Patricio Leone Lic. en Psicología y docente - Director de Diafos y creador del grupo "Psicólogas y Psicólogos en Argentina"
Martes 30 de septiembre de 2014
Hace muchos años tuve la que yo siento como la sesión más difícil de mi vida profesional.
Cuando el terapeuta se toma vacaciones, puede dejar un reemplazo si evalúa que el paciente está en riesgo o si, simplemente, el paciente lo pide. Por una cuestión ética, el reemplazo no podrá continuar con el paciente aunque este lo solicite.
Una colega, de cuyo nombre no quiero acordarme, me pide que la reemplace con una paciente en el tiempo que duren sus vacaciones.
En la primera sesión, la paciente cuenta su historia.
Mi infancia no fue fácil -comienza-. Vivíamos en una villa, con mi mamá, su pareja y mis hermanos. Mi mamá era prostituta y, cuando se iba, todo el tiempo, nos dejaba con mi padrastro, que violaba a mi hermana mayor, mientras nosotros, desesperados, intentábamos encontrar algo para comer. ¿A usted le gusta el yogur?-me pregunta.
Yo, aturdido por el relato, apenas susurro, mandando a la mismísima mierda la inversión de la demanda, la pregunta y la reputísima madre que lo parió:
–Sí.
–¿Se fija la fecha de vencimiento?- me vuelve a preguntar.
– Habitualmente, sí.
– Y si estuviera vencido, o cerca de la fecha de vencimiento, ¿lo comería?
– Probablemente, no.
– Bueno -continúa -. Nosotros íbamos a una quema que había cerca de la casilla donde vivíamos y, una vez, encontramos un yogur. Para nosotros era un tesoro. El calor era terrible, y ahí estaba. Lo abrimos y lo comimos con mis hermanos, felices.
Mi hermano menor era un bebé y a él también le dimos, viendo cómo se sonreía.
A esa altura, mi garganta era de cartulina y sentía unos terribles deseos de ponerme a llorar y a putear.
Ella siguió, con las lágrimas cayendo, abundantes, pero tranquila:
– A mi hermanito le poníamos trapos que encontrábamos y los atábamos con un piolín. No había plata para pañales... A la noche sentíamos cómo las ratas nos pasaban por el cuerpo, y estaba lleno de cucarachas. Lleno.
Todavía hoy hay noches que creo sentir el contacto de las ratas y de las cucarachas sobre mi cuerpo y me despierto, angustiada. Al tiempo, mi padrastro comenzó a violarme a mí. Pero no me importaba, siempre que pudiera comer. El hambre, eso era lo terrible...
La sesión terminó, nos despedimos con un beso, le puse la mano en su antehombro, apretándolo suavemente, y le pregunté:
–¿Te sentís bien?
– Mucho mejor. ¿Y usted? -me repreguntó, con una media sonrisa.
–También.
Nos vimos tres veces más. Tres durísimas, intensas y fructíferas veces más, hasta que la colega volvió de sus vacaciones y debimos despedirnos.
– Si yo hablo con mi psicóloga y le explico, ¿puedo seguir con usted? - me preguntó.
– No -dije, con dolor y sin convicción-. Lamentablemente, no se puede.
– Gracias por todo -me dijo, bajito-. Sé que me entendió.
No pude hablar. Sencillamente no pude. Le di un abrazo y se fue.
La colega, de cuyo nombre no quiero acordarme, me cuenta, a los pocos días:
– Me dijo "Ella" (vamos a decirle así) que quería seguir con vos. Por supuesto, le dije que de ninguna manera era posible. Se debe haber enamorado. Nunca hizo terapia con un varón.
– No creo -dije-, pero vos sabés de "Ella" más que yo.
En mi fuero íntimo, sabía que esto último no era verdad.
Lo último que supe de "Ella" es que se había recibido de locutora, que se había casado con un hombre que la amaba y respetaba, que había tenido un hijo varón y que quería escribir.
Este texto lo hice pensando que tenía algo que ver con los linchamientos, pero ahora no me acuerdo qué.
Solo sé que tengo las mismas ganas de llorar que aquella vez, y la veo, recorriendo aquella quema, con su hermanito a upa, tan chiquita...