiendo con los mitos que nos han traído hasta aquí. Cuando lo imposible dentro del capitalismo es acabar con las crisis, la explotación y la opresión, querer gestionar dentro de “lo posible” supone perpetuar todo lo anterior. En el Estado Español, no hay salida a las crisis que enfrentamos de la mano del gobierno “progresista” que con sus políticas ha seguido asegurándolas. No hay enfrentamiento posible a la extrema derecha junto a quienes han tomado y toman parte de su agenda.
Los y las jóvenes debemos ponernos a la cabeza de construir un reagrupamiento de la izquierda anticapitalista y revolucionaria que vaya más allá de los márgenes del sistema para pelear por una salida para la juventud, las mujeres, las migrantes y el conjunto de la clase trabajadora.
Poner en pie una fuerza política que apueste por organizarse en los centros de trabajo y estudio, desarrollando las fuerzas de la clase trabajadora hasta el final en oposición a quienes pretenden limitarlas.
Que frente a la crisis educativa, pelee por impuestos a las grandes fortunas para aumentar los recursos y la contratación de profesorado. Que luche por tumbar la Ley Castells-Subirats, poniendo sobre la mesa una universidad pública totalmente gratuita gobernada por estudiantes junto al personal docente y no docente para poner el conocimiento al servicio de dar respuesta a los problemas de las mayorías sociales.
Hablamos de una organización que enfrente las reformas laborales, planteando la necesidad del reparto de horas sin reducir el salario para acabar con el problema del paro y la precariedad. Una izquierda que no se trague seguir imponiendo restricciones y asfixiando al personal sanitario, sino que defienda reforzar la sanidad pública con impuestos a los beneficios empresiales, intervenir el sector privado y nacionalizar las farmacéuticas.
Igual que para combatir la pandemia hay que tocar los intereses de los capitalistas, para dar respuesta a la crisis habitacional hace falta expropiar sin indemnización los pisos en manos de los bancos y los grandes tenedores. Todo ello poniendo en el centro la necesidad de una reconversión de la producción bajo control de los y las trabajadoras para garantizar una economía compatible con la vida en el planeta, pues confiar en las empresas que nos han traído hasta aquí no es un opción posible para afrontar la emergencia climática.
Se trata de un planteamiento totalmente opuesto al de quienes se proponen aliarse con alguien que elabora una reforma laboral y reprime a los trabajadores, alaba a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y se reúne con el Papa. Dicho de forma simple: no se puede defender a la clase trabajadora y enfrentar a la extrema derecha de la mano de Yolanda Díaz.
Ni los problemas ni los responsables ni las soluciones son individuales, pero la decisión de construir un partido de este tipo sí lo es. Porque la militancia revolucionaria es la decisión individual con el sentido más colectivo que existe.