La educación es una herramienta ideológica del Estado. Sirve también para reproducir los mandatos patriarcales que se enquistan en la imposición de roles conforme a nuestro género en las escuelas, instituciones sociales y cotidianeidad.
Francisca Daniela Maestra de primaria. Agrupación Magisterial y Normalista Nuestra Clase
Lunes 19 de julio de 2021
Ante la milenaria opresión patriarcal que se expande como cáncer social al interior de nuestras vidas, en el sector educativo (altamente feminizado) se ha abierto la enorme necesidad de cuestionar no sólo los aspectos conductistas, autoritarios y tradicionalistas de las políticas educativas sino también, el orden patriarcal que busca perpetuar la opresión en las nuevas generaciones.
Lo anterior no es menor, sino parte de las situaciones de violencia patriarcal y estructural que vivimos las mujeres desde múltiples planos, dentro y fuera de las aulas, por lo que existe un enorme hartazgo y la necesidad de transgredir los mandatos impuestos por nuestra condición de género.
A partir de eso, entre ciertos sectores de normalistas, pedagogas, académicas y docentes, se viene planteando el fortalecimiento de una pedagogía feminista cuyo objetivo es aportar a la teoría constructivista -desde las teorías feministas- para combatir la racionalidad pedagógica androcéntrica, que implica una crítica al patriarcado para ubicar a las mujeres en un marco de equidad.
De esta manera conciben que la pedagogía feminista puede ser una perspectiva para enfrentar las diversas problemáticas que enfrentamos las mujeres.
Pero ¿es posible que el feminismo sea una salida al flagelo existente, sin una reivindicación anticapitalista?
Al hacer solo una crítica a la opresión social se tiende a invisibilizar la pertenencia de clase que opera de forma intrínseca. La opresión que enfrentamos las mujeres se exacerba por la posición de clase social que ocupamos, es decir, cuando pertenecemos a sectores precarizados y empobrecidos lidiamos con la agudización de la opresión social, cuya expresión nos expone a la desigualdad y las jerarquías, cuestiones fundamentales en un sistema basado en la explotación de la mayoría de la humanidad por un puñado de parásitos capitalistas.
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Es por lo que las marxistas consideramos que la opresión no se puede disociar del contexto político, económico y social en el que se desarrolla, cuestión que también se expresa en la educación. El orden patriarcal mantiene en la actualidad, un matrimonio mal avenido con el capitalismo, como nos plantea en sus elaboraciones la feminista socialista Andrea D’Atri:
Si bien el patriarcado no surge con el capitalismo, la opresión de las mujeres adquiere, bajo este modo de producción, rasgos particulares convirtiendo al patriarcado en un aliado indispensable para la explotación y el mantenimiento del statu quo.
Entonces, podemos retomar como conclusión estratégica que, si el feminismo pretende ser un instrumento que exprese una salida desde las escuelas al carácter patriarcal de enseñanza debemos partir para ello de atacar el corazón de su ideología combatiendo al capitalismo como fuerza que rige la educación actual.
Luchemos con una alternativa radical por nuestra emancipación
Estos últimos 30 años de ofensiva neoliberal, hemos visto en detrimento nuestras condiciones de vida, a partir del exterminio de las conquistas sociales que se ganaron con lucha en épocas anteriores.
En el sector educativo no existen espacios en los que las mujeres podamos plantear nuestras problemáticas al interior de las escuelas, los planes y programas no son acordes a nuestras necesidades, por el contrario, se abrió paso a la injerencia de los preceptos conservadores y oscurantistas impidiendo en los hechos, la impartición de educación sexual integral en todos los niveles educativos para acceder a una sexualidad plena y satisfactoria sin el reduccionismo biologicista de la ideología patriarcal dominante.
De hecho, ese mismo enfoque biologicista que prima en los planes y programas es cuestionado porque se enseña con muchos límites sin construir un aprendizaje significativo con base a las necesidades de la comunidad escolar. Y aún, con lo deficiente que es la actual educación sexual, se enfrenta a propuestas como la del pin parental que cercenan su enseñanza, anulando de esa forma la posibilidad de que las niñas, niños y jóvenes puedan contar con mecanismos para comprender la violencia (el abuso, acoso, etc.), así como contar en su conciencia con métodos para evitar embarazos no deseados y enfermedades de transmisión sexual.
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Al mismo tiempo, en los últimos años se ha ido adoptando en el discurso y en los planes la necesidad de una educación con perspectiva de género que incluye recuperar la impartición de educación sexual. Aunque puede ser un avance frente a la injerencia opositora de los sectores conservadores y de ultraderecha, no están pensados desde una óptica anti patriarcal, ni mucho menos como una herramienta para desarrollar el pensamiento crítico que permita cuestionar los mandatos patriarcales que son funcionales para el sistema actual.
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Otro aspecto que enfrentamos en el sector es que, las docentes madres o quienes decidamos serlo, no contamos con guarderías para que el cuidado de las y los hijos no sea una limitante en nuestro desarrollo integral, ni tampoco podemos elegir escuelas cercanas a nuestros domicilios para evitar largos viajes a los centros de trabajo que nos impiden poder garantizar el cuidado nuestras niños y niños, llevarlos a sus escuelas sin necesidad de contar con apoyo familiar ‒lo que nos genera dependencia‒, así como exponernos a la violencia teniendo que salir de madrugada de nuestros hogares.
Todo esto de la mano de un duro bombardeo ideológico en el sector educativo orquestado por los planes impuestos por organismos como la OCDE y el FMI, exacerbando el individualismo, la competencia, las evaluaciones estandarizadas, la eficiencia y calidad, sin un peso real a los aprendizajes significativos, mientras se intenta avanzar en la privatización de la educación, al mismo tiempo que se invisibiliza el rol de las mujeres, mayoría en este sector.
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Un objetivo del neoliberalismo ha sido imponer en nuestras conciencias la idea de que este sistema capitalista no se puede derrumbar, y que, únicamente, podemos pelear dentro de sus propias instituciones con reformas que nos otorguen ciertas mejoras que, en última instancia, no cambien el sistema de raíz.
Y aunque en efecto, requerimos pelear por los derechos democráticos más elementales que nos han sido negados, éstos deben ser un punto de apoyo para motorizar la lucha de las mujeres para barrer de raíz la opresión y explotación a la que nos condena este sistema patriarcal y capitalista.
Por ello, las feministas socialistas, creemos que debemos ir construyendo una alternativa política que nos permita desterrar la injerencia ideológica del Estado capitalista en la educación, sin que eso implique un detrimento al presupuesto educativo, para que la comunidad escolar defina qué y para qué se enseña en función de sus necesidades.
Pero esto no será posible bajo las condiciones del actual sistema, y mucho menos bajo la ofensiva neoliberal en el terreno educativo que estamos viviendo, cuyos planes no sólo apuestan a degradar los contenidos, sino también a formar enormes ejércitos de reserva para el capital, de mano de obra barata que, no cuestione, ni piense, sino solo acate lo que le es impuesto, siendo funcionales a los modelos empresariales mientras se liquidan las condiciones laborales de las y los trabajadores de la educación.
Por eso, vemos que es indispensable comenzar a organizarnos en comisiones de mujeres en cada escuela, que funjan como organismos democráticos y nos permitan agruparnos para pelear por nuestros derechos.
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Además de unir fuerzas en defensa de la educación pública y gratuita, sin confiar en que únicamente bajo los límites del capitalismo podemos luchar por la emancipación de las mujeres, ni cegarnos a que solo con “más educación” (del tipo feminista) podemos transformar socialmente las condiciones que padecemos, sino, por el contrario, apostándonos como trabajadoras de la educación a fortalecer el desarrollo del movimiento de mujeres desde el trabajo político en las escuelas con nuestras estudiantes y madres de familia, con la más amplia movilización en las calles independiente políticamente del/los gobierno/s y sus instituciones, que nos conduzca hacia un cuestionamiento profundo para luchar por la transformación radical de la sociedad actual.