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Opinión. Las calles, territorio de lucha estratégica contra la desigualdad

La pandemia no dejó solo perdedores. Hubo ganadores y en grande. Guzmán y su teoría del “derrame” de la mano del FMI. El kirchnerismo y un discurso distribucionista sin efectos concretos. La pelea por reducir la jornada laboral: 6 horas, 5 días, una bandera de lucha para unir ocupados y desocupados.

Eduardo Castilla

Eduardo Castilla X: @castillaeduardo

Viernes 13 de mayo de 2022 20:07

Andando atrás en el tiempo, pero mirando al futuro, Marshall Berman afirmaba que el El Capital de Marx era un libro siempre abierto, en permanente reescritura. La desigualdad, tema nodal de nuestros tiempos, nos recuerda a cada momento las páginas de ese gran libro y su permanente actualidad. Resonando desde el pasado, llega aquella tajante definición de que “la acumulación de riqueza en un polo es al propio tiempo acumulación de miseria, tormentos de trabajo, esclavitud, ignorancia, embrutecimiento y degradación moral en el polo opuesto, esto es, donde se halla la clase que produce su propio producto como capital”.

Marx sigue teniendo razón. Confirmados por los voceros del gran capital, los datos son elocuentes. Según la revista Forbes la riqueza combinada de todos los multimillonarios estadounidenses creció un 70 % entre marzo de 2020 y octubre de 2021. Pasó de cerca de USD 2.947 billones a USD 5.019 billones. Los cinco millonarios más importantes (Jeff Bezos, Bill Gates, Mark Zuckerberg, Larry Page y Elon Musk) aumentaron su riqueza en un 123 %, pasando de poseer USD 349.000 millones a USD 779.000 millones.

El impacto de las cifras se agiganta comparado con la creciente pauperización global. El Banco Mundial -a quien nadie asociaría con el Frente de Izquierda- señaló que la pobreza ascendió casi 100 millones de personas en 2020. Otro cálculo -más cercano en el tiempo y analizando las consecuencias de la guerra de Ucrania- revela que en 2022 habrá entre 657 millones y 676 millones de personas en la pobreza extrema. Un número aún más violento lo marca la ONG Oxfam, que habla de 260 nuevos millones de pobres para el corriente año.

El Capital sigue hablando. Sus voces siguen sonando en nuestros oídos.

Desigualdad de cabotaje

Un informe del Centro de Economía Política Argentina (CEPA) revela el lado argentino de esa desigualdad. Analizando la situación de 16 grandes grupos corporativos, el documento Los ricos de la Argentina: estructura corporativa y riqueza en Argentina desnuda la obscenidad de los negocios capitalistas.

Entre febrero de 2020 y septiembre de 2021, la fortuna de la familia Rocca pasó de USD 12.209 millones a USD 16.632 millones; la de Luis Pagani (Arcor) de USD 4.995 millones a USD 5.719 millones; la de Federico Braun (La Anónima) de USD 410 millones a USD 430 millones; la de Magnetto-Noble (Clarín) de USD 386 millones a USD 517 millones; la de Blaquier (Ingenio Ledesma) de USD 120 millones a USD 232 millones. El listado incluye a otros varios multimillonarios como Bulgheroni, Eurnekian, Coto, Madanes Quintanilla y Brito. Los montos también son, groso modo, ruidosamente altos.

Los números son una piña en la nariz (en pleno invierno) si se cotejan con el salario de millones de trabajadores y trabajadoras. Más dolorosos aun si la comparación es con el monto del Potenciar Trabajo, hoy en el centro de los debates públicos. Ese valor se ubica en menos de $ 20.000 mensuales.

De narrativas fallidas

Los datos -apenas una muestra- desmienten a Martín Guzmán y Alberto Fernández. El discurso de ministro y presidente ubican a la herencia macrista y a la pandemia como los factores causantes de la crisis social. El covid aparece como responsable, entre otras cosas, de haber frenado una recuperación del salario en curso desde diciembre de 2019.

Sin embargo, la pandemia agigantó aún más la desigualdad social. No hubo pérdidas generales para la sociedad, sino una ciclópea acumulación de riqueza en un polo de la sociedad, mientras se empobrecía la gran mayoría. Un proceso que está lejos de terminar y que, en el caso argentino, se patentiza en el marco de la relativa e inestable recuperación a la que asiste el país. Condicionada por el acuerdo con el FMI y un proceso inflacionario ascendente, el crecimiento vuelve a dispersarse en función de las ubicaciones de clase mientras deja intactos los problemas estructurales del país.

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Las cifras también desmienten a la otra ala del Frente de Todos, la encabezada por Cristina Kirchner. La vicepresidenta viene ensayando un discurso en el que valora el rol del Estado frente a la pandemia, como regulador del mercado. Pero la acción estatal no contuvo ni amortiguó el crecimiento de la desigualdad global. La contención social ensayada hacia las grandes mayorías se hizo en el marco de sostener los privilegios de una ínfima minoría.

En pandemia, el Estado capitalista volvió a revelarse como lo definió Marx: como una maquinaria de dominación política clasista que sirve a los intereses de la clase dominante.

En la reivindicación, CFK incurre en una tergiversación, presentando a China como “modelo” de regulación estatal al mercado. Pero el verdadero éxito chino fue convertirse en reservorio de mano de obra barata para el gran capital imperialista por décadas. Que esa labor se haya llevado a cabo bajo la dirección del totalitario PCCh habla de las enormes contradicciones que asolan aquella nación. Quien quiera profundizar en las contradicciones de ese gigante, puede hacerlo desde las múltiples notas que hemos publicado en Ideas de Izquierda, firmadas por Esteban Mercatante y Juan Chingo, entre otros.

De programas impotentes

Inmortalizando por el escritor Herman Melville, el escribiente Bartleby repetía cancinamente “preferiría no hacerlo” ante cada requerimiento. A su manera, complejizando lenguaje, el escribiente Guzmán repite las palabras “consistencias” e “inconsistencias” ante cada consulta periodística. En ese lenguaje, un programa “consistente” equivale en esencia a cumplir los acuerdos de ajuste pautados con el FMI.

El ministro predica una suerte de teoría del derrame propia, donde lo esencial es crear las condiciones para que las empresas crezcan, contraten y, posteriormente, ofrezcan aumentos de sueldo. El Estado sería el garante de las mismas. La primera -reclamada por liberales y empresarios- la reducción del déficit fiscal en función de los pagos de la deuda pública. El plan de Guzmán, para las mayorías populares, supone una espera paciente mientras se “crean condiciones”. El hambre debe reprimirse hasta que empiecen a “derramar” las ganancias.

Del otro lado de la grieta interna del Frente de Todos, el kirchnerismo ofrece un relato “distribucionista”. Atacando el ministro de Economía, monta una batalla discursiva que habla de atender de inmediato problemas urgentes. Sin embargo, cuando se desciende al terreno de las propuestas, estas aparecen como absolutamente moderadas. Ejemplifiquemos de manera breve.

La iniciativa de adelantar el aumento completo del Salario Mínimo Vital y Móvil (SMVM) no altera la pérdida de poder adquisitivo frente a la constante inflación. Ese ingreso, como lo graficó el investigador Luis Campos, perdió en el 1° trimestre de 2022 lo que había recuperado en 2021.

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Por otro lado, les legisladores de Patria Grande -integrantes del bloque oficialista- presentaron esta semana un proyecto de Ley para la implementación de un Salario Básico Universal (SBU). El mismo propone un ingreso que alcance a desocupados, informales y otros sectores. El monto es el equivalente a una Canasta Básica Alimentaria por adulto equivalente según el Indec, hoy valuada en $12.900, una cifra ínfima.

El correcto diagnóstico tanto sobre la crisis social como sobre la fragmentación del mercado laboral no busca revertir esa situación. Por el contrario, la naturaliza. El monto planteado es casi siete veces menor al de la Canasta Familiar definida por el mismo Indec, hoy en casi $ 90.000. El SBU propuesto, lejos de alentar una tendencia que haga avanzar seriamente el poder adquisitivo de las grandes mayorías, se presenta como un reducido paliativo, que solo puede degradarse ante una inflación constante.

La impotencia de ambos programas tiene raíz común. Más allá de los cruces y las referencias irónicas, ambas alas del Frente de Todos comparten la subordinación frente al FMI. Las tensiones parciales que puedan existir, no desafían un esquema que está ordenado en interés del organismo de crédito y el gran capital.

Ese objetivo común tiene otro ejemplo en el recientemente aprobado Fondo para pagarle al Fondo. Presentado como una suerte de "patriada" destinada a perseguir evasores es, en realidad, un mecanismo de recaudación para seguir entregando la riqueza nacional.

Trabajar todos y todas: un programa frente a una crisis social aguda

Este jueves decenas de miles de personas se movilizaron en la Ciudad de Buenos Aires. La Marcha Federal convocada por las organizaciones piqueteras marcó la agenda política. Apoyada en las calles por el sindicalismo combativo, el Frente de Izquierda y otros sectores, logró un fuerte impacto. No resulta casual que, horas más tarde, la anquilosada burocracia de la CGT decidiera hablar de la eventualidad de un paro nacional. Ocurrió, agreguemos, el mismo día que se conoció el dato de la inflación, marcado por otra suba durísima de precios. Que la medida se convoque es algo que solo el futuro dirá.

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La movilización volvió a escenificar el debate sobre el empleo. Refutando la estigmatización de la derecha política y mediática, las organizaciones convocantes plantearon la pelea por trabajo genuino desde el escenario y ante cada micrófono. En ese contexto, llevada por el Movimiento de Agrupaciones Clasista-PTS, una bandera planteaba la pelea por reducir la jornada laboral a 6 horas, 5 días a la semana, en el camino de lograr el trabajo para todos y todas. Aplicada solo en 12.000 grandes empresas, hoy podría garantizar 1.000.000 más de puestos de trabajo, garantizando un salario equivalente, como mínimo, a la Canasta Familiar.

No se puede enfrentar la desigualdad sin afectar las ganancias e intereses del gran capital, ese que ganó con Macri y siguió ganando en tiempos de pandemia. Toda salida que eluda atacar al gran poder económico está condenada a la impotencia y esterilidad.

Esa consigna puede convertirse en una bandera de lucha para unir la fuerza de ocupados y desocupados. En cemento de una fuerza material que, atacando los intereses del capital, empiece a dar soluciones profundas a las necesidades de las mayorías populares.

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Si evocamos las voces de El Capital ¿Qué nos impide evocar las del Manifiesto Comunista? ¿Qué nos impide preguntarnos, junto a los jóvenes Marx y Engels, por los caminos de lucha por la transformación revolucionaria de un orden decadente? La decadencia capitalista -con sus lastres de desigualdad, miseria, guerras y destrucción ambiental- es, a la vez, razón para la vigencia de una pelea estratégica por una nueva sociedad socialista. Construida desde abajo, democráticamente, por las manos y los cerebros de millones de trabajadoras y trabajadores.


Eduardo Castilla

Nació en Alta Gracia, Córdoba, en 1976. Veinte años después se sumó a las filas del Partido de Trabajadores Socialistas, donde sigue acumulando millas desde ese entonces. Es periodista y desde 2015 reside en la Ciudad de Buenos Aires, donde hace las veces de editor general de La Izquierda Diario.

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