Mi memoria del 24 de marzo del ’76 no es personal sino muy pero muy débilmente. Es más bien una memoria social, colectiva, retroactiva, retrospectiva; es memoria forjada, y hasta podría decir que implantada; una memoria artificial en más de un sentido, desgajada de los hechos mismos o de mis vivencias correspondientes al día de los hechos.
Jueves 26 de marzo de 2015
Mi memoria del 24 de marzo del ’76 no es personal sino muy pero muy débilmente. Es más bien una memoria social, colectiva, retroactiva, retrospectiva; es memoria forjada, y hasta podría decir que implantada; una memoria artificial en más de un sentido, desgajada de los hechos mismos o de mis vivencias correspondientes al día de los hechos. De eso, a decir verdad, no me acuerdo para nada.
No se piense, porque no es verdad, que se trata de una cuestión de edad escasa. Yo tenía algo más de nueve años ese día (y en rigor, cumplía exactamente nueve años y dos meses). De ese entonces, de ese año, recuerdo muchas otras cosas, todas ellas muy banales en comparación, y hasta las recuerdo con, como suele decirse, lujo de detalles. Y recuerdo acontecimientos anteriores, de mis seis o de mis siete años, como por ejemplo la muerte de Juan Perón, ocurrida en 1974, o la muerte de Aníbal Troilo, ocurrida en 1975 (hay un texto extraordinario de Walter Benjamin sobre el modo en que se graban en la infancia las primeras noticias sobre muertes; por lo que debo entender que en marzo del ’76 no advertí, no supe ni me hicieron saber, que un régimen de pura muerte comenzaba).
No conservo recuerdos de ese día (y no llevaba una de estas agendas que llevo desde hace casi treinta años, en las que, bajo la forma aparente de las cosas que tengo que hacer, anoto en verdad la totalidad de las cosas que hago). Sólo puedo deducir de qué forma transcurrió la jornada en lo que era por entonces mi vida (no es memoria, es una simple inferencia). Nos habremos levantado a las siete o siete y cuarto; mi papá se habrá duchado con exceso de vapor y escuchando Rivadavia; al salir del baño habrá mascullado comentarios con mi mamá de profundo escepticismo; nos habrán apurado, a mi hermana y a mí, para que termináramos de tomar la leche, porque a las ocho menos cuarto en punto pasaba el micro que nos llevaba a la escuela; habremos ido con el micro a la escuela, mi hermana y yo, y mi papá con el Torino a la mueblería en la que era vendedor, y mi mamá con el 15 a la empresa en la que era empleada administrativa; habremos pasado la doble jornada escolar mi hermana y yo, con dosis razonables de tedio y distracciones; al volver a casa, habremos hecho los deberes; nos habremos ido a bañar, bajo la perentoria indicación de mi mamá, primero mi hermana y después yo; habremos visto llegar a mi papá, preocupado como siempre, cansado como siempre, algo ahogado como siempre; habremos cenado con trasfondo de televisión, viendo Kojak o Starsky y Hutch; nos habremos ido a dormir, nos habremos sin dudas dormido.
En resumen: un día normal. Que no dejó, por eso mismo, huellas singulares en mí, marca alguna de lo que estaba pasando. Claro que hoy, a casi cuarenta años de distancia, puedo perfectamente establecer lo ardua, lo laboriosa, lo exigente, lo escarpada que habrá sido aquella normalidad. Presumo que todo un esfuerzo: ampararse en la rutina, hacer que la vida siga. Solución para ese día, y para los muchos que le sucedieron. Ampararse en la rutina para hacer que la vida siga: toda una fórmula, en el sentido químico de la expresión, para surcar, montados en una nada, la etapa feroz que se venía.
Hay en eso, como es sabido, una clave de lo que pasó. Sin ella, y eso es también sabido, no se entendería del todo que lo que pasó haya podido pasar. Lo cual me lleva a pensar que ese blanco de mis recuerdos, esa nada, este olvido, es una forma de memoria también. Que es preciso indagarla, examinarla, lo mismo que a cualquier memoria.

Martín Kohan
Escritor, ensayista y docente. Entre sus últimos libros publicados de ficción está Fuera de lugar, y entre sus ensayos, 1917.