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Opinión. La rebeldía no se volvió de derecha

Un giro a la derecha del régimen, una crisis eterna que amenaza con empeorar en plena corrida cambiaria y amenazas de más ajustes, y una casta escandalosa. Un sistema de partidos con líneas de falla respecto de su propia base social. Razones para entender por qué resonó fuerte la voz de Myriam Bregman.

Fernando Scolnik

Fernando Scolnik @FernandoScolnik

Miércoles 4 de octubre de 2023 22:10

Cuando se observa la política solamente a través de los movimientos de su superestructura, el riesgo de equivocarse está siempre ahí nomás, a la vuelta de la esquina. El peligro es, siempre, establecer una correspondencia mecánica entre lo que ocurre en ese terreno de las instituciones y los partidos, y los movimientos en el plano de las ideas y de las relaciones de fuerzas entre las clases.

Algo de eso podría estar ocurriendo en Argentina, por ejemplo, entre la no demostrada identidad entre resultados electorales y aceptación de mayores planes de ajuste, lo cual aún debe pasar por las pruebas de la realidad, cuyos resultados no están escritos de antemano. Allí estuvo la rebelión jujeña hace pocos meses para anticiparlo, o están hoy los conflictos que están avisando que hay algo que no cierra, en momentos en los que se agudiza una corrida cambiaria sobre la base de una inflación ya muy alta y una situación social delicada. Son los anticipos de los nuevos combates que están por venir.

Pero si hubiera que retroceder en el tiempo para elegir una fecha que explique otro de los tantos desfasajes de esta crisis orgánica que está teniendo lugar -el de los roces entre el peronismo y su base electoral progresista-, probablemente habría que retroceder hasta el 2 de julio de 2022, con el objetivo de recapitular una de las bifurcaciones de la historia que explica algunos de los desencantos de muchos con la escena actual. Cuando en el futuro se reescriba la historia del extinto Frente de Todos, posiblemente se encontrará en ese día un punto de inflexión. En aquella ocasión, Cristina Kirchner daba un discurso en Ensenada, sin saber que mientras ella hablaba, el país ya estaba en llamas. Martín Guzmán había renunciado al ministerio de Economía mediante un tuit explosivo.

El cambio que se gestó ese día no fue sólo coyuntural. Las semanas de desorden político y caos económico que se abrieron en ese entonces -aunque se gestaron mucho antes- pusieron al kirchnerismo ante la prueba de contrastar en la realidad la coherencia entre sus dichos y sus hechos. Hasta ese entonces, en el discurso de la corriente política referenciada en la vicepresidenta, los responsables de los malos resultados del Gobierno eran Alberto Fernández y su ministro, Martín Guzmán, a quienes cuestionaban por llevar adelante planes de ajuste. Sin embargo, en esa hora crítica, el kirchnerismo demostró que luego de haber puesto el guiño a la izquierda, giraba a la derecha. La historia es conocida: tras un breve interregno de Silvina Batakis, el peronismo oficialista cerró filas para entronizar a Sergio Massa no solo como superministro de Economía, sino como un presidente de la nación de hecho, dejando a Alberto Fernández en un rol decorativo. Desde ese entonces, el hombre de Tigre goza de un margen de maniobra que envidia su antecesor: cuenta con el apoyo completamente acrítico de Cristina Fernández de Kirchner, a pesar de estar aplicando de forma aún más draconiana los planes de ajuste del FMI.

Las consecuencias de estos realineamientos, como dijimos, van más allá de la coyuntura, y tienen alcances que hacen a la reconfiguración del régimen político, para lo cual recurriremos a una analogía, como siempre, imperfecta. En los últimos años, determinadas corrientes de la Ciencia Política norteamericana han venido empleando el concepto de polarización asimétrica para referirse a una especificidad de su país: un agudizado enfrentamiento entre el Partido Demócrata y el Partido Republicano, con la particularidad de que este último ha girado fuertemente a la derecha (con Donald Trump a la cabeza), sin que eso tenga correspondencia en un giro equivalente hacia la izquierda del primero, que ha permanecido en el centro.

Salvando las distancias, algo de este esquema conceptual puede ser utilizado para pensar la Argentina actual, en la cual el viejo régimen político bicoalicional de la grieta entre macrismo y kirchnerismo está muriendo, para dar lugar a algo nuevo que aún no termina de nacer, y en esa transición ofrece fenómenos aberrantes. La derecha argentina se ha venido radicalizando -con la emergencia de Javier Milei y el triunfo del ala derecha de Juntos por el Cambio en la interna de ese espacio-, mientras que en el peronismo viene perdiendo peso relativo -y abandonando de a poco sus viejas banderas- la centroizquierda kirchnerista, que ha convalidado una candidatura como la de Sergio Massa.

Pero los movimientos de la superestructura, como dijimos, no expresan mecánicamente lo que sucede en la base de la sociedad. No solo por el carácter confuso y contradictorio del fenómeno emergente -Javier Milei- sino también porque en ese giro a derecha el peronismo encuentra fricciones entre representantes y representados: la apelación a votar a Sergio Massa es un hervidero de debates con electores a los que se convoca a sufragar por alguien que no representa los valores que se les habían propuesto desde el discurso durante años: un relato nacional y popular, una mejor distribución del ingreso, una política de derechos humanos o un empoderamiento del movimiento de mujeres. Banderas todas que chocan con quien, hasta hace pocos años, era considerado un traidor. Ya la necesidad de habilitarle la participación en las PASO a Juan Grabois (que ahora llama a votar a Massa) era expresión de las tensiones que crujen en estos movimientos y de la necesidad de intentar administrar gradualmente el giro a la derecha, con vías de escape circunstanciales.

Por si fuera poco, en los últimos días Sergio Massa ha convocado a un Gobierno de unidad nacional no solo a derechistas represores como el gobernador de Jujuy Gerardo Morales, sino incluso hasta a integrantes del PRO o de La libertad avanza de Javier Milei.

Como si esto no fuera suficiente, un escándalo de obscenidad neomenemista explícita, el del lujoso viaje de Martín Insaurralde a Europa, terminó de ser una provocación a todo valor mínimamente progresista: es el contraste entre un 40,1 % de pobreza y en aumento, versus la vida ostentosa de uno de los máximos funcionarios de Axel Kicillof. Todo esto, salpimentado también con las revelaciones sobre el rol del peronismo que le armó las listas a los libertarios en diferentes distritos.

En esas fisuras de un régimen que gira a la derecha, y particularmente en un peronismo que vira hacia un neomenemismo con apoyo kirchnerista sin haber derrotado culturalmente a los sectores de su propia base social que tienen valores progresistas, ha emergido con fuerza la voz de Myriam Bregman. Bastó la posibilidad de un debate con audiencia masiva (chance que no hubo en las PASO) para que comenzara a demostrarse incialmente el alcance que pueden tener las ideas de la izquierda ante la crisis. Una izquierda que algunos recién conocen, pero que muchos otros saben también de su coherencia, sus luchas, sus valores y que siempre estuvo del mismo lado.

Mientras desde las tres candidaturas principales convocan a seguir bajo la bota del FMI en momentos en los cuales se disparan la pobreza, la inflación y nuevas corridas cambiarias que amenazan con un desastre aún mayor, o promueven spots de saqueo de los recursos naturales, su rol en el debate presidencial ha levantado la moral de millones que esperaban que alguien dijera lo que se tenía que decir. Porque contra los promotores full time de la resignación, la gigantesca repercusión de su participación demostró que no es solo el Frente de Izquierda, sino que hay millones de personas que estaban esperando una voz clara, sin especulaciones ni mezquindades, para enfrentar a las derechas y a las políticas de ajuste. Que no se sienten convocados ni convocadas a votar con entusiasmo un camino que nos ha llevado a la situación actual.

En los días que faltan, te volverán a llamar a bajar tus banderas y tus principios en nombre del mal menor, e incluso te querrán hacer creer que en octubre es un balotaje. Pero que no te quieran callar. Votá con convicciones y con rebeldía, porque la batalla recién empieza y los planes de más ajuste, devaluación y reformas estructurales estarán a la orden del día. Levantar con orgullo nuestras banderas es la mejor preparación para lo que está por venir. Un fuerte pronunciamiento político abre el camino a la resistencia que habrá que redoblar, y a una perspectiva para dar vuelta la historia.


Fernando Scolnik

Nacido en Buenos Aires allá por agosto de 1981. Sociólogo - UBA. Militante del Partido de los Trabajadores Socialistas desde 2001.

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