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Maquiladoras de Tehuacán: sonrisas con los ojos en medio de una pandemia

Rodrigo Santiago Hernández

Maquiladoras de Tehuacán: sonrisas con los ojos en medio de una pandemia

Rodrigo Santiago Hernández

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El texto que reproducimos a continuación es parte de un proyecto de documentación y monitoreo de los Derechos Humanos y Laborales de las trabajadoras de las maquilas ante el SARS-CoV-2 en colaboración estrecha con Reyna Ramírez Sánchez —IN MEMORIAM— del Colectivo de Obreras Insumisas

La pandemia ha afectado a las trabajadoras de la confección de la región del Valle de Tehuacán de formas diversas y acorde con el tipo de empresa donde laboran. Esta región tiene una actividad económica mayoritariamente maquilera, de comerciantes y campesinos.

Con una población en su mayoría indígena, enfrenta la contingencia desde diferentes perspectivas, pero destaca la de las y los trabajadores de la costura quienes laboran en diferentes centros de trabajo, los cuales varían en tamaño y capacidad de producción. Los más grandes y que se agrupan en consorcios como Private Label y el que fuera Grupo Navarra emplean hasta 15 mil empleados solo en Tehuacán, en las demás empresas medianas, chicas y talleres en casa se estima una fuerza laboral de 60 mil personas.

Empresas grandes como Top Jean o Mazara, que dan empleo a aproximadamente 2,500 personas cada una, tomaron la decisión de mandar a descansar a los trabajadores el 6 de abril, un mes y medio después de que se conociera la noticia de la propagación del SARS-CoV-2 en México.

En estas empresas la decisión de parar se tomó unilateralmente y funcionó como los llamados paros técnicos, los cuales por ley deben ser consensuados con la parte trabajadora, pero son siempre tomados por parte de la patronal que busca reajustar su producción a costa del pago de salarios.

En esta ocasión el “paro técnico” no era por contracción económica en los mercados para los cuales producen o una crisis económica interna de la empresa, sino algo peor: una pandemia, que además del problema de salud que representa para los y las trabajadoras, se da en medio de una recesión económica mundial y que además potencializa el impacto de la misma que, como siempre, son las trabajadoras las que resienten las peores consecuencias.

En la región también existen maquiladoras medianas y pequeñas donde los parámetros para atender esta contingencia no son los mismos, al no tener contratos con marcas reconocidas o de exportación, su mercado es el nacional, por lo cual la cadena productiva y de venta han sufrido una fuerte caída. Estos cierres temporales o “paros técnicos” solo le anunciaron a los y las trabajadoras lo que ya presentían: no habrá trabajo al regresar, incluso desaparecerán maquilas o talleres después de la contingencia.

Algunas de estas empresas pequeñas y/o talleres familiares se adaptaron a la contingencia de maneras creativas y aunque se discute el crédito de la idea de producir cubrebocas entre cámaras empresariales y líderes maquileros, lo cierto es que muchas maquilas desde las más grandes como Hera Apparel, que está instalada en lo que antiguamente fue Vaqueros Navarra, hasta las medianas y talleres informales o familiares, están cosiendo cubrebocas bajo diferentes tipos de estándares, los cuales no son necesariamente los más adecuados para un mercado tanto formal como informal.

La informalidad

La informalidad laboral es una parte mayoritaria en el flujo económico nacional y los trabajadores de las maquiladoras en la región del Valle de Tehuacán en su gran mayoría así trabajan. Carecen de las más mínimas garantías de salud y seguridad social, derechos laborales y están en constante rotación.

La habilidad de los y las trabajadoras se ha modificado con el tiempo, a diferencia de la época del Boom de la maquila donde cada uno cubría un paso diferente, ahora es cada vez más frecuente ver que casi todos dominan varios pasos, la rotación y la informalidad dieron esa pequeña ventaja que les permite colocarse rápidamente en otro taller, es la paradoja de ser obreros más especializados pero más precarizados.

En ese contexto, las trabajadoras están ya en su segunda semana de contingencia, algunas conservan el trabajo formal o informal de los cubrebocas o alguna poca producción de mezclilla que por ahí quede; pero otras situaciones son totalmente abusivas, donde el patrón saca mayor ventaja de la contingencia.

Dado que la informalidad está normalizada, muchos trabajadores no contemplan a las Juntas de Conciliación y Arbitraje como una opción para denunciar las violaciones a sus derechos laborales, además, estas Juntas no están trabajando plenamente y las guardias no siempre cumplen sus turnos. Sin embargo, sí hay muchas denuncias en las redes sociales y en medios electrónicos.

Hay un número telefónico por parte de la Secretaria del Trabajo que es donde se están recibiendo las quejas laborales sin que aun sea medible su efectividad.

Los sindicatos no operaron en favor de los trabajadores en estos cierres y “paros técnicos”. Los que antes eran charros y de afiliación priista, ahora se han sumado a la Cuarta Transformación, pero ni siquiera hicieron pronunciamientos públicos por las medidas patronales ante la contingencia.

El oportunismo de la maquiladora Rvainz

Un ejemplo claro del abuso es el de la maquiladora Rvainz, propiedad del ya célebre Nissim Turquía, que al tener su propia marca y tiendas de venta de sus pantalones pudo mantener su producción sin que hasta la fecha se le note una ralentización en su ritmo productivo, uno de por si intenso por las extenuantes jornadas laborales a las que son sometidos los y las trabajadoras.

En esta contingencia fueron presionados para trabajar jornadas completas pero con medio sueldo, quien no quisiera “se iba a descansar la cuarentena” pero sin garantía de que tuviera su puesto al regresar.

Esta amenaza y presión para aceptar fue operada por otra leyenda negra de las maquiladoras, el otrora capataz de Vaqueros Navarra (VN), Javier Balanza, que después de su despido en VN y su paso por otras maquiladoras ha encontrado el ecosistema perfecto para su vocación de verdugo en las maquiladoras de Rvainz bajo la complacencia de Nissim Turquía, el dueño que —según testigos— tiene fama de liarse a golpes con los trabajadores.

El ejemplo de Rvainz es la tónica que se presenta en muchas maquiladoras, pero es mucho más visible en las ubicadas en Altepexi y en Ajalpan donde se realizó una especie de Boom regional en los últimos 10 años, que disparó el número de maquiladoras grandes y medianas, talleres familiares, informales (clandestinos).

Estas maquiladoras ya no se pueden llamar clandestinas porque operan a todas luces ante la carencia de una figura institucional que restringa su operatividad. En la nombrada Ciudad de Ajalpan no hay una Junta de Conciliación y Arbitraje, ni ONGs que representen a los obreros, mucho menos sindicatos democráticos; lo que si hay es un número muy alto de menores de edad trabajando y malos tratos por parte de los patrones.

Aunado a la proletarización de estas comunidades campesinas, se suman la problemática de la ruptura de los tejidos sociales, un altísimo índice en el consumo de drogas duras como el cristal (metanfetaminas) y alcohol entre los trabajadores más jóvenes de la maquila, situaciones que contrastan con sus comunidades rurales que aún mantienen importantes actividades agrícolas.

Subsistir en la pandemia

Las trabajadoras y trabajadores que se quedaron sin laborar, ya sea con medio sueldo o sin sueldo, están recurriendo a la informalidad para subsistir mediante la venta de productos, bebidas, alimentos o incluso cubrebocas que ellos mismos fabrican en sus casas o talleres familiares.

Estas opciones que eran recurrentes en algunas temporadas bajas en la producción de pantalones de mezclilla, camisas o uniformes escolares, las han retomado como alternativa para subsistir.

Es común ver que las familias se organicen para la comercialización de papas, botanas que preparan o dulces que salen a vender sus niños y jóvenes con la protección de apenas un cubrebocas y con la actual complicación de que las autoridades están restringiendo la afluencia de personas en lugares públicos, como parques o mercados.

Les es difícil vender con las restricciones, sin embargo se han observado prácticas espontáneas de solidaridad. Ante la prohibición hacia las canasteras de vender recaudo y verdulería en el mercado del centro de Tehuacán, como usualmente lo hacían, en protesta han decidido regalar la mercancía a familias de trabajadoras, hay obreras que han estado regalando cubrebocas en las calles, en medio de una pandemia que las tiene sumidas en incertidumbre, desempleo y una sensación de extraña esperanza.

Pignorantes, tandas, deudas

Las siguientes semanas la afluencia a casas de empeño aumentará un 50 % a decir de algunos trabajadores de las mismas y es que el empeño de electrodomésticos es también un recurso emergente para obtener dinero, además de ser un “prospero” negocio de las llamadas financieras y sus sistema de créditos que trabajan en integrar a los grupos de mujeres que reciben los préstamos. De cada 10 mujeres que solicitan prestamos 7 trabajan en una maquiladora o son parte del flujo económico alrededor de una, a decir de los promotores.

No todas las familias de los trabajadores de las maquilas han podido acceder a los apoyos gubernamentales como los prestamos llamados Tanda de Bienestar, que funcionan con préstamos de hasta 6 mil pesos y que se han liberado apresuradamente este mes para atender la pandemia, pero que sin embargo son otorgados mediante sorteo. Quienes tienen hijos con la beca escolar, pueden echaran mano de ese recurso para sobrevivir.

¿De algo a nada?

Esta pandemia ha precarizado aún más la vida de los y las trabajadoras. Quienes están fabricando cubrebocas reciben entre 50 y 30 centavos por pieza y sacan entre 200 y 300 pesos semanales, lo cual dicen es mejor que nada.

Un caso documentado por Reyna Ramírez, del Colectivo Obreras Insumisas, es el de una maquiladora que cerró ante la contingencia despidiendo sin liquidación a las 60 trabajadoras, argumentando que era una situación nacional (sic) y que no podía pagarles. Una semana después las recontrató, sin reconocer su antigüedad, para que cosieran cubrebocas pagándoles 30 centavos la pieza; así que para sacar su semana “normal” tienen que coser mínimo 3 mil cubrebocas para sacar 900 pesos a la semana, lo cual es un aumento en el trabajo y menor su sueldo.

Pero también la pandemia ha impactado en el entorno de las maquilas, en el flujo del exterior que depende de las trabajadoras, como lo es la venta de comidas, de bebidas, de ropa y calzado en abonos, botanas y dulces. Con el cierre de las maquilas, “paros técnicos”, al igual que la suspensión de clases en las escuelas, este tipo de autoempleo informal se vio afectado desde el inicio mismo de la contingencia.

¿La excepción a la regla?

Camisa y Diseño de Tehuacán, una maquiladora mediana, de aproximadamente 300 empleados, mandó “a descansar” a sus trabajadores con cuatro semanas de sueldo pagado por adelantado y una despensa, un caso que además se virilizó en redes sociales con un video de un emotivo discurso del patrón dándoles un mensaje solidario a sus empleados, video que algunos acusaron de ser parte de una campaña política o de simple marketing. Aunque no contamos con mayor información para saber si hay motivos detrás de esta acción, el hecho es que es la única maquiladora del que se tiene registrado el pago de sueldos completos por la contingencia.

La salud laboral, vulnerabilidad ante la pandemia

La información que han recibido en las maquiladoras sobre el SARS-CoV-2 es escueta, sin detalle y basada en las infografías de la Secretaria de Salud. En el caso de la maquiladora Top Jean, por ejemplo, la cuarentena se manejó al inicio como un paro técnico por falta de producción, en algunas otras culpando a los mismos trabajadores por su baja productividad.

Solo hasta que se hizo oficial la contingencia en los medios y la recomendación de los cierres de empresas no esenciales fue que se les notificó sobre la pandemia y las medidas de prevención a los y las trabajadoras.

Si alguien sabe de cubrebocas son los trabajadores de la maquila, es parte de la indumentaria diaria y es para intentar filtrar la micropelusa que pulula en el ambiente, sin mucho éxito, ya que desde hace más de 30 años se han registrado casos de trabajadoras y trabajadores de la costura que han presentado enfermedades crónicas de las vías respiratorias e incluso pulmones y que en su viacrucis clínico ante el IMSS en el mejor de los casos, o en clínicas privadas, muchos de ellos han culminado en incapacidad permanente o la muerte. Ni que decir de los trabajadores de las lavanderías y talleres de lijado y potasio, donde además de la polución por pelusa están expuestos a agentes químicos de alto riesgo como las arenas sílicas, permanganatos, potasio, el índigo de la tela pulverizado, entre otros.

Ellos llevan la peor parte de la moda, los acabados finales que son dictados por las tendencias internacionales y que pueden realizarse lo mismo para un pantalón de $180 USD que uno de $100 MX en el tianguis, han mellado la salud de estos trabajadores alrededor del mundo.

Así, con una salud vulnerada y con las vías respiratorias afectadas por las condiciones laborales, los trabajadores y trabajadoras de la maquila se exponen al Covid-19, por eso es paradójico que en sus centros laborales donde por años se ha afectado su sistema respiratorio de manera sistemática y con una precaria cobertura médica, ahora enfrenten el desempleo fabricando cubrebocas para enfrentar una pandemia que enferma las vías respiratorias, además que no hay dictámenes médicos que por su historial de salud ocupacional los y las visibilice como parte de la población vulnerable y en riesgo ante el SARS-CoV-2 por parte de las autoridades de salud.

¡Quédate en casa!

Esta semana que inicia la fase tres y se anuncia un prolongamiento de la cuarentena y a dos semanas de haber iniciado los “paros técnicos”, la mayoría de las trabajadoras de las maquilas siguen saliendo a las calles, a las casas a ofrecer sus servicios limpiando casas, vendiendo como ambulantes, costurando y reparando prendas y cubrebocas, siguiendo los protocolos de manera precaria y con el cubrebocas que siempre las caracteriza como trabajadoras de costura.

En medio de la desinformación y noticias falsas (fake news) que pululan en los grupos de WhatsApp y redes sociales, solicitando prestamos en las financieras populares, juntando para el pago semanal de los préstamos, prestando poca atención al acontecer nacional y mundial, porque la pandemia golpea de manera diferente las economías de los trabajadores, ellas y ellos, los de las maquilas no se quedan en casa, no pueden permitirse ese “lujo”. Salen a buscar maneras alternas de sustento y sobrevivencia mientras la clase patronal pide rescate financiero al gobierno en medio de una crisis mundial que está lejos de terminar y que cambiará también la forma de organizar los flujos económicos de los más pobres.

Los impactos psicológicos en las personas que pueden y decidieron quedarse en casa, ya son conocidos, hay una amplia memeografía de ellos y su expresión catártica en redes sociales, también hay estudios y profesionales de la salud mental que están documentando los impactos de la pandemia y el confinamiento, tanto en la psique colectiva como en la salud mental individual.

Las trabajadoras de la maquila también resentirán en su salud mental, pero ese tema de salud siempre les ha sido relegado. Aunque solo les atienden o medio atienden la salud física, no así la emocional y esta vez, aun cuando sea tema de estudio, no se ve que sea tema de atención por parte de las autoridades sanitarias. Hasta ahora, no se puede medir el impacto psicológico de la pandemia en las trabajadoras de la costura.

Aún con el cubrebocas, que impide ver su hastío, siempre sonríen con los ojos en medio de una pandemia y una recesión económica sin precedentes en la historia reciente; confían —su historia de resiliencia se los permite— en que todo pasará pronto y podrán regresar a su rutina laboral normalizada y precaria dentro de las maquilas del Valle de Tehuacán.


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