En la Benemérita Escuela Nacional de Maestros los estudiantes normalistas nos encontramos muy entusiasmados: la jornada de prácticas está en puerta.
Martes 1ro de noviembre de 2016
Por fin, hoy es el primer día. Desde muy temprano la directora del plantel nos asigna un grupo; yo estaré en quinto año.
Al entrar al aula todas las miradas se centran en mí. “Mira, es el nuevo maestro”, alcanzo a escuchar lo que hablan entre susurros algunos alumnos.
Después de saludar a la maestra titular, me presento con los alumnos. De inmediato, la maestra me hace un lugar en su escritorio, para después explicarme de manera breve algunas características del grupo (principalmente las formas en las que cada uno de los niños trabaja).
Pasados unos minutos, llegó una alumna pidiendo permiso para ingresar al salón. La maestra la cuestiona para saber por qué la demora, ella sólo calla y agacha la cabeza. Poco después de que la alumna se incorporó al grupo, la maestra la reprende porque estaba golpeando a una de sus compañeras y de manera firme la interpela, pero de nuevo no recibe respuesta.
En lo que va del ciclo, la niña ha pisado varias veces la dirección por la misma situación por la que la maestra la regañó esta vez. La maestra me comentó que la alumna vive graves condiciones de violencia por parte de su tutor.
La jornada de observación avanza y en mi cabeza permanece la realidad de esta niña, comienzo a imaginarme ¿cuántas niñas o niños más habrá en esta escuela con una situación similar o peor?, ¿cuántos casos habrá en el país?
A la salida, después de la jornada, me encontré con mis compañeros e intercambiamos sobre cómo vimos a nuestro grupo. Una de mis compañeras cuenta que en sexto grado hay un alumno que no sabe leer y además es objeto de burla del resto de sus compañeros, escenario que lo aísla del resto del grupo porque “no sabe hacer nada”, dicen en su grupo.
Intercambiando con la titular de aquel grupo, la maestra comenta que la madre de aquel niño es trabajadora sexual y que además a su padre recién lo habían asesinado.
La maestra reconoce que ante una situación tan complicada como la del niño, que asista a la escuela ya es un avance.
Para la maestra es difícil trabajar con el niño al mismo ritmo que el resto del grupo. Por más propuestas pedagógicas que existan para la integración de alumnos en estas condiciones, la presión administrativa, la preocupación de ser evaluada y cesada por la nueva reforma, la planificación de sus clases, entre otras obligaciones, ata la mente y brazos de la maestra para apoyarlo.
La realidad es muy diferente a como nos la cuentan los escritos de Díaz Barriga o Sylvia Schmelkes. La realidad a la que se enfrentan nuestros niños es cruel, llena de violencia y carencias. Y son con esas generaciones con quienes nosotros vamos a trabajar, con los hijos de los trabajadores.
La realidad nos rebasa. Con grupos de más de 40 alumnos es imposible atenderlos como se merecen, esto además de las situaciones de riesgo a las que algunos se enfrentan; la violencia, la drogadicción y el trabajo infantil es parte de eso.
No obstante, no nos rendimos, seremos nuevos docentes viendo la realidad a partir de experiencias nuestras o relatos de nuestros compañeros; seremos nuevos docentes dispuestos a luchar por mejorar nuestras condiciones de trabajo y por una mejor educación para nuestros jóvenes alumnos.