Trabajar sin cesar durante las navidades es el pan de muchos jóvenes. El caso de los trabajadores de McDonald’s no iba a ser la excepción. Jornadas maratonianas bajo exigencias de rendimiento máximo, imposibilidad de comer, días enteros yendo de casa al trabajo y del trabajo a la cama; el día a día de las cadenas de comida rápida.
Lluis Ros Trabajador de McDonald's
Jueves 7 de enero de 2016
Las cadenas de comida rápida son expertas en trabajo precario. En el caso de McDonald’s que se jacta de ser una empresa “familiar” que cuida a sus empleados, le pide a los trabajadores altos niveles de flexibilidad horaria, con horarios de entrada y salida que casi abarcan las 24 horas del día y los 7 días de la semana (flexibilidad total en el caso de los restaurantes 24h. Esta empresa que dispone de sus locales abiertos los 365 días al año y que emplea a decenas de miles de personas en todo el Estado, es una máquina explotadora que machaca y exprime al máximo a sus trabajadores.
Coger el metro a las cinco o seis de la mañana y/o volver a casa con el bus nocturno es el pan de cada día para nosotros. Jornadas maratonianas bajo exigencias de rendimiento máximo que nos dejan exhaustos y hacen de nuestros días libres, días de recuperación y no de disfrute personal. Los horarios partidos están a la orden del día. Todo ello conlleva que la conciliación vida/trabajo sea prácticamente imposible. En épocas de alto volumen de trabajo te levantas para ir a trabajar, pasas todo el día en el restaurante y vuelves a casa para dormir.
En cuestión de dietas, a los empleados se les permite tener un descanso durante cada jornada laboral, en el que aprovechas para comer. En la práctica la hora a la que te dan el descanso depende de las necesidades de “producción”. Puedes hacer ocho, nueve o diez horas seguidas y que te den el descanso a la media hora de haber empezado a trabajar o, todo lo contrario, en una jornada maratoniana comer a falta de una hora para irte e incluso, no tener ni descanso. Esas son las jornadas más demoledoras, ya que gastas más energía de lo normal al no estar bien alimentado, mientras se te sigue exigiendo que vayas rápido a hacer hamburguesas, freír patatas, atender a los cliente, entre otros; sin tener ni un segundo de descanso durante horas y horas.
En nuestro caso los horarios son semanales –cada semana salen los horarios de la siguiente – y en multitud de ocasiones no sabemos cuál será nuestro turno del siguiente lunes hasta el sábado o, incluso, el domingo anterior. Además, aunque los horarios sean definitivos no es extraño que te vengan al día siguiente con cambios. Cosa que muchas veces te impide hacer planes con seguridad porque te pueden variar los horarios que inicialmente se daban como definitivos. Otro motivo por el cual la conciliación de tu vida personal con este trabajo se hace prácticamente imposible.
Si hablamos de seguridad laboral McDonald’s, la gran empresa familiar, tampoco es ejemplar. A nivel teórico todas las medidas de seguridad están, pero en la práctica lo que cuenta es que vayas rápido; cosa que implica quemaduras - con la plancha y el aceite utilizado para freír patatas o pollo-, caídas debidas a las prisas exigidas –trabajamos sobre un suelo muy resbaladizo– y en ocasiones te ves abocado a llevar a cabo acciones temerarias como trepar por los estantes del almacén sin escalera para coger algún producto– vasos, tapas, etc.
A todo esto tenemos que unirle el estrés que provocan los clientes. Unos clientes que frecuentemente creen que trabajas en un restaurante de comida instantánea llegando a quejarse a gritos e incluso a insultarte y “humillarte” ante tus compañeros y el resto de clientes sólo porque hace un minuto que ha pedido una hamburguesa y aún no dispone de ella, ya que todavía la están elaborando en la cocina.
Durante las Navidades, esas fiestas en las que abundan las comidas y cenas familiares y con los amigos, donde la gente se encuentra con los suyos, los trabajadores de McDonald’s tenemos que pasar las horas metidos en el restaurante haciendo Big Macs, Cheeseburgers y McFlurrys.
No podemos “estar en familia” y sólo esperamos que lleguen esos minutos para descansar y dormir, que se hacen cortos y no calman el dolor de nuestros cuerpos destrozados por la explotación de la precariedad.