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EDUCACIÓN. Lo que el informe PISA oculta

Hay muchos motivos para entender la caída en el informe PISA de 2022, pero ninguno es el que quieren hacernos creer la derecha, la extrema derecha y los discursos racistas de algunos sectores de la sociedad.

Verónica Landa

Verónica Landa Barcelona | @lierolaliero

Miércoles 13 de diciembre de 2023

La caída en el informe PISA es general en prácticamente toda Europa. El Estado español cae de manera generalizada, pero la caída es menor que la de la OCDE y la Unión Europea.

Obviamente, la pandemia tiene mucho que ver con estos resultados. Estamos hablando de un alumnado que entró en la pandemia con 13 años y que vivió las consecuencias del confinamiento, no solo a nivel de los contenidos educativos, también de todo lo relacionado con la educación socioemocional.

La pandemia puso en evidencia una situación que la educación pública lleva sufriendo décadas: la falta de recursos. No hablamos de unos pocos recursos, no. Hablamos de que faltan infraestructuras adecuadas y mucho más personal docente.

Hace falta acabar con las externalizaciones de servicios vinculados a la educación -como el lleure en Catalunya- para reconocer esas actividades como parte fundamental del proceso educativo, y acabar así con la precariedad de esos trabajos. Falta estabilizar a aquel personal docente que tiene una plaza de interinaje, y que no sabe dónde recaerá el curso siguiente, dejándole a merced de los intereses y caprichos de las direcciones de los centros. Hace falta que se deje de financiar a los centros concertados, muchos en manos de la Iglesia, y que todos esos recursos pasen a formar parte de una red única de centros públicos.

En resumen, faltan muchas cosas. Entre ellas, hablar claro y poner el foco del problema donde realmente hay que ponerlo, que no es otro que en los recortes que lleva sufriendo décadas la educación pública por las políticas neoliberales que defiende el capitalismo.

El caso de Catalunya

El batacazo mayor se lo lleva Catalunya con una bajada de 30 puntos en lectura y matemáticas.

Hay quienes han querido usar este dato para convertir en el chivo expiatorio de los problemas del sistema educativo al alumnado migrante.

Según datos de 2020, Catalunya es la segunda comunidad autónoma con mayor porcentaje de alumnado migrante, por detrás de Baleares. Por lo tanto, es un hecho que configura una realidad concreta. Pero parte de esa realidad es también que mucha población migrante acaba viviendo en zonas económica y socialmente desfavorecidas, donde se ubican la gran parte de centros de máxima complejidad educativa en Catalunya. Y la realidad nos vuelve a obligar a hablar de recursos, porque estos centros no cuentan con lo necesario para atender a todo este alumnado y sus necesidades.

Estos mismos sectores parecen olvidar voluntariamente que Catalunya tiene las ratios más altas de todo el Estado. Ya sabemos cómo afecta esto al trato con el alumnado o la preparación de las clases y de las actividades. Si un docente tiene varios grupos con 30 alumnos cada uno, con diferentes niveles y ritmos de aprendizaje, no tendrá tiempo material de poder adaptar contenidos y actividades teniendo en cuenta sus capacidades, puntos fuertes y débiles, métodos de aprendizaje, etc., para que puedan conseguir los objetivos de la asignatura.

Hagamos ahora un parón necesario. En Catalunya existen las Aulas de Acollida, unos espacios para el alumnado que lleva menos de 24 meses en Catalunya y que están destinadas, principalmente, a que aprenda catalán. Son aulas que están totalmente colapsadas, porque no tienen recursos ni docentes suficientes. Por ejemplo, hay centros con un profesor titular y más de 30 alumnos, que no tiene porqué ser ni del mismo curso de la ESO. Estamos hablando de alumnado en situaciones muy vulnerables, económica y socialmente, al que no solo estamos enseñando a desenvolverse en catalán. También le acompañamos en un proceso tan duro como el de haber dejado su país, llegar a uno nuevo donde deben empezar de cero; enfrentar la realidad de la racista Ley de Extranjería que les considera “ilegales”; no tener acceso a una vivienda en condiciones; o estar relegados a los trabajos más precarios.

Por último, la inversión en educación en Catalunya en el 2020 fue del 3,82% del PIB, mientras que en el resto del Estado es de un 4,93%. Ambas cifras muy lejos del 6% del PIB que marca la legislación. A nivel general, la inversión del Estado español en educación es un 32% menor que el resto del mundo. De nuevo, no es causal. Los años de recortes y privatizaciones de los diferentes gobiernos de la Generalitat hicieron mella en todos los servicios públicos.

El problema va más allá de los recursos

El gran problema de la educación estos últimos años es la falta de recursos. Es una realidad y negarla no tienen ningún sentido. Solo la pueden negar quienes no hayan pisado un aula de la pública desde hace muchos años.

Pero no podemos obviar que el problema del sistema educativo va mucho más allá, es mucho más profundo y más estructural.

Ya sabemos que trabajamos en un sistema educativo que poco ha evolucionado desde la industrialización. Un sistema caracterizado por su estructuración cuadriculada, su jerarquía, que es autoritario, nada democrático, y donde el alumnado no tiene ni voz ni voto. Todo, desde el sonido del timbre a la imposición de estar horas y horas en un pupitre o los contenidos, está pensado para que enseñemos a comportarse a las futuras generaciones que deberán nutrir el estómago del capitalismo. Sí, nutrir, porque se alimentará de ellos – como de nosotros -, de su fuerza de trabajo, de su salud y de su vida.

El modelo educativo actual es una apisonadora que no tiene en cuenta la realidad, las necesidades, los gustos o las inquietudes de nadie. Aplasta e iguala, dejando atrás a quienes no se adapten, marcándoles como mano de obra precaria y barata por no acceder a unos títulos que están regulados con unos estándares que no han podido asumir. Prepara para el mundo laboral para ser los más sumisos posibles, sin ningún tipo de pensamiento crítico.

¿Cómo se explica si no los ataques a la filosofía o la reducción de horas de ciencias sociales? ¿O la introducción de asignaturas como emprendeduría o funcionamiento de la empresa?

Todas las reformas educativas que se han hecho, las modificaciones de currículum y el paso a trabajar por proyectos, priorizando cada vez menos los contenidos, se han hecho sin tener en cuenta a la comunidad educativa. La educación debería estar estructurada en torno a las necesidades es de la clase trabajadora y los sectores populares. Sin embargo lo está para complacer los intereses de un puñado de chupa sangre capitalistas que solo buscan extraernos la máxima productividad posible.

Y todo esto ha estado acompañado en los últimos años del aumento del individualismo que fomenta el neoliberalismo, acompañado de una visión de que no hay futuro para las nuevas generaciones que vivirán peor que sus abuelos. Para qué van a estudiar algo que no les interesa si además no pueden ir a la universidad, o bien por falta de recursos, o porque no le ven sentido a estudiar una carrera que no les dará un trabajo mejor.

El caso es que el debate que ha surgido a raíz del último PISA es una dinámica recurrente. Depende de la ocasión, cambia el culpable. A veces será el profesorado, que es un vago, se queja por todo y no tiene la suficiente capacitación para dar clases. Otras, lo será el alumnado que no quiere aprender, no quiere hacer nada, no sabe leer, no le importa, no, no, no. Pero nunca será el problema la falta de recursos, porque implicaría abrir el debate de dónde tendríamos que sacar el presupuesto para cubrirlos. Ni lo será el sistema educativo, porque nos llevaría a hablar de que la educación no es más que otro de los puntales que refuerzan un sistema decrepito, podrido y asesino, que necesita sangre nueva para mantenerse.

Otro sociedad, es posible; acabar con este sistema, es posible. Abramos este debate y dejemos de echar balones fuera. Esto es lo urgente.