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Opinión. Meritocracia, educación y enfermedad mental

Apuntes sobre la designación de Facundo Manes en el gabinete de María Eugenia Vidal, el reduccionismo de las neurociencias y su impacto en el sistema de salud mental.

Pablo Minini

Pablo Minini @MininiPablo

Sábado 24 de septiembre de 2016 18:26

Unidad de Coordinación para el Desarrollo del Capital Mental. Ese es el nombre de la agencia con la que las neurociencias anclan en la política bonaerense. O al menos, con el que Facundo Manes ancla.
“La pobreza genera un impuesto mental. Tenemos que intentar, con el aporte de la ciencia moderna, cambiar el esquema mental: que la gente bajo situaciones vulnerables deje de pensar en la próxima hora y empiece a pensar en un proyecto, que quiera mejorar en su vida”. Con un pase de magia verbal, Manes lanza una serie de conceptos, todos juntos, sin explicación, condimentados con la palabra “ciencia”, y justifica su presencia en el gobierno de la provincia de Buenos Aires. Declaración rimbombante, rápida y sin mayores explicaciones. Pero tomémonos un tiempo para analizarla.

Se supone que está unidad aportará conocimiento (neuro)científico al abordaje de problemas relacionados con la deserción escolar, la violencia, los proyectos vitales, la salud mental, la interacción social y el bienestar. Objetivo amplio, ambicioso, general. Vago, impreciso. Reduccionista, en fin.

La apuesta de fe de Manes y su visión pobre de las Neurociencias es que todo conflicto se resuelva a nivel neuronal. Incluso la pobreza, a la que él cree remediar enseñándoles a los pobres cómo cambiar su esquema mental.

La palabra neurociencia podría hacernos pensar que el objeto de estudio serán las neuronas, o lo cerebral, grosso modo. Y que por tanto orientarán todos sus esfuerzos a la investigación de lo que todavía no se sabe del cerebro. Una especie de neurología con nombre nuevo. Pues bien, no. Al parecer, su objeto de estudio es el cerebro (no el sistema nervioso central) y su meta última es la conducta. En pocas palabras: una conducta, una emoción que acompaña una conducta, genera cierta actividad neuronal (medida a través de imágenes de Resonancia Magnética Funcional); si la conducta efectiva no se adapta a la norma esperable, se infiere que debe haber algún defecto en el funcionamiento neuronal, o desfasaje. Claro, es necesario conocer algo de neurología, de la fisiología y la morfología de las neuronas, pero lo que en verdad les importa es lo que las neuronas les hacen hacer a las personas. Y cómo un técnico puede controlarlo.

La investigación neurocientífica tal como la entiende Manes y su gente tiene una clara orientación hacia el tratamiento de trastornos. Pero el primer problema obvio que soslayan estos neurocientíficos es que definen un trastorno desde el sentido común, es decir, desde lo que el sentido común (burgués occidental) opina que es un buen comportamiento: si la persona se porta bien, de forma que no inquiete a sus pares, padres o patrones, las neuronas funcionan bien. Si la persona se porta mal o molesta, las neuronas funcionan mal. ¿Suena burdo? Claro, la opinión tiene mucho de tendencioso.

Hay un mérito en los neurocientistas: observan bien los hechos. Porque hay que decir que las personas se comportan de forma extraña, a veces. Por ejemplo, la gente que persiste en ser pobre y mantener a toda su familia en la pobreza. El problema es que eso que ven requiere ser explicado y la explicación está en el mundo y los neurocientistas eligen, en un acto de suprema voluntad, olvidarse del mundo y circunscribir la explicación de las rarezas de la gente a la masa encefálica y los malos aprendizajes. Una persona hace cosas raras (raras según al sentido común occidental, cristiano, burgués y patriarcal les parecen raras) y se olvidan de la historia de la civilización a la que pertenece esa persona, a la historia de su pueblo, de su comunidad; se olvidan de los procesos económicos, ambientales, familiares y climáticos que la atraviesan. ¿Cuál es la ganancia? Limitar el campo de acción. Porque los problemas humanos tienen una determinación biológica, evolutiva, histórica, cultural y ontogenética. Ahora bien, ¿es posible acertar olvidando alguna de esas determinaciones? No, es imposible. Pero sirve para vender cursos de aprendizaje de buena conducta y fármacos en presentación de pastillas coloridas. Y para que María Eugenia Vidal nos conceda un puesto en el gobierno.

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(Digresión: la condesa Eugenia de Chikoff enseñaba en el Buenos Aires de los ´60s cómo comportarse con buenos modales en las mesas distinguidas, copiando modales de la aristocracia europea. Era una señora que se tomaba muy en serio sus clases y su enseñanza. Pero en todo caso era honesta: educaba en conductas protocolares específicas a gente específica enfrentada a circunstancias específicas. Sin pretensiones de cientificidad universal ni papers pseudo filosóficos).

Por ejemplo, en el listado de las enfermedades que curan en la Fundación Ineco, dirigida por Facundo Manes, no figuran el uso problemático de sustancias ni la sífilis ni la plumbosis, por nombrar algunas de los observables clínicos que ocasionan los trastornos neurológicos y conductuales más insidiosos y extremos. Pero, claro está, son enfermedades que no tienen un claro componente genético exclusivo, porque sus causas son en gran medida sociales. Muchos niños pobres del conurbano bonaerense presentan trastornos del lenguaje, problemas de atención, desgano y anemia. Y viven en zonas donde el agua que beben está contaminada con plomo proveniente de las fábricas sin control estatal. No es necesario hacer la correlación: hay estudios de salud ambiental que declaran y afirman que los residuos industriales son directamente responsables.

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Pero hablar de clases sociales, de procesos económicos y demás impide una explicación estrictamente neuronal o hereditaria. Hablar de procesos sociales impide que el Estado y los privados se laven las manos de su responsabilidad. Porque esas son las conclusiones a las que llegan las neurociencias: las desviaciones de la conducta se deben a factores individuales, que sólo atañen a los cerebros individuales y sus genes. Cualquiera puede acceder a los escritos de Manes et al., publicados en editoriales en La Nación o Clarín. Ahí podemos encontrar afirmaciones como que las mujeres tienen un cerebro preparado para las tareas domésticas y de crianza y los hombres un cerebro preparado para la cacería y eso explica las divisiones de tareas entre hombres y mujeres; que los adolescentes sufren un desfasaje en las funciones, por eso son impulsivos; que la creencia en dios es una adaptación evolutiva y las personas creyentes viven más; que las emociones masculinas y femeninas son innatas, no dependientes del contexto. Eso no es ciencia. En todo caso, es mera doxa u opinión, sin otro fundamento que la creencia que a Manes le convenga.

Nene, te falla el bocho

Pero hay algo aún peor en los tratamientos de Manes: es la neuroeducación. Básicamente, gente preparada, autorizada, en posición de “amo”, diagnostica la enfermedad y se encarga de reeducar al cerebro, que está en posición de ignorante desviado. No se trata de personas, sino de masas encefálicas contenidas en un montón de carne, que necesita reeducación dirigida (“Educando al cerebro” se titula un ciclo de charlas que recorre el país). La neurociencia no parte sólo de un reduccionismo, sino que son el viejo intento de establecer un deber ser y un deber hacer. Un intento de liberar a quienes manejan los destinos sociales (gobernantes, empresarios y burocracias) de cualquier responsabilidad. (¿Este intento es privativo de la neurociencia? No, claro que no. Cierto psicoanálisis también circula por esos derroteros).

Centrarse en la conducta elimina cualquier referencia al pensamiento, a la consciencia y al sujeto. No piensa Juan o María o Pedro o Luisa; ESO, piensa, indiviso, racional (y occidental y burgués, claro). No vale preocuparse por lo que alguien pueda decir de sus propios actos, porque ellos son automáticos y hablan por sí solos. No hay que preocuparse por la responsabilidad de cada persona, porque todo puede ir a la cuenta del cerebro y su (mal)funcionamiento.

Así, tenemos que si un niño no sonríe cuando se le sonríe, o necesita rutinas, o tiene cambios de humor, pero también si tiene buena memoria y le gustan los rompecabezas, es probable que padezca autismo. No importa si el que sonríe es su abusador o si la alteración de la rutina se debe a que su padre y su madre se quedaron sin trabajo o si sus enojos se deben a la concentración de plomo industrial en sangre: si no sonríe o si cambia de humor, es autista. (Según la fundación Ineco, claro está). Y el autismo, la esquizofrenia, la histeria, el pánico, por decir algunos, son trastornos, no particulares formas de estar en el mundo. (Según Ineco, repetimos).

Cualquier desviación es vista como una patología y sus manifestaciones, como síntomas. Y el sentido común capitalista teme al síntoma, porque significa no producción, subversión, ocio, desviación. Los síntomas no son accesos a una verdad del sujeto que se revela de su posición frente al trauma y a los amos, como enseñaban las histerias de fines de siglo XIX y como enseñan los ataques de pánico hoy en día. Un hombre productivo y fuerte no puede tener síntomas. Un niño, tampoco puede tener síntomas, porque es la reserva productiva del futuro. Los síntomas son cosas de mujeres, enfermos, poetas, músicos, pobres o maricones.
Sería una cuestión de simplones mercenarios todo esto, si no fuera porque en Argentina acceden a lugares de poder a través de sus vinculaciones con el gobierno macrista (o kirchnerista) de turno. ¿En el área de salud, acaso? Sorpresivamente, pero no tanto, su vinculación es en el área de educación. El objetivo es que la gente aprenda con un terapeuta a modificar su percepción de los procesos, es decir, a que vea las cosas como son. De eso de que la escuela es una comunidad docentes, no docentes, padres y alumnos, que contiene y apoya y trabaja en conjunto, ni hablar.
Modelo psiquiatrizante, modelo médico-hegemónico, modelo capitalista, modelo dirigista de control social. Todo lo que recuerde a época moderna (ya vieja) es estandarte de la fundación Ineco y de su fundador, Facundo Manes. Por ese motivo es tan afín a la derecha política: un gobierno de derecha necesita hacer propaganda con que todos los ciudadanos tienen las mismas oportunidades y que todos tienen el mismo punto de partida. También necesita hacer propaganda que destruya el lazo social, dejando a cada cual solo con su masa encefálica. Las neurociencias le hacen el favor argumentando que todo se reduce al cerebro, que no se modifica, que funciona en todos igual. Por lo tanto, el que no lo usa y no triunfa en la sociedad es porque es un perezoso que no se molesta en hacer méritos.
(Segunda digresión: Manes habla del "capital mental", lo que uno tiene y que está en su decisión usar. ¿Recuerdan a Cristo y su parábola de los siervos a quienes el patrón les dio dinero? ¿O a la cigarra y la hormiga? Bueno, en fin, la misma moral).

El día a día en salud pública

La complejidad está ahí. Tratar con personas que sufren, como lo hacen las trabajadoras y los trabajadores de la salud día a día, no es tan sencillo como pretenden los neurocientíficos. Tratar con niños que tienen todo el mundo social en contra y que aun así se empeñan en aprender y en hacerse un lugar vivible en el mundo, tampoco es tan sencillo.
Los trabajadores de la educación y de la salud lo saben. Los neurocientíficos como Manes y los funcionarios macristas, no.