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Red Internacional
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EXPOSICIÓN BARCELONA. Exposición "Las Kellys y las luchas de las mujeres en la Barcelona precaria"

Continúa con éxito la preciosa exposición en la Virreina Centre de la Imatge, comisionada por Las Kellys y la agrupación de mujeres Pan y Rosas, sobre las luchas de las mujeres contra la precariedad femenina.

Cynthia Luz Burgueño Barcelona | @LubCynthia

Viernes 20 de julio de 2018

Foto: @marciansTV3

Reproducimos la presentación de la exposición que viene siendo muy visitada y difundida por los principales medios de difusión, como este programa especial en el canal catalán TV3:

La exposición es online y se puede ver aquí. Fue organizada por Pan y Rosas y Las Kellys:

Presentación: LAS KELLYS. Luchas de las mujeres en la Barcelona precaria

No son invisibles, se ven muy bien. Detrás de la espléndida ciudad de Barcelona, ellas están en los hoteles, en los bares y restaurantes, limpiando, cocinando y atendiendo. En los parques cuidando niños y paseando ancianos, en oficinas, hospitales, escuelas e institutos, barriendo calles, repartiendo correos, conduciendo transportes públicos, en entidades bancarias, tiendas, cajas de supermercados, en las cocinas de los centros de trabajo, fábricas industriales escondidas entre montañas. No son invisibles, se ven muy bien también cuando luchan.

Tras la visualización del espléndido archivo de HAMACA, hemos seleccionado algunas de las obras más significativas que inviten a comprender la relación entre el incremento de la feminización del trabajo y la precariedad laboral.

Actualmente, más del 40 % del empleo global está compuesto por mujeres y en el Estado español la feminización es muy elevada en actividades sanitarias y servicios sociales (77,5% mujeres); en la educación (67,4%); en el sector servicios (66,6%) y en todas aquellas tareas vinculadas al cuidado de las empleadas del hogar (88,6). A su vez, la “brecha” salarial es del 23% y las personas ocupadas a tiempo parcial, el 73,86% son desempeñados por mujeres; es decir, 3 de cada 4 empleos.

Estas cifras actualizadas al 2017 no caen del cielo. Tienen su origen en el modelo laboral del capitalismo español configurado en las décadas del ’80 y ’90 tras diferentes políticas aplicadas por los gobiernos, desde la llamada “reconversión industrial”, hasta privatizaciones de servicios públicos, reformas laborales, EREs, pérdida de decenas de miles de trabajos desviados hacia la contratación y subcontratación de servicios.

Una de las obras seleccionadas que explica muy bien este proceso en ciudades industriales como Mataró y Terrassa es Ficciones Anfibias (María Ruido, 2005). La imagen de los anfibios se utiliza como recurso para mostrar la adaptación de los trabajadores a los cambios en el sistema productivo durante el paso de un sistema de producción fabril centralizado a uno extremadamente flexible, a la externalización de la producción por parte de las grandes corporaciones y a la transformación de una nueva mano de obra que se fue nutriendo con el incremento considerable de inmigración de países del norte de África, Latinoamérica, este europeo y de China.

Flexibilidad, domesticación y precariedad en las nuevas condiciones de trabajo, procesos que para implantarse han tenido que pasar por encima de toda una “tradición obrera” muy teñida de la lucha feminista, debido al peso de un sector industrial muy femenizado como es el textil. De todo eso habla el film y de cómo afecta a las mujeres la doble carga laboral en la fábrica y las tareas del hogar y cuidados. Los empresarios no gestionaron estos cambios de forma pacífica, tuvieron que derrotar importantes huelgas protagonizadas desde mediados de la década del ’70 con el fin de “domesticar las fábricas”. Y así avanzar con las deslocalizaciones, cierres y despidos avanzada ya la crisis de los años 78 y 79 hasta el 84 con grandes pérdida de grandes conquistas y crisis del Estado de Bienestar.

La transformación profunda del trabajo tras nuevas formas de explotación capitalista han impactado, no sólo en la vida cotidiana y la composición social de la clase trabajadora y en particular de las mujeres, sino también en todo un entramado de relaciones sociales, políticas, culturales generando contrastes cercanos y permanentes en las grandes ciudades de Europa.

Un modelo es Barcelona, que como Madrid, Murcia o cualquier otra ciudad turística del Estado español, parece estar dividida en dos. Una, la cosmopolita, resplandeciente, la que ofrece cultura, ocio, barrios pintorescos para visitar, museos, teatros, música, mar y montaña. Otra, la de las mujeres de la clase trabajadora que hacen que todo este armamento turístico funcione, ellas son las que reciben las remuneraciones más bajas por sus trabajos considerados ocupaciones de “categorías elementales”. Barcelona no está dividida en dos. Es una ciudad europea más, regida por las leyes del capitalismo, de las grandes empresas turísticas, constructoras, hosteleras, que necesita de ese ejército de mujeres invisibles a ojos del turista ocupado en sacar fotos a Gaudí o a la Boquería.

Ni igualdad ante la ley, ni igualdad ante la vida para las mujeres precarias

Según el Plan Estratégico de Igualdad de Oportunidades (PEIO) existe un “compromiso del Gobierno del Reino de España con la igualdad efectiva de mujeres y hombres” por el que “el derecho a la igualdad de trato y a la no discriminación y el principio de igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres se consagran en la Constitución de 1978 en los artículos 14 y 9.2, la consideración de la igualdad como valor superior de nuestro ordenamiento jurídico”. Sin embargo, como vimos las estadísticas muestran que esta “igualdad” ante la ley, no significa igualdad ante la vida para la mayoría de las mujeres, las trabajadoras, pobres, jóvenes, sean nativas o inmigrantes.

Precariedad en femenino. Se hace difícil salir a las calles o hacer huelga, colectivizar el sentimiento de explotación y opresión ante tanta fragmentación y división de la clase trabajadora. Y sentirse parte de un todo, cuando no se puede siquiera conocer a la camarera de hotel que limpia la habitación de al lado, porque tiene sólo 15 minutos para dejarla impoluta y ya no hay tiempo para comer si lo que se pretende es lo que debería ser normal o un “derecho”: salir al horario establecido, porque las “extras” no las pagan.

Duele el cuerpo de tanto limpiar como en una cadena de montaje donde las máquinas son las manos y las espaldas. Pero no hay “derecho” a que se reconozcan esos males del cuerpo como enfermedades laborales, porque vienen tal vez de “algún mal extraño”. No queda otra entonces que vivir dopada con veinte pastillas al día. Y así no hay ni derechos básicos, ni artículo de la Constitución de igualdad ante la ley, que explique por qué no hay igualdad ante la vida.

Del hogar al trabajo. La lucha contra la precariedad para no “volver al hogar”

La feminización del trabajo es, entre otras cuestiones, el resultado de décadas de lucha de las mujeres por pertenecer al mercado laboral. Salir del hogar al trabajo implicaba cuestionar el modelo de mujer dominante de finales del siglo XIX y comienzos del XX, tan conocido como “ángel del hogar” o “perfecta casada”. Era poner en jaque a todo el discurso de la domesticidad tan difundido en el famoso folleto de 1886 de la colección “Biblioteca para Señoritas” que describía las obligaciones de las mujeres en el hogar, tanto en el gobierno de la economía como en el rol moral de las mujeres.

Una ideología que se iba perfeccionando con nuevos argumentos, como los del famoso doctor endocrinólogo, Gregorio Marañón, quien en 1920 alcanzó un consenso notable en la sociedad española tras su teoría de la diferenciación y el carácter complementario de los sexos. Sostenía que las mujeres no eran inferiores, aunque sí eran diferentes en sus rasgos psicológicos y biológicos: la razón, la lógica, la reflexión, la capacidad analítica e intelectual y la creatividad eran características biológicas del hombre. La sensibilidad, sentimentalidad, afectividad, intuición, pasividad y abnegación eran de la mujer. Una distinción utilizada para reforzar el rol de domesticidad, como mujeres y madres (Mary Nash, Rojas).

Actualmente el rol de domesticidad continúa impregnado en los poros de la feminización del trabajo precario. El cuidado de menores, mayores dependientes, personas enfermas o con discapacidad es señalado como causa de los contratos parciales para un 12,98% de mujeres (268,2 mil) y un 1,78% de hombres (13,6 mil). Ellas, 7 veces más. Y otras obligaciones familiares es la razón principal para un 6,31% de mujeres (130,9 mil) y un 1,55% de hombres (11,4 mil). Ellas, 4 veces más.

Pero hay otros datos que muestran que las mujeres vuelven obligadamente al hogar. En la tasa de paro las mujeres también están sobrerrepresentadas: existen cerca de 2 millones de desempleadas. Las tasas de paro son: 16,65% hombres y 18,35% mujeres. Otras “brechas” son la de la actividad laboral, donde se identifica que existen más de un millón y medio de mujeres menos incorporadas a la actividad (esta barrera se refleja en la brecha porcentual de género, de 11,24 puntos); y como desempleadas, 1 de cada 2 mujeres llevan más de 1 año buscando empleo (el 51,27% del total de paradas) y respecto a 2007 este porcentaje se ha multiplicado por 5 el número de mujeres que llevan más de 2 años buscando empleo (143,5 mil en 2007 y 707 mil en 2017)”.

La lucha contra todas estas brechas y contra la precariedad laboral, es una lucha contra el retorno de las mujeres al hogar, en condiciones de vida igualmente precarias. Es decir, no existe el tiempo libre para el ocio o las necesidades de las mujeres, sino para ejercer las tareas de reproducción: cuidar de ancianos, de niños o personas dependientes, en un ámbito privado.

Las Encuestas de Empleo del Tiempo deducen que las mujeres dedican menos tiempo que los hombres a todas las categorías de actividades, con la única excepción de aquellas que tienen que ver con el cuidado del hogar y de la familia. Las mujeres, en su conjunto, realicen o no otra actividad, dedican diariamente a tareas vinculadas con el hogar y la familia una media de 4 horas y 7 minutos, mientras que los hombres destinan 1 hora y 54 minutos. Las mujeres disponen, por el contrario, de casi una hora menos de tiempo libre al día que los hombres.

Otro de los films seleccionados es El Concurso de la Gran Felicidad (esto pasa mucho) (Estíbaliz Sadaba, 1999) de casi dos minutos pero que nos traslada a esa eterna y tan elemental lucha de las mujeres “por trabajar”. La escena se da entre voces de una conversación cotidiana de una pareja, en la que la mujer debe explicar por qué desea trabajar y no quedar atrapada en las tareas de reproducción. Precariedad, salario y trabajo doméstico (gratuito), son las palabras que cruzan el trasfondo de una obra corta pero profunda y contundente sobre el discurso de la domesticidad.

Batallas de género, batallas de clase

No son invisibles, también las vemos protagonizando verdaderas rebeliones en la “otra” Barcelona: la de la precariedad femenina con la que se sostiene el modelo turístico de una espléndida ciudad que las trabajadoras no pueden disfrutar.

Explícitamente o no, las mujeres trabajadoras precarias, inmigrantes, jóvenes, vienen desafiando al modelo laboral del capitalismo español configurado en los ’90. Aquello que Las Kellys, las camareras de hoteles autoorganizadas, llaman o sufren como “externalizaciones”, que fueron rebajando las condiciones laborales, precarizando los trabajos y las vidas de millones.

Precariedad en femenino. No es individual, es colectiva. Con nueva estructuración del mercado laboral capitalista, aparecieron las teorías “pos” de que las viejas y tradicionales formas de lucha murieron, igual que las ideologías (menos las del capitalismo). Queda sólo la lucha individual y cultural como opción, decían.

Pero el capitalismo vuelve a lo “viejo y tradicional” bajo otras formas de explotación y más explotación, sustracción de plusvalía, opresión patriarcal. Y las mujeres de la clase trabajadora vienen demostrando que se puede romper con la fragmentación y el individualismo, que se pueden organizar para emprender luchas colectivas, junto a toda la clase trabajadora. Junto a otros colectivos sociales. Hacer huelgas, cajas de resistencia, comisiones de apoyo, volver a lo “viejo y tradicional” porque tienen que luchar como lo hicieron sus bisabuelas, por “igual trabajo, igual salario”, e incluso porque las dejen trabajar.

En esta exposición quiere reflejar estas experiencias. Porque el terreno de batalla de la lucha de género, es un terreno en la lucha de clases, para desde ahí recuperar y conquistar los derechos perdidos y por ganar de todas las mujeres.