Existe un largo historial de polémicas sobre los debates políticos. ¿Cuánto influencian? ¿Pueden cambiar el curso de una elección? ¿Pueden levantar vertiginosamente una candidatura y hundir a otra? Los debates modernos son esencialmente el fruto de la televisión. Siempre se remite al primero en Estados Unidos que tuvo lugar en 1960 entre el entonces vicepresidente Richard Nixon (el presidente era Dwight D. Eisenhower) y el candidato demócrata, el senador John F. Kennedy. Según las encuestas de opinión, quienes escucharon los debates por radio aseguraban que Nixon había sido el ganador. Pero, quienes lo vieron por TV percibieron el manejo de la cámara por parte de Kennedy, sumada su presencia más fotogénica; mientras que Nixon parecía medio fantasma, tenía problemas de salud, transpiraba y estaba todo el tiempo con el pañuelo en la cara. Además, se había negado a que lo maquillaran y, dicen las crónicas, eso “fue un error letal”. Tan potente demostró ser ese trauma que hasta 1976 ningún candidato quiso participar en otro debate. Ese año tuvo lugar el segundo debate de la historia de las elecciones estadounidenses. El presidente saliente Gerald Ford (republicano) que estaba recuperando en las encuestas contra el demócrata Jimmy Carter. Este último se aprovechó del error de su contrincante. A Ford se le ocurrió decir: “No existe ninguna dominación soviética en la Europa del Este”. Ford fue el hazme reír del debate y Carter ganó las elecciones. Fue peor, porque en el debate, el moderador, Max Frankel, le preguntó si estaba seguro de querer afirmar eso y él confirmó todo. En 1984, Ronald Reagan competía para su segundo mandato. Tenía 73 años y era el presidente más viejo en la historia de su país Uno diría, un punto débil. Pero en el debate contra su oponente demócrata, Walter Mondale, Reagan hizo una maniobra discursiva para transformar ese punto débil en algo a favor. Ante la pregunta del moderador sobre el tema dijo: “No voy a convertir mi edad en un tema de esta campaña. No voy a explotar, por razones políticas, la juventud y la inexperiencia de mi opositor”. Me hizo acordar a esas afirmaciones que hacía Borges, por ejemplo, cuando decía “Tal persona es verdaderamente genial en el arte de equivocarse”. Personalmente, creo que no se puede otorgar un valor tan determinante a los debates. Ni si quiera el famoso “cajón de Herminio” cumplió esa función, aunque no tiene que ver con un debate, pero sí con una exposición pública. Ustedes recordarán: a dos días de las elecciones de 1983, casi un millón de personas en el Obelisco en un acto del peronismo. Promedia el discurso de cierre de campaña del candidato Ítalo Luder y aparece en escena Herminio Iglesias, candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires y comienza a manipular un mini ataúd con la sigla de la UCR, el nombre de Alfonsín en el frente, los colores blanco y rojo del partido radical y una corona. Un bochorno. Pero, ni siquiera ese hecho, creo, es determinante en sí mismo. O, en todo caso, ese hecho se inscribe en una dinámica política que tenía el peronismo con relación a la dictadura (el “pacto militar – sindical”) que fue lo que supo explotar Alfonsín. Más allá de esto, creo que el debate entre los candidatos y candidatas de la Ciudad dejó algunas conclusiones o escenas que es necesario exponer. En primer lugar: expuesto ante alguien que le discuta con contundencia, con argumentos y con personalidad, Javier Milei se desarma bastante. Eso fue lo que ocurrió en varios momentos con Myriam Bregman del Frente de Izquierda. Y esto no es una conclusión sólo para el debate político o para los políticos. También debería llevar a pensar a muchos integrantes del periodismo que le dieron mucho aire en este tiempo y no solo eso, lo hicieron sin discutir, festejando su excentricidad, comprando su agenda y sin refutar sus “falacias”. En este mismo sentido, también se valoró mucho porque mostró en pequeña escala dos formas de enfrentar a la derecha: o con el llamado al consenso, a repudiar su “extremismo” y llamándolos a la “moderación” (cosa nunca da resultados, además) o diciendo de frente las cosas y desnudando los intereses que defienden. Por otro lado, Leandro Santoro quedó un poco desdibujado. Pero, no es responsabilidad de una mala performance —de hecho, es buen polemista—; el problema es la política que tiene que defender. No hay que pedirle a los debates más de lo que los debates pueden dar. Doy dos ejemplos: hablar desde el progresismo y defender las pistolas Taser como Patricia Bullrich o la defensa de los policías víctimas, cuando son los victimarios como institución, más allá de los casos individuales. O intentar defender a su coalición que en la Ciudad, prácticamente cogobierna con Larreta. Por último, fue llamativo el caso de María Eugenia Vidal porque como ladera como mano derecha de Horacio Rodríguez Larreta intenta repetir el camino que llevó a Mauricio Macri en 2015 a la presidencia: exponer la gestión en la CABA, polarizar con el kirchnerismo y mostrar “moderación”. Tiene un problema: el desastre del gobierno de Macri que fue hace muy poco y, como producto de ese fracaso, el brote a su derecha de Milei que está alimentado por la radicalización de un electorado del PRO que se sintió decepcionado. Ojo, también lo escuché a Larreta que habló en el Coloquio de IDEA (el foro anual que reúne a todos los empresarios y que se hizo de Costa Salguero), donde habló de poner fin a la “grieta”, de acuerdo de todos etc. Los empresarios lo aplaudieron, obvio, pero cerradamente y sin mucha euforia. En síntesis, el debate por sí mismo no cambia las cosas, en todo caso deja expuestas algunas conclusiones y contradicciones que atraviesan las fuerzas políticas tradicionales y que, en el caso de Myriam Bregman, supo aprovechar con destreza para ser una de las claras ganadoras de la jornada. Un episodio más en la pelea hacia noviembre en el que, despejando la maleza del show, de las chicanas y los gritos, quedan claros la esencia de los acuerdos y las diferencias políticas.