En la Feria del Libro de La Frontera, la escritora charló sobre su última novela "Nuestra parte de noche": personajes y el contexto de la última dictadura militar argentina para crear terror literario.

Liliana Vera Ibáñez Redacción LID @liluzlisam / IG: @Pisotomia
Lunes 2 de noviembre de 2020 18:52
Mariana Enríquez es una de las escritoras referentes del terror latinoamericano. El sábado 31 de octubre se presentó en la jornada Noches con la Literatura promovida por la Feria del Libro de la Frontera ( México). La charla se centró en la presentación de su novela Nuestra parte de noche, que fue publicada en el año 2019 por editorial Anagrama.
La historia de terror, en un escenario tan realista como innegablemente violento de la historia argentina, comienza con el viaje de un hombre y su hijo. Ambos atraviesan el país por carretera, desde Buenos Aires hacia las cataratas de Iguazú, en la frontera norte con Brasil. Son los años de que llegó al poder luego del Golpe Cívico Militar de 1976: hay controles de milicos armados a lo largo de la ruta. La madre del niño habría muerto en circunstancias poco claras. "Gaspar extrañaba a su madre, ella hacía esas cosas sin pensar: cortarle las uñas, coser los botones" comienza el relato.
Juan Peterson, el padre, es médium en una sociedad secreta: la Orden que es liderada por la poderosa familia Bradford, de la madre de Gaspar ( el niño) y se remontan a siglos atrás, cuando el conocimiento de la Oscuridad llegó desde el corazón de África a Inglaterra y desde allí se extendió hasta Argentina.
" Aquí me importa mostrar familias ligadas al poder, que controlan el poder político y el de los cuerpos" dice Mariana en la charla. Se refiere a la familia de Juan, el adulto que viaja con su hijo. Y es que las casas lujosas y costumbres excéntricas de estas familias pudientes sobresalen en el contexto de la época de la última dictadura militar argentina.
El niño heredó ese "poder" de su padre y en las primeras páginas se nota. Al entrar a una habitación en un hotel de paso: "—Papi, hay una señora en la pieza —le dijo. Juan parpadeó para verla y sentirla: era la misma del pasillo, que se movía por el hotel (...) Por suerte Gaspar no escuchaba lo que la mujer decía. Siempre era mejor solamente ver. Después estuvo sordo para ella pero no la echó, eso tenía que aprender a hacerlo su hijo y rápido". Y por eso es que el hombre procura alejar y ocultar al pequeño.
La Oscuridad tiene un papel protagónico. Se le ofrendan vidas, se le entregan los desaparecidos en la dictadura, previamente retenidos en calabozos antes de ser condenados a muerte. La realidad es tan macabra como la ficción literaria.
Este es un dios antiguo sin forma y que come miembros de personas o personas completas y que es llamativamente mudo. Entonces la voz y las palabras que le asigna el médium serán en beneficio de quienes la invocan. Burguesía terrateniente y delirante, que termina mostrando un terror inverosímil asentado en una historia bastante real de nuestro país.
La Oscuridad promete la vida eterna en el mismo cuerpo y si no se mantiene el cuerpo se traspasa la conciencia a otro. "Ese poder está detentado por familias muy ricas. Esa gente que quiere perpetuarse en ese cuerpo también quiere perpetuarse en el poder, y que lo tiene por eso mismo. Y en la novela son grandes familias poderosas, ricas, dueñas de tierras y de apellidos muy importantes" comenta Mariana.
La polifonía de narradores entreteje los capítulos de Nuestra parte de noche dándole múltiples puntos de vista. Hay un gran contraste entre los personajes que desconocen la existencia de la Orden y entre los que la profesan con pasión.
A la novela no le faltan tópicos verosímiles tales como la inestabilidad económica, el Mundial de fútbol del 86, la amenaza permanente de la devaluación, la irrupción del sida, la herencia y los lazos familiares.
"Yo cuando construía la novela pensaba quién puede tener este poder, no puede ser un vecino mío o cualquiera, tienen que ser familias que se manejen con total impunidad. Y esas son las dueñas de todo y cercanas a la dictadura. Lo puedo hacer porque puedo llamar al jefe del ejército, que fue conmigo a la escuela, y me garantiza impunidad" agrega sobre los personajes.
Que la Orden marque de esta forma la trama no es arbitraria para la escritora. En la charla de la Feria del libro de la Frontera revive ejemplos de la historia de latinoamericana para enumerar dictadores o gobiernos que en algún momento, llegando a etapas de decadencia, apelan a sectas o clanes idealistas. "Llega un momento que cuando al autoritarismo se le pierde el miedo y es ahí cuando buscan otras estrategias para mantener un poder que se les está cuestionando" asevera.
"Todas las fortunas se construyen sobre el sufrimiento de los otros" dice Rosario, la madre desparecida, antes de contarnos los orígenes de la orden secreta. Y no nos quedan dudas.
La frase más concisa e ilustrativa de la obra es la que utiliza Mariana Enríquez para designar a su novela: terror en el terreno de lo político. Imposible no tentarse a leerla.
Mariana Enríquez es periodista, escritora y docente, parte del grupo de escritores conocidos como «nueva narrativa argentina». Desde principios de 2020 es la Directora de Letras del Fondo Nacional de las Artes. Nació en la ciudad de Lanús en 1973 y años después se mudó junto a su familia a la ciudad de La Plata, en donde allí se acercó a la literatura y al punk, por lo que decidió estudiar periodismo y especializarse en música rock.
Ficha técnica
Novelas:
1995: Bajar es lo peor
2004: Cómo desaparecer completamente
2017: Este es el mar
2019: Nuestra parte de noche (Premio Herralde de Novela en 2019)
Cuentos:
2009: Los peligros de fumar en la cama
2016: Las cosas que perdimos en el fuego
2019: Ese verano a oscuros
Otros:
Mitología celta (1ª edición). Gradifco. 2003.
Alguien camina sobre tu tumba: Mis viajes a cementerios. Galerna. 2013.
La hermana menor: Un retrato de Silvina Ocampo. Ediciones UDP. 2014.25
Nuestra parte de noche ( fragmento)
Tanta luz esa mañana y el cielo limpio, con apenas alguna mancha blanca en el azul cálido, más parecida a un rastro de humo que a una nube. Ya era tarde y tenía que salir y ese día de calor iba a ser idéntico al siguiente: si llovía y llegaba la humedad del río y el agobio de Buenos Aires, jamás iba a ser capaz de dejar la ciudad.
Juan se tragó sin agua una pastilla para evitar el dolor de cabeza que aún no sentía y entró en la casa para despertar a su hijo, que dormía tapado por una sábana. Nos vamos, le dijo mientras lo sacudía apenas. El chico se despertó de inmediato.
¿Otros chicos también tendrían ese sueño tan superficial, tan alerta? Lavate la cara, dijo, y le sacó con cuidado las lagañas de los ojos. No había tiempo de desayunar, lo podían hacer durante el viaje. Cargó los bolsos que ya tenía preparados y dudó
un rato entre varios libros hasta que decidió agregar dos más.
Vio los pasajes de avión sobre la mesa: todavía tenía esa posibilidad. Podía costarse y esperar la fecha del vuelo, en unos días.
Para evitar la pereza, rompió los pasajes y los tiró a la basura. El pelo largo le hacía transpirar la nuca: iba a resultar insoportable bajo el sol. No tenía tiempo de cortárselo, pero buscó las tijeras en los cajones de la cocina. Cuando las encontró, las guardó en la misma caja de plástico en la que llevaba las pastillas, el tensiómetro, la jeringa y algunas vendas, primeros auxilios básicos para el viaje. También su cuchillo mejor afilado y la bolsa llena de ceniza que finalmente iba a usar. Cargó el tubo de oxígeno: iba a necesitarlo. El auto estaba fresco, la cuerina no había absorbido demasiado calor durante la noche. Subió la heladera de
pícnic, con hielo y dos sifones de soda fresca, al asiento delantero. Su hijo debía viajar en el asiento de atrás aunque él hubiese preferido tenerlo a su lado; pero estaba prohibido y no podía tener ningún problema con la policía o con el ejército, que custodiaban brutalmente las rutas. Un hombre solo con un chico podía ser sospechoso. Los represores eran impredecibles y Juan quería evitar incidentes.
Gaspar, llamó, sin levantar demasiado la voz. Como no obtuvo respuesta, entró en la casa para buscarlo. El chico intentaba atarse los cordones de las zapatillas.
–Te hacés un lío bárbaro –le dijo, y se agachó para ayudarlo. Su hijo lloraba pero no pudo consolarlo. Gaspar extrañaba a su madre, ella hacía esas cosas sin pensar: cortarle las uñas, coser los botones, lavarle detrás de las orejas y entre los dedos de
los pies, preguntarle si había hecho pis antes de salir, enseñarle cómo hacer un nudo perfecto con los cordones. Él también la extrañaba, pero no quería llorar con su hijo esa mañana. Llevás todo lo que querés, le preguntó. No vamos a volver a buscar nada, te aviso".