Ayer Cristina le dedicó un lugarcito de su cadena nacional a los jóvenes argentinos. Particularmente a ese 25% que vive en las ciudades y no estudia ni trabaja. Los llamados “ni-ni”.
Miércoles 16 de septiembre de 2015
Con tono grandilocuente la presidenta informó que enviará al Congreso el proyecto de ley de Promoción de las Juventudes, que abarcará a quienes tienen entre 17 y 29 años. Esto comprende la movilidad para los subsidios del plan Progresar, creado hace poco más de un año con el fin de que los jóvenes de entre 18 y 24 años que hayan dejado los estudios puedan retomarlos con una “ayuda” que actualmente ronda los 900 pesos mensuales.
A su vez, anunció que se la subsecretaría de la Juventud ascenderá al rango de Secretaría, y que se creará la Defensoría del Joven, aunque no brindó mayores detalles sobre sus funciones.
Hace ya más de un año que el plan Progresar está vigente. Para obtenerlo, no alcanza con ser uno más del millón y medio de jóvenes “ni-ni”, ni con tener más de 18 pero menos de 24 años. También es necesario tener una familia en igualdad de condiciones; es decir, sin trabajo o con trabajo precario, y cobrando menos del salario mínimo.
Poco tiempo antes de decretarse el Progresar, la policía del gatillo fácil se amotinaba y recibía un aumento de $8.500 por parte del Gobierno. Poco después, los diputados anunciaban que se subían su sueldo a $50.000. Otra vez los que reparten llevándose la mejor parte.
Por otro lado en 2015 se le dio a la ex SIDE 800 millones de pesos, un 16.22% más que en 2014. Y el Ministerio de Defensa tiene una asignación en 2015 de 836 millones. En total el Presupuesto Nacional 2015 destina 2.410 millones para el financiamiento de tareas de inteligencia. Tanto presupuesto para “inteligencia” que podría invertirse en la educación pública y de calidad para todos los jóvenes.
La creación del plan Progresar sinceró una situación de extrema vulnerabilidad que sigue muy lejos de paliarse con los actuales 900 pesos. A un año de implementada, la tasa de desempleo entre la juventud duplica la del resto de la población, y en el caso de las mujeres el número asciende a un 37% más en comparación con los hombres.
Más de un jóven se habrá quedado pensando en los alcances del anuncio. Alguno habrá fantaseado con la idea de cambiar algo de ese dinero por los “días de estudio” que necesita para rendir, pero de los que carece -pese a ser ley- al trabajar en negro.
A otro, más lerdo con la matemática, se le habrá ocurrido la idea de abandonar la peregrinación matutina que lo tiene todos los días viendo la salida del sol en una agencia, para ver morir su curriculum junto a otros en una inmensa pila y esperar la “suerte” del empleo temporario con horario rotativo. Esa peregrinación que sumerge en el cansancio y se lleva cualquier deseo de estudiar.
Otro pibe habrá escuchado eso de la “Defensoría del Jóven”, y habrá fantaseado con la idea de que le dejen una puertita abierta, para esconderse de la policía en su maldita rutina de perseguirlo a los tiros por el barrio.
Nunca menos
La miseria viene en formato de paliativo, y ahora se apresta para mutar de decreto en ley. Cambiar algo para que nada cambie. Tirar un hueso.
Será tarea de la juventud, en su justificado hartazgo y clásica irreverencia, organizarse y sacarse de encima a los que exprimen sus energías. Y trocar los 900 pesos, por todos aquellos que deberían ser sus derechos: la beca, la vianda y el boleto educativo; la jornada reducida de trabajo para poder estudiar, con sueldo mínimo acorde a la canasta familiar; la derogación de las vigentes leyes menemistas que permiten pasantías sin remuneración y mano de obra barata para empresas, por fuera del convenio colectivo de trabajo; el derecho al aborto para las mujeres; la legalización de las drogas y el fin de la persecusión policial; La no discrimnación de la juventud inmigrante, con plenos derechos laborales, sociales y políticos. Una serie de condiciones innegociables y necesarias para que la juventud viva como tal.
Ni el oficialismo ni la oposición tradicional pretenden tener una política para acabar con la miseria de lo posible en la juventud. Daniel Scioli llenó la provincia de Buenos Aires de policía, Sergio Massa invadió el conurbano con cámaras y Mauricio Macri es el artífice de una de las fuerzas de seguridad más cuestionadas, la Metropolitana.