La llegada de los talibanes a Kabul y el retroceso del imperialismo estadounidense han eclipsado cualquier otro acontecimiento de la escena internacional. No es una excepción la situación del Líbano, hasta hace unos años era la joya del neoliberalismo en Medio Oriente y hoy está sumido en una crisis económica y social de dimensiones inimaginables.
Viernes 10 de septiembre de 2021 17:13
La llegada de los talibanes a Kabul y el retroceso histórico del imperialismo estadounidense han eclipsado cualquier otro acontecimiento de la escena internacional en las últimas semanas. No es una excepción la dramática situación del Líbano, hasta hace unos años la joya de la corona del neoliberalismo en Oriente Medio y hoy sumido en una crisis económica y social de dimensiones inimaginables.
Para conocer la situación real del país, entrevistamos a la investigadora Rossana Tufaro, que lleva años estudiando los conflictos sociales en Líbano y que actualmente vive en Beirut.
Rossana, como probablemente imaginas, aquí en Italia no sabemos mucho de lo que ocurre en el Líbano. ¿Puede describir brevemente la situación del país?
El Líbano es, por desgracia, uno de esos países que sólo "sale en las noticias" cuando ocurre algo realmente excepcional. Así, acaparó los titulares cuando estalló el proceso revolucionario en octubre de 2019 y, aún más, cuando sucedió la devastadora explosión en el puerto de Beirut en agosto de 2020 y las imágenes de lo que parecía un hongo atómico se reprodujeron por todos los medios de comunicación. Creo que se sabe poco sobre la situación económica y social actual, que cambia rápida y continuamente. En el verano de 2019, el sistema económico libanés entró en una profunda crisis estructural, sellada por la declaración oficial de quiebra en marzo de 2020. El efecto más dramático de esta crisis ha sido la inexorable devaluación de la moneda local frente al dólar estadounidense, que, en una economía altamente terciarizada, rentista [basada en la renta] y dependiente de las importaciones para casi todo lo que necesita como lo es la libanesa, se ha traducido en un aumento exponencial de la inflación acompañado de una pérdida directamente proporcional del poder adquisitivo de los salarios.
Ya en el último año y medio, el tipo de cambio con el dólar se había desplomado desde las 1.500 liras originales en las que se fijó en 1997 hasta unas 6.000 liras en el verano de 2020, hasta cruzar el umbral psicológico de las 10.000 liras cerca de la Semana Santa de 2021. Los efectos de esta espiral se habían visto parcialmente amortiguados por la introducción por parte del Banco Central de mecanismos de desembolso de dólares a tipos subvencionados para la importación de productos de primera necesidad, como combustible, medicamentos, harina y una cesta mínima de alimentos y productos de cuidado personal, lo que había mantenido los precios bajos para el consumidor. Sin embargo, entre junio y julio, este mecanismo se desmanteló arbitrariamente, desencadenando un círculo vicioso de subidas incontroladas de precios, dificultades para abastecerse de los productos en cuestión y una nueva caída vertical del tipo de cambio, que pasó de 12.000 por dólar a unos 20.000 en sólo una semana.
El último pico se registró en vísperas de agosto, tras una nueva decisión unilateral del Banco Central de eliminar por completo las subvenciones a los combustibles. Las prácticas especulativas de los importadores y distribuidores, que tienen posiciones monopolísticas de facto en algunos sectores (5 empresas gestionan el 50% de la importación de medicamentos, 7 se reparten unos dos tercios de los combustibles y 1 sola controla el 95% del mercado de las bombonas), también han tenido un impacto significativo en la subida de precios y la escasez, y, sobre todo, el contrabando hacia Siria, que se ha vuelto especialmente rentable desde la imposición del Caesar Act [Plan de sanciones de EE.UU. contra Siria en vigor a partir de 2020, NdR.].
La campaña lanzada por el gobierno en las dos últimas semanas para denunciar estos dos fenómenos ha tenido hasta ahora efectos irrisorios, creando incluso situaciones grotescas en las que los empresarios sorprendidos gestionando el tráfico ilegal han sido indultados por el poder político. Por si fuera poco, la parálisis política del país desde la explosión del 4 de agosto de 2020 está frenando una serie de préstamos condicionados concedidos al Líbano por grupos de "donantes" internacionales (Estados de la UE, Estados Unidos y países del Golfo en particular) e instituciones supranacionales por valor de miles de millones de dólares.
¿Qué significa esto para los trabajadores y las clases medias libanesas?
Como puedes imaginarte, los efectos son devastadores. Por poner ejemplos prácticos, una bombona de gas que hace un año se compraba por 15.000 liras ahora tiene un precio de 91, y hace sólo quince días de 60. Más dramático aún, 20 litros de mazout (combustible para generadores) han pasado de 15.000 liras a más de 100, mientras que 20 litros de gasolina han pasado de 24.000 liras a unas 130. Además, muchos de estos bienes escasean desde hace meses. Desde hace dos meses, las colas kilométricas en las gasolineras se han convertido en la norma, y muchos trabajadores duermen en sus coches el domingo por la noche para repostar cuando los surtidores vuelvan a abrir el lunes por la mañana. Durante el fin de semana festivo de agosto, era imposible encontrar un trozo de pan en cualquier lugar del país. También hay una escasez continua de medicamentos, no sólo de genéricos, sino también de fármacos contra el cáncer y para enfermedades crónicas y graves. Cuando los medicamentos están en el mercado, los precios se disparan.
Como resultado de la inflación galopante, los salarios reales se han sufrido una contracción sin precedentes, cerca de un 90%. El poder adquisitivo de un funcionario medio, por ejemplo, es de 60/80 dólares, frente a los 1000/1200 dólares de antes de la crisis. Por ello, no es de extrañar que cerca del 75% de los libaneses estén ahora en riesgo de pobreza o por debajo del umbral de pobreza. Este porcentaje era del 50% el pasado mes de junio. Esto supone un aumento de casi el 25% en sólo tres meses. A excepción de los pocos afortunados que aún reciben un salario en dólares o tienen acceso a los envíos de la diáspora, la clase media ya no existe. Se ha calculado que casi la mitad de un salario medio se destina a alimentar el generador que proporciona la energía privada, vital después de que las horas de electricidad proporcionadas por el Estado hayan disminuido drásticamente, hasta no más de cuatro horas al día en los mejores casos. Esto pone en peligro toda una serie de actividades cotidianas aparentemente mundanas, como guardar la comida en la nevera o trabajar con el ordenador. Sobre todo, la escasez de combustible está poniendo en peligro todas las cadenas de suministro productivas e improductivas, la prestación de servicios esenciales como las telecomunicaciones, el suministro de agua, la recogida de residuos y el funcionamiento de los hospitales.
¿Y la reacción de la población a todo esto?
El principal instrumento de protesta utilizado actualmente por la población son los cortes de carretera. Por lo general, se trata de acciones autoorganizadas, a menudo de corta duración y con la participación de un número limitado de personas, que estallan cuando la escasez se agrava en una localidad determinada. Eligiendo cruces de carreteras estratégicos y quemando neumáticos de coches, los manifestantes expresan principalmente su rabia, que en general está omnipresente y latente en la sociedad, así como una profunda desorientación y sensación de frustración. Desde junio, se han expropiado cada vez más camiones de combustible, especialmente en las zonas económicamente deprimidas del país. Otro fenómeno interesante es el crecimiento de una red informal de solidaridad generalizada que se autoorganiza para suplir cualquier carencia estatal. Esto también implica a la gran diáspora que vive en el extranjero, que ayuda a sus compatriotas principalmente con el envío de medicamentos.
¿Hay protestas y huelgas en las filas del movimiento obrero?
Para responder a esta pregunta, es importante ofrecer primero algunas coordenadas con respecto al mercado laboral en Líbano. Históricamente, el mercado ha estado dominado por el sector terciario, con un peso muy limitado de las actividades productivas. Dentro del sector terciario, más de la mitad de la mano de obra activa está formada por trabajadores autónomos y/o informales, tradicionalmente difíciles de organizar, incluso en los sectores público y privado. Esta última está ampliamente sindicada por la CGTL (Confédération Générale des Travailleurs Libanais), una confederación unitaria que gozó de cierto seguimiento y prestigio en los años 90, en parte en función del papel que desempeñó en el fin de la violencia de la guerra civil, pero que ha sido cada vez más cooptada por el régimen, convirtiéndose también en uno de los objetivos del movimiento revolucionario de 2019. A mediados de junio de 2021, la CGTL convocó una huelga general que debía paralizar el país. En la práctica, sin embargo, sólo algunos sectores apoyaron la movilización, y la huelga se percibió en general como poco más que una maniobra de fachada de los partidos gobernantes. De la CGTL salió en 2012 la FENASOL (Fédération Nationale des Syndicats des Ouvriers et Employés au Liban), una antigua federación sindical históricamente vinculada al Partido Comunista que, a pesar de participar en varios frentes de lucha, sigue teniendo un seguimiento limitado.
Esto nos lleva directamente a la siguiente y última pregunta: ¿cómo está la izquierda libanesa?
Yo diría que bien, pero no genial. En general, la revuelta de octubre de 2019 dio un fuerte impulso al surgimiento o consolidación de fuerzas políticas alternativas. Dentro de esta variedad, que es muy diversa, es posible identificar dos grandes bloques. El primero es un frente reformista y electoralista mayoritariamente, que contiene una serie de nuevos partidos que van desde el centro moderado hasta el centro-izquierda, que han obtenido importantes victorias en las elecciones de varios sindicatos profesionales, y que se están organizando rápidamente con vistas a las elecciones del próximo año. El segundo es un frente radical y movimentista, que incluye la llamada izquierda libanesa "clásica", donde el Partido Comunista es la fuerza mayoritaria, y una "nueva" izquierda, compuesta en su mayoría por colectivos o redes más o menos informales que van desde el trotskismo hasta el anarquismo, e incluyen temas de más reciente aparición como el ecologismo y el feminismo. Sin embargo, ningún grupo ha surgido hasta ahora como hegemónico, o al menos preponderante, dentro de este segundo ámbito. Sobre todo, tanto los frentes reformistas como los radicales se esfuerzan por crear relaciones orgánicas con fuerzas sociales ajenas a las clases medias urbanas.
Artículo publicado originalmente enwww.lavocedellelotte.it