En la introducción a la “Filosofía de la historia”, Hegel exponía las maneras de abordar la historia con el fin de indicar con precisión la posición que ocupa su propio pensamiento. Además de la “simple historia”, que trabaja con lo actual, cuando los autores “transforman las acciones, acontecimientos y situaciones de su tiempo en un producto conceptual”, existiría otro modo más, ajeno al pensamiento hegeliano: la historia reflexiva, en la cual “la exposición está más allá del presente, no en relación al tiempo sino respecto al espíritu”, fórmula que básicamente significa que el material conceptual derivado de la experiencia histórica es utilizado por el sujeto como objeto de una elaboración relativamente extraña al proceso histórico mismo. Ambas nociones se alejarían de la visión hegeliana, según la cual, “en la historia universal, todo ha ocurrido según la razón.”

Juan Valenzuela Profesor de filosofía. PTR.
Viernes 5 de junio de 2015
Resulta interesante que el pensador prusiano incluya bajo la noción de “historia reflexiva”, algo que denomina “historia pragmática”. En su crítica a este tipo de historia, Hegel deja entrever lo alejado que se sitúa de una concepción de historia en la que lo estratégico cumpla un rol en su devenir. ¿De qué modo? Analicemos un pasaje del texto:
“Los sucesos son dispares, pero por lo general y el fondo, el nexo interior, es uno. Esto elimina el pasado y hace actual el acontecimiento. Las reflexiones pragmáticas en tanto son abstractas son también, en realidad, lo actual, y vivifican los relatos del pasado para el tiempo presente. La cuestión de si tales reflexiones son verdaderamente interesantes y vivificadoras dependerá del genio propio del escritor. Hay que hacer aquí mención, de un modo especial, de las reflexiones y de las lecciones morales que recibimos de la historia, en vista de las cuales ésta ha sido a menudo confeccionada. Aun cuando hemos de reconocer que los ejemplos de lo bueno elevan el corazón y deberían ser utilizados en la educación moral de los niños, sin embargo los destinos de los pueblos y Estados, sus intereses, situaciones y realizaciones son ya cosa distinta. Se hace referencia a gobernantes, políticos y países principalmente como medio de enseñanza aprovechando la experiencia de la historia. Pero lo que la experiencia y la historia enseñan es que los pueblos y los gobiernos jamás han aprendido algo de la historia ni han actuado según las lecciones que hubieran tenido que sacarse de ella. Cada época se halla en unas circunstancias tan peculiares, constituye una situación tan individual, que en ésta sólo debe y puede decidirse contando con ella misma. En la aglomeración de los mundanos sucesos de nada vale un principio general, de poco sirve el recuerdo de otras parecidas circunstancias, ya que una pálida remembranza carece de toda fuerza contra la viveza y la espontaneidad del momento” [1]
A partir de este pasaje, podemos establecer un contrapunto en varios aspectos con la concepción marxista de la historia. En primer lugar, en relación al “nexo interno”, que para Hegel es uno y que permite hacer actual el pasado. Para él, este nexo es la Razón, que es sustancia, infinito poder, materia y forma de la historia. En Marx, este nexo es un producto histórico: la mundialización efectiva del capitalismo que le da un soporte a la universalidad de la historia: de ese modo el pasado de pueblos alejados geográfica y culturalmente son concebidos como el pasado común de una misma humanidad.
Por otro lado, las categorías que expresan las condiciones y la comprensión de la organización de la sociedad burguesa “permiten al mismo tiempo comprender la organización y las relaciones de producción de todas las formas de sociedad pasadas, sobre cuyas ruinas y elementos fue edificada y cuyos vestigios, aún no superados, continúa arrastrando, a la vez que meros indicios previos han desarrollado en ella su significación plena, etc. La anatomía del hombre es una clave para entender la anatomía del mono” [2]. En otros términos: el modo de producción capitalista no sólo suprime modos de producción previos: existen vestigios no superados del pasado en el presente e indicios del pasado que en el presente se han desarrollado. Eso configura una continudad que posibilita que categorías que expresan relaciones sociales capitalistas (por ejemplo: valor, plusvalor, mercancía, dinero), sean útiles para comprender modos de producción precapitalistas.
Es cierto que ambos pensadores ven en este sentido, la historia como un proceso unitario. Pero, muy distinto es ver el soporte de esa unidad en una Razón, que nadie sabe bien dónde reside, que verla en el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción.
Ahora bien, es posible marcar otra diferencia. En el pasaje citado, Hegel, remite la obtención de lecciones de conducta a partir del pasado, al ámbito de las lecciones morales para los niños. Pero, si hablamos de asuntos más serios, como los destinos de pueblos y Estados, sus intereses, situaciones y realizaciones; entonces -según lo que señala Hegel en el pasaje- no podemos obtener lecciones útiles en el presente. La peculiaridad de cada circunstancia, impide que las decisiones presentes se apoyen en experiencias pasadas en cuanto entran en juego “grandes intereses” como los que se juegan en los ámbitos señalados.
Hegel menciona como ejemplo de esta historia pragmática a historiadores poco conocidos en nuestra época, pero ¿cómo no pensar también en un Maquiavelo? Tres siglos antes, el florentino había construído su texto “El Príncipe” que revolucionó la teoría política, a partir de la experiencia de gobernantes de todas las épocas, sistematizando, a partir de allí, lecciones de conducta para un “Príncipe” cuya misión será refundar la nación. Y un contemporáneo suyo, el general Carl Von Clausewitz, legaba para el futuro la experiencia de las guerras napoleónicas condensadas en “De la guerra”. Si fuese cierto que la peculiaridad de las circunstancias presentes impide que se condensen lecciones a partir de la experiencia pasadas en el ámbito político o militar, entonces la lectura de Maquiavelo y Clausewitz sería totalmente estéril para las generaciones posteriores. Hay que empezar desde cero.
¿Qué posición ha desarrollado el marxismo al respecto? ¿Es posible transformar en lecciones las experiencias pasadas en el ámbito de la política? Indudablemente sí. El marxismo no deja de reconocer la peculiaridad de cada situación, y eso es visible tanto en la misma actitud y en los análisis de Marx y Engels ante procesos como las revoluciones de 1848 o la Comuna de París, como en los debates agudos que se dan en el seno de las internacionales ante nuevas problemáticas. Para actuar en el presente, no podemos transformar el pasado en un recetario a la mano. Pero, por otro lado, el marxismo se desarrolló a partir de las lecciones estratégicas-políticas del pasado. Lenin vio en los soviets de 1917, una continuidad con la Comuna de París. Los textos clásicos de Marx y Engels al respecto, en buena medida, contribuyeron a la orientación de Lenin en la revolución, en cuanto los soviets fueron vistos por él como las formas germinales del nuevo Estado. La revolución rusa de 1917 y su dinámica posterior, se discutió, en buena medida, utilizando conceptos de la revolución francesa de 1789-1792.
A propósito de las analogías históricas y su aporte para esclarecer situaciones presentes, Trotsky escribía en un texto dedicado al concepto de “bonapartismo” de la década de 1930: “Algunos críticos se quejan de que usamos demasiado extensa y diversamente el término bonapartismo. Esos críticos no advierten que lo mismo sucede con otros términos del vocabulario político, como por ejemplo “democracia” y “dictadura”, para no mencionar “estado”, “sociedad”, “gobiernos”, etcétera. Hablamos de la democracia del pasado (basada en la esclavitud), de la democracia de las corporaciones medievales, de la democracia burguesa, de la democracia proletaria (refiriéndonos al estado), así como de la democracia en los partidos; en los sindicatos, en los gremios, etcétera. El marxismo no puede renunciar a esos conceptos económicos ya establecidos ni dejar de aplicarlos a los nuevos fenómenos; de otro modo la transmisión del conocimiento humano sería en general imposible.
A riesgo de equivocarse, el marxismo tiene que definir en cada caso el contenido social del concepto y la tendencia de su evolución. Recordemos que Marx y Engels no sólo caracterizaron como bonapartista el régimen de Napoleón III, sino también el de Bismarck. El 12 de abril de 1890 Engels le escribía a Sorge: "Hoy en día todo gobierno se está volviendo bonapartista, nolens volens.” Eso fue más o menos cierto durante un prolongado período en que la agricultura estaba en crisis y la industria deprimida. El nuevo alza del capitalismo desde 1895 en adelante debilito las tendencias bonapartistas; la decadencia del capitalismo después de la [Primera] Guerra [Mundial] las fortaleció considerablemente.” [3]
No es lugar, este artículo, para explicar el concepto de “bonapartismo”. Pero,a partir del texto de Trotsky podemos concluir que, si bien es necesario definir en cada caso el contenido de un concepto, la comparación con el pasado (el bonapartismo de un Napoleón o un Luis, los textos de Marx), es realizada con el objetivo de comprender el presente y orientar la acción. En una concepción de la historia que incorpora la estrategia como uno de los factores de su devenir, es una exigencia apoyarse de la experiencia pasada. Pero eso no implica una solución automática de las encrucijadas presentes.
[1] En “Filosofía de la historia”, ed. Podium, España, 1970, p. 37
[2] Marx, Grundrisse
[3] Trotsky, “Otra vez sobre la cuestión del bonapartismo”

Juan Valenzuela
Santiago de Chile