En esta nota, algunos debates políticos, históricos y teóricos sobre la lucha por la reducción de la jornada laboral, desde un punto de vista marxista.

Pablo Torres Comité de redacción La Izquierda Diario Chile

Juan Valenzuela Profesor de filosofía. PTR.
Lunes 14 de octubre de 2019
El debate sobre la reducción de la jornada laboral se tomó la agenda política. La propuesta ganó un amplio apoyo popular, con casi un 80% de apoyo en la población. Es la expresión de un aumento en las expectativas, de no querer dejar la vida en el trabajo, de amplios sectores de masas y en particular de la clase trabajadora. Que aumenten las expectativas cuando el gobierno se debilita y las esperanzas en la economía aflojan, ¿no es acaso un síntoma preocupante para los capitalistas y el gobierno que buscan precarizar más el trabajo?
El apoyo popular en los lugares de trabajo, la simpatía que genera en la población, el conocimiento y debate que ha alcanzado, ha puesto en tensión a los poderes reales. Se ha expresado en los debates entre la CPC, la SOFOFA y distintos gremios: discuten si tienen que abrirse o no a las “41 horas con flexibilización” del gobierno o asumir una postura de “ni gobierno ni PC”. Las tensiones se han expresado también en la áspera disputa en Chile Vamos, donde algunos apoyan aunque metiendo el engaño de la “flexibilidad”. Quizá el mayor comando contra el proyecto han sido los grandes medios de comunicación, como El Mercurio o La Tercera, que hace rato advierten contra el “populismo”. La respuesta del gobierno ha recorrido distintas etapas, vacilantes: ha zigzagueado entre una campaña del terror y la “apertura” a rebajar la jornada a “41 horas”, pero para flexibilizar. Solo un consenso comparte toda la clase patronal y partidos del régimen: con o sin rebaja de jornada, hay que implementar la “flexibilidad laboral”.
La histeria reaccionaria de la derecha y el empresariado los ha llevado a quedar a la defensiva y ahora impulsan una nueva campaña del terror. Piñera y Chile Vamos amenazan con el Tribunal Constitucional, un tribunal de dictadura puesto a dedo por el régimen con ministros que viven como millonarios y custodian la “Constitución” pinochetista. También amenazan con el “veto” presidencial, usando poderes casi de monarca para pasar contra la voluntad popular. Se trata de medidas anti-democráticas para frenar un proyecto que concita el apoyo popular basándose en los poderes autoritarios del régimen heredero de la dictadura.
¿Por qué la clase empresarial, la derecha, las alas neoliberales de la “oposición”, luchan cada una a su modo, con tanta saña contra este proyecto?
Marx y la jornada de trabajo
En el capitalismo, la fuerza de trabajo es una mercancía. Su uso le pertenece a quien la compra (el capitalista). El trabajador, al obtener un salario por trabajar, actúa como vendedor de fuerza de trabajo. Esta relación es, en apariencia, libre y entre iguales, y así las ideas dominantes buscan instalarla en el sentido común.
Marx analiza las contradicciones que surgen en la relación entre el capital y el trabajo: “Pugnando por alargar todo lo posible la jornada de trabajo, llegando incluso, si puede, a convertir una jornada de trabajo en dos, el capitalista afirma sus derechos de comprador. De otra parte, el carácter específico de la mercancía vendida entraña un límite opuesto a su consumo por el comprador, y, al luchar por reducir a una determinada magnitud normal la jornada de trabajo, el obrero reivindica sus derechos de vendedor. Nos encontramos, pues, ante una antinomia, ante dos derechos encontrados, sancionados y acuñados ambos por la ley que rige el cambio de mercancías”. [1]
Resulta llamativo que en El Capital de Karl Marx sea el capítulo VIII, “La jornada de trabajo”, el lugar en el que aparece por primera vez la noción de lucha de clases, a continuación de esta antinomia de los “dos derechos encontrados”. No es casual. La determinación de la duración de la jornada laboral ya es en el pensamiento de Marx un ámbito de intereses en pugna especialmente tenso. Una tensión inscrita incluso al interior de la relación vendedor-comprador del derecho burgués, en el que se trasluce la lucha de clases.
El punto es que el derecho, en Marx, no resolverá el problema. “Entre derechos iguales y contrarios, decide la fuerza. Por eso, en la historia de la producción capitalista, la reglamentación de la jornada de trabajo se nos revela como una lucha que se libra en torno a los límites de la jornada; lucha ventilada entre el capitalista universal, o sea, la clase capitalista, de un lado, y de otro el obrero universal, o sea, la clase obrera. Entre derechos iguales y contrarios, decide la fuerza. Por eso, en la historia de la producción capitalista, la reglamentación de la jornada de trabajo se nos revela como una lucha que se libra en torno a los límites de la jornada; lucha ventilada entre el capitalista universal, o sea, la clase capitalista, de un lado y de otro el obrero universal, o sea, la clase obrera”. [2]
El capitalista querrá aprovechar lo más posible el valor de uso de su mercancía –el trabajo realizado durante la jornada de trabajo- y el trabajador buscará limitar ese uso, pues su exceso impacta directamente en sus músculos y su cerebro que tensa durante toda la jornada laboral. Para explicar cómo opera la regimentación del tiempo en el ámbito laboral, Marx, distingue trabajo necesario de trabajo excedente. Expliquemos con un ejemplo simple. Imaginemos una jornada de trabajo de 10 horas diarias, por la cual una trabajadora textil recibe un salario de $10.000. Supongamos que al concluir la jornada, el valor nuevo creado por esta trabajadora es de $20.000. Es decir, produjo 20 mil pesos en prendas de vestir. Eso quiere decir que bastaron 5 horas de su jornada para crear un valor de $10.000, el equivalente a su salario. Durante las 5 horas restantes se produjo plusvalía. Es decir, en la jornada, hubo 5 horas de trabajo necesario y 5 horas de trabajo excedente. Los $10.000 de plusvalía son un incremento del capital. No existían antes del proceso de trabajo.
El tiempo de trabajo es lo que constituye la jornada de trabajo. Marx señala que en el capitalismo “el trabajo excedente y el trabajo necesario se confunden, formando un bloque”. [3] Eso quiere decir que la distinción entre trabajo necesario y trabajo excedente, en el espacio concreto donde se desenvuelve la jornada laboral, no es evidente por sí misma. Por ejemplo, si de 10 horas, 5 horas son de trabajo necesario, y 5 de trabajo excedente, bien podría decirse que de cada segundo que constituye la jornada total, 0,5 es trabajo necesario y 0,5, excedente, o que en 50 horas de trabajo semanal, dos días y medio de jornada, son trabajo necesario y dos días y medio, trabajo excedente. Marx establece una comparación con modalidades no capitalistas de explotación, en las que la distinción de trabajo necesario y trabajo excedente es evidente en el espacio: “En las prestaciones del vasallo las cosas se presentan de otro modo. El trabajo necesario que realiza, por ejemplo, el campesino de la Valaquia para poder vivir no se confunde en el espacio con el trabajo excedente que rinde al boyardo (terrateniente). El primero lo realiza en su propia tierra, el segundo en la finca del señor. Las dos partes que integran el tiempo de trabajo adoptan, por tanto, una existencia independiente.” [4]
Este pensamiento es muy importante porque quiere decir que en el capitalismo, el instante en el cual comienza el trabajo excedente, no se evidencia espacialmente. El capitalista intenta acortar el “trabajo necesario” (lo que produce el trabajador para su propia mantención) y alargar el tiempo de trabajo “excedente” (aquel que es sólo ganancia para el empresario), ya sea a través de las máquinas y tecnología o a través de la prolongación de la jornada de trabajo, o rebajando el costo de las mercancías de subsistencia. Su objetivo siempre es satisfacer su hambre insaciable de trabajo excedente. El trabajo excedente es el creador de la plusvalía, y mientras mayor tiempo sea, mayor es esa plusvalía. Que no sea visible en un espacio el momento exacto en el que esto ocurre, favorece a los capitalistas que inventan una y mil vías para explotar la fuerza de trabajo.
El capital intenta por ello alargar la jornada de trabajo siempre que pueda. Frente al límite físico para mantener jornadas de 24 horas y siete días a la semana, incorpora el sistema de relevos, actualmente conocidos en Chile como “turnos rotativos”. Pospone la edad de jubilación. Incluso, con “pequeños hurtos” el empresario va quitando tiempo de colación, descanso, ganando minutos no pagos, pidiendo algunos “minutos más”, como por ejemplo quiere hacer Piñera quitando los tiempos de vestuario y otros de la jornada. Con ello el capital gana trabajo excedente que hace a la generación de plusvalía. Para las necesidades de valorización del capital, se trata sobre todo alargar el tiempo de trabajo excedente.
En países como los nuestros, donde la ganancia capitalista además de la renta proviene de la explotación de fuerza de trabajo de baja productividad (salvo en pocos nichos exportadores liderados por el cobre) y de la bajísima inversión productiva de la clase dominante, buscan sobretodo alargar y organizar mejor la fuerza de trabajo a la disponibilidad del capital. De eso se trata reformas como la “polifuncionalidad” y la propia reforma laboral del gobierno, que quiere, entre otras cosas que exista más fuerza de trabajo disponible los domingos, eliminando la obligatoriedad de dos domingos libes al mes como mínimo legal. Se trata de hacer de las “jornadas excepcionales” las “regulares” para que quede a disposición arbitraria del capital el uso de la fuerza de trabajo de la clase obrera.
Por eso es falso el argumento según el cual los trabajadores son “libres” para negociar sus condiciones. Aquí, la apariencia es contraria a la esencia. “El contrato por medio del cual vendía su fuerza de trabajo al capitalista demostraba a ojos vistas, por decirlo así, que disponía libremente de su persona. Cerrado el trato, se descubre que el obrero no es “ningún agente libre”, que el momento en que se le deja en libertad para vender su fuerza de trabajo es precisamente el momento en que se ve obligado a venderla”. [5] Los trabajadores no pueden disponer de su tiempo de trabajo, sí los empleadores. Ya no es un tiempo “suyo” sino del capital que le contrata para explotarlo. Como dice el laboralista Sergio Gamonal, flexibilidad para el jefe, es rigidez para las y los trabajadores. La relación laboral es una relación de poder, por tanto, depende de la capacidad de las fuerza para imponer su voluntad. La derecha se resiente porque no quiere que le pongan ningún límite en su dominación de la fuerza de trabajo. Por eso pone el grito en el cielo y tiene los medios del régimen a su favor.
“Decide la fuerza”
La lucha por la reducción de la jornada laboral ha sido, en la historia moderna de la lucha de clases, una de las principales banderas del movimiento obrero y la clase trabajadora en su defensa frente al capital. En el primer congreso de 1866 de la Primera Internacional, “el congreso considera la reducción de las horas de trabajo como el primer paso en vista de la emancipación obrera” [6] y definió como objetivo inmediato la consecución de las 8 horas. En Estados Unidos, la huelga general por las 8 horas de 1886 fue una gesta heroica, reprimida a sangre y fuego, conmemorada posteriormente por el 1° de mayo como Día Internacional de las y los Trabajadores.
Las contrarrevoluciones y las revoluciones no han sido indiferentes a la extensión de la jornada laboral. En cierto modo, han corroborado la tesis de Marx según la cual entre dos derechos iguales confrontados decide la fuerza. En el capítulo VIII del tomo I de El Capital, Marx explica cómo la derrota de la primavera de los pueblos –como se denominó a la oleada revolucionaria de 1848 en Europa-, acarreó una rebelión de los patrones contra los límites legales que se le imponían a la jornada laboral y la explotación de la fuerza de trabajo. En todas partes la clase trabajadora quedaba “proscrita”, “anatemizada”. Los burgueses actuaron en contra no sólo de la ley de las diez horas de Gran Bretaña, sino contra toda la legislación que había limitado la “libre” explotación de los trabajadores. David Harvey comenta: “Todo esto suena muy parecido a la contrarrevolución neoliberal de Reagan y Thatcher de la década de 1980. Durante el gobierno de Reagan gran parte de lo que se había alcanzado en el ámbito de las relaciones laborales (mediante la Junta Nacional de Relaciones Laborales y la Administración de Seguridad y Salud Ocupacional) fue derogado. También en este caso desempeñaron un papel protagonista el cambio de correlación de fuerzas entre las clases.” [7]
En caso contrario, como la revolución rusa de 1905, fue la clase trabajadora la que le dio concreción a la problemática de Marx de que “Entre derechos iguales y contrarios, decide la fuerza”. ¿Cómo? Implementando la jornada de 8 horas “por la vía revolucionaria”. Después de la huelga de octubre de 1905, Trotsky explica que “los delegados [del soviet] habían declarado más de una vez que a la vuelta del trabajo las masas no consentirían por nada del mundo en seguir en las antiguas condiciones. El 26 de octubre, los delegados de uno de los sectores de Petersburgo deciden, independientemente del soviet, realizar en sus fábricas la jornada de ocho horas por la vía revolucionaria.” [8] Este movimiento se extiende y es asumido por el soviet de Petersburgo: “El 29 de octubre, el organizador de la campaña informa al soviet que la jornada de ocho horas ha sido establecida “por la fuerza” en tres grandes fábricas. Truenos de aplausos. No hay lugar para la duda. ¿No es la violencia la que nos ha dado la libertad de reunión y la de prensa? ¿Son para nosotros más sagrados los intereses del capital que los de la monarquía? Las tímidas voces del escepticismo se ahogan en las oleadas de entusiasmo general. El soviet emite una declaración de la más alta importancia: invita a todas las fábricas y talleres a establecer por su propia cuenta la jornada de ocho horas. Este decreto es adoptado sin debates, como si la decisión se impusiese por sí misma.” [9]
El movimiento se expandió y se impuso a través de un decreto del poder de los trabajadores organizados en el soviet de Petersburgo. La consigna de este movimiento de masas era ¡Las 8 horas y un fusil! Sin embargo, la patronal respondió con el lock out, cerrando fábricas y dejando cesantes a los trabajadores que por la vía de los hechos se retiraban cumplidas las 8 horas de labor. Para los capitalistas, que los trabajadores simplemente tomaran sus cosas y se fuesen una vez cumplidas las 8 horas de labor, era una señal demasiado subversiva. Pero el movimiento de Petersburgo no propició un movimiento generalizado en otras ciudades, quedó aislado. Por esa razón, el soviet tuvo que retroceder en la instauración de la jornada de 8 horas por la vía revolucionaria, a riesgo de que el contragolpe patronal pusiese en riesgo la revolución. Trotsky razona que sólo la conquista del gobierno por los trabajadores hubiese garantizado la realización íntegra de este programa.
Visualizando esta dinámica histórica cobra sentido la afirmación de Marx: “el establecimiento de la jornada normal de trabajo es, por tanto, fruto de una larga y difícil guerra civil, más o menos encubierta, entre la clase capitalista y la clase trabajadora”. [10]
Es necesario un gran movimiento por la reducción de la jornada
Con este proyecto, Camilo Vallejo, y por indirecta, el PC, gana popularidad y se ha anotado un triunfo político. Pero hasta ahora es todo por arriba en el terreno parlamentario. Debe transformarse en una lucha real por la reducción de la jornada en todas las organizaciones sindicales y obreras, con asambleas de base, con una gran campaña nacional y con un plan de lucha audaz. De no hacerlo, se corre el serio peligro que el gobierno y el régimen la anulen con los poderes que le entrega la constitución de Pinochet. Otro peligro muy serio puede venir no solo del gobierno, sino de los partidos de la ex Nueva Mayoría, reduciendo la jornada gradualmente en varios años más, y metiendo “flexibilidad” para que signifique un cambio o “compensación” a los empresarios. Ya sabemos que en el parlamento está la “cocina” y ya sabemos que han sido los partidos de la ex Nueva Mayoría como la DC y el PS quienes han profundizado la precarización laboral.
Las expectativas que aumentan en franjas de masas, son un enorme punto de apoyo que puede transformarse en una lucha real que movilice millones en calles, lugares de trabajo, escuelas, universidades, hospitales y poblaciones. No vendrá de negociaciones en los salones de un parlamento empresarial donde saldrán leyes favorables a los trabajadores, y si salen, buscarán compensar a los empresarios. Será la fuerza de la movilización y organización de la lucha de clases viva que pueda transformarse en una conquista que aumente la consciencia y las fuerzas.
Sin embargo, en vez de generar un gran movimiento en los lugares de trabajo y las calles, el PC busca un pacto de colaboración con viejos partidos, quienes usan sus votos para negociar medidas que no afecten a la clase capitalista. Lo podemos ver en la discusión y acuerdos sobre “gradualidad” de cinco años para las pequeñas y medianas empresas, donde trabajan la gran mayoría del país, con una reducción que recién en cinco años llegaría a las 40 horas semanales. Con “gradualidad” será una reforma pensando en las Pymes y se pospondrán los intereses de las y los trabajadores. No habrá “compensación” ni “gradualidad” ni “flexibilidad” que sea favorable a la clase trabajadora. Debemos reducir ya la jornada sin afectar el salario y sin ninguna medida de gradualidad y flexibilidad, más bien aumentándolo acorde a la canasta familiar.
El reparto de las horas de trabajo y la lucha contra el desempleo
La reducción de la jornada debe ir en beneficio no solo de los actuales trabajadores para tener tiempo para el ocio, estudios y familia, sino del conjunto de la clase trabajadora tendiendo un puente con los desempleados. Se trata de que no queremos dejar la vida en el trabajo, y a su vez, queremos que todas y todos puedan trabajar y no se nos condene a ser mano de obra que compita donde el capital aprovecha esa competencia para bajar nuestros salarios y condiciones.
La lucha por la reducción de la jornada debe servir como palanca para la resolución del problema del desempleo, flagelo estructural del capitalismo que condena a millones a la miseria. A los capitalistas les es favorable que exista una masa de desempleados siempre disponible que rebaje el costo de la fuerza de trabajo. Para los trabajadores, es un flagelo permanente. Reduciendo la jornada laboral se podría “repartir las horas de trabajo” entre ocupados y desocupados, tarea que solo puede realizarse afectando los intereses de la clase capitalista. No se trata de un problema de “productividad” para que las empresas tengan más ganancias sino de una medida que vaya en beneficio del conjunto de la clase trabajadora, y no del capital. Como dice Gamonal: “Los aumentos de productividad –desde los años 90- no se han reflejado en los salarios, sino en las ganancias corporativas”. [11]
Con el avance de la técnica, el desarrollo tecnológico y la automatización, los empresarios buscan imponer un chantaje y miedo creciente por el reemplazo de máquinas por trabajadores, más aún aquello de menor calificación, como los existentes en Chile en el sector comercio y servicios donde trabaja la mayoría de los asalariados. Así lo hicieron en Walmart, donde las nuevas máquinas –algunas que prescinden de tareas como las cajas- lleva a chantajes y despidos, o “polifuncionalidad”, una forma contractual de “flexibilizar” el trabajo disponiendo del o la trabajadora para prácticamente cualquier función. Sin embargo, el desarrollo de estas máquinas ha elevado de conjunto las ganancias de la empresa, pues les permita ahorrar “costos” de fuerza de trabajo, precarizar la existente, y abrir nuevos “negocios” como el enorme centro de El Peñón en San Bernardo, acelerando la competencia por puestos de trabajo.
Las nuevas conquistas tecnológicas permiten la posibilidad de reducir la jornada laboral y a la vez aumentar los puestos de trabajo, en beneficio de los productores, no de los propietarios. Se trata de una perspectiva que apunte a una sociedad donde no domine la explotación, sino el trabajo libre y creador. Se trata de una medida que requiere de una reorganización de la economía y de la sociedad por medio de un gobierno de los trabajadores, donde todo esté puesto en función de las necesidades sociales, y no de las ganancias de los grupos capitalistas. Las maquinarias son producto del trabajo humano, y no pueden funcionar sin consumir fuerza de trabajo. Sin ésta, la máquina es inactiva y por tanto un costo para el capital. Como señala Marx: “El capital es trabajo muerto que no sale alimentarse, como los vampiros, más que chupando trabajo vivo, y que vive más cuanto más trabajo vivo chupa.” [12] No es realista en la sociedad capitalista la visión según la cual el capital puede sustituir íntegramente el trabajo asalariado vivo, de donde viene su ganancia. Tan así que incluso buscan regular leyes (como la depreciación acelerada) para introducir más maquinaria moderna a la vez que desvalorizarla. Tampoco es pensable un capitalismo donde los humanos no consuman su producción, pues allí se realiza la plusvalía.
La automatización y la introducción de nuevas tecnologías puede estar en función de una sociedad donde trabajemos menos, vivamos mejor y no exista el desempleo, pero para ello, es menester terminar con un sistema que vive de la explotación del trabajo ajeno. La lucha por un gobierno de las y los trabajadores que ponga fin al capitalismo, va en el sentido de liberar el trabajo de la explotación asalariada y abrir el camino a una sociedad de productores libres sin explotación ni opresión.
NOTAS:
[1] Karl Marx. La jornada de trabajo. Capítulo VIII, Tomo I, El Capital.
[2] Karl Marx. La jornada de trabajo. Capítulo VIII, Tomo I, El Capital.
[3] Karl Marx. La jornada de trabajo. Capítulo VIII, Tomo I, El Capital.
[4] Karl Marx. La jornada de trabajo. Capítulo VIII, Tomo I, El Capital.
[5] Karl Marx. La jornada de trabajo. Capítulo VIII, Tomo I, El Capital.
[6] El primer congreso de la Asociación Internacional de los Trabajadores (Primera Internacional) se desarrolló en Ginebra en septiembre de 1866. A instancias de Marx, los delegados propusieron y luego aprobaron la lucha por la reducción de la jornada laboral. También en el Manifiesto Inaugural de la Internacional, de 1864, escrito por Marx, plantea en una de sus banderas la limitación de la jornada de trabajo.
[7] David Harvey. Guía para leer el Capital, libro I.
[8] León Trotsky. 1905. “Las 8 horas y el fusil”.
[9] León Trotsky. 1905. “Las 8 horas y el fusil”.
[10] Karl Marx. La jornada de trabajo. Capítulo VIII, Tomo I, El Capital.
[12] Karl Marx. La jornada de trabajo. Capítulo VIII, Tomo I, El Capital.

Pablo Torres
Dirigente nacional del Partido de Trabajadores Revolucionarios (PTR). Autor y editor del libro Rebelión en el Oasis, ensayos sobre la revuelta de octubre de 2019 en Chile, Edición Ideas Socialistas, 2021.