A raíz de una nota sobre si el penal que ejecutó Messi como pase a Suárez fue o no una "canchereada", publicamos una respuesta al autor en la que encontramos interesantes reflexiones sobre el fútbol como mercancía, la humillación al rival y el aspecto lúdico que pervive en este deporte.
Viernes 4 de marzo de 2016
Foto: sitio espnfc
Estimado César:
Leí con asombro tu interpretación sobre el penal de Messi-Suárez (en el forotopia y en La izquierda diario). No por la crítica a esa mercancía global que es la ideología del fútbol. Recuerdo un punzante texto de tu autoría en el que mostrabas la presencia de una religiosidad como espectáculo en los deportistas-mercancía. En este caso –tu análisis del “penal de Messi”–, estoy en desacuerdo.
El fútbol es predominantemente una mercancía –como lo son en tiempos del capitalismo tardío e integral todos los deportes profesionalizados–, lo cual no quita que siga siendo en algún nivel (el del deseo), quizá sólo a veces, esporádica pero esperanzadoramente, un juego, de la misma manera que el trabajo alienado no puede anular la existencia del trabajo a secas, del que vive parasitariamente. Lo que nos maravilla de Messi, o del deportista cuyas habilidades admiremos (en el caso de que hubiera alguno), es precisamente esa capacidad extraordinaria para romper lo predecible, destacarse, sobresalir, innovar, ateniéndose a las reglas de un juego.
En tu intervención acusás a estos deportistas de “creerse dioses jugando”. También ves allí una “humillación” de “los más débiles”. El penal revelaría “soberbia”. Podría discutirse en primer lugar el supuesto “pecado” de “creerse” o incluso sentirse dioses jugando. El entusiasmo es precisamente eso (estar “inspirado por la divinidad”), y no está ligado necesariamente a la humillación del otro. No todos los dioses son coléricos y vengativos. La excelencia en un arte no es a costa de otro. Hay dioses ("subjetivos", diría Hegel), como Eros o Afrodita, que nos invitan a experiencias estéticas extraordinarias (éxtasis), entre las que el sexo, el juego, el baile, la risa y, por qué no, la reflexión filosófica, se destacan.
Con respecto a lo que llamás “humillación”, yo vi –en este caso– otra cosa. Vi jugadores, en el sentido estricto de la palabra –y pienso en particular en Messi–, disfrutando de jugar bien, divirtiéndose, desplegando hasta donde sea posible dentro de las reglas de un juego la creatividad y la cooperación (Messi eligió no convertir en ese momento su gol número 300, lo cual hizo de la situación algo aún más sorprendente). No hubo golpes, trampas. Sólo una picardía, un ardid elegante e “innecesario”, sí, porque “innecesaria” es la poesía también. Es un desafío a los esquemas rígidos (automatizados) del otro jugador en tanto jugador, no a su honor. Lo más imperdonable, al parecer, es que juegan de modo sobresaliente, incomparable incluso, y no sienten culpa. Acaso debamos admitir que hay porciones de goce en el sometimiento en (¿casi?) toda competencia, pero no parece que sea lo característico de Messi: no es alguien particularmente agresivo en el campo de juego, y, hasta donde sé (estas cosas son más difíciles de ignorarse que de saberse), es querido personalmente y admirado profesionalmente por sus compañeros.
Llamarle “los más débiles” a un equipo de jugadores profesionales, millonarios también, que sencillamente jugaron peor un partido y perdieron, me parece una victimización ficticia y exagerada. Es necesario aceptar las premisas de una cultura de la competencia/lucha a muerte, en la que todo se subordina al principio de performance, para identificar la superación en un juego con la explotación de un “débil”. Distinto es el caso de tantos trabajadores explotados que, al decir de Marx, mueren 24 horas cada día. Esta victimización se intensifica cuando describís el penal como un “ataque” a un arquero “indefenso”, como si se tratara de una batalla o un linchamiento. Están jugando, y las reglas son esas: gran cantidad de penales son atajados por el arquero en esa situación, lo cual podría sugerir, siguiendo el criterio de tu denuncia, que al hacerlo “humilla” al pateador. Me parece forzado, inverosímil, incluso ridículo moralizar de ese modo esa situación (lo digo con todo respeto, se entiende que me refiero al argumento), y quizá sea el resultado de haber olvidado que también, además de su medio para ganarse la vida (su trabajo –alienado–), se trata de un juego (un fin en sí mismo). En especial para aquellos que no son esclavos de la necesidad, y que disfrutan (porque pueden disfrutar, claro, como privilegiados que son) de jugar. Es, creo, el caso de Messi en general, y pateando ese penal también. Si de todos modos, perder por gran diferencia, ser “bailado”, como se decía, si ser el rival en el momento en que Messi tira exitosamente tres caños seguidos, lleva a algún jugador o espectador a sentirse “humillado”, creo que la pregunta es en todo caso por el narcisismo de la “víctima”, o por los mecanismos ideológicos que han llevado a depositar allí conflictos irresueltos de otra índole. Son situaciones que también pueden mover al aplauso, la risa y la admiración.
Foto: Cuenta de Facebook oficial de Lio Messi
La interpretación que hacés del caso me parece cargada de una agobiante solemnidad. Y uno lamenta que la moralización (en el sentido de la moral convencional) sólo difícilmente escape del deseo de castigo. Por eso es lógico (en esta línea) que aparezca en tu reflexión el espíritu de la venganza: [Messi] “Quizá necesite tropezar” por haber “humillado innecesariamente” a un rival (¿habría humillaciones necesarias?), para volver a un “lugar de hombre, de simplemente hombre”. ¿No es acaso la administración de los castigos por (presuntas) faltas morales una prerrogativa divina? Escribí “espíritu de la venganza”, y se trata de un concepto de Nietzsche que creo que permite pensar de otro modo lo planteado. Es ese espíritu, propio de lo que el mismo pensador define como moral del resentimiento y espíritu de la pesadez, el que mueve a la masa a velar contra todo conato de excepción. Bajo su imperio se levantan admoniciones sobre los placeres y se promueve la nivelación para abajo. Y en rigor, toda nivelación empequeñece (no me refiero a la necesidad de la igualdad en las esferas del derecho, la política o la economía). Así, el que se destaca debe ser castigado (los niños en la escuela suelen mostrar este funcionamiento con el “traga”, así como los grupos adultos persiguen al heterodoxo, y en el deporte se le pega al habilidoso), quizá porque es inimaginable destacarse sin pisotear a otro. Hay que hacer que se sienta culpable de la mediocridad del resto. Revelar el aburrimiento, la repetición, los automatismos, la ridiculez de los rituales sagrados de la mayoría, constituye pecado mortal para un ser con alguna capacidad extraordinaria. Se le reclamará entonces recato, incluso humildad. “Humildad”: palabra en la que resuena el hábito servil de arrastrarse por el humus, y que por ende sólo puede ser considerada una virtud en una sociedad hipócrita que enaltece y reclama el humillar-se. Todo lo cual, por supuesto, no conduce linealmente a un elogio de la pedantería…
No creo por ende que la perspectiva que ensayo aquí sobre un tema puntual pueda ni deba sustituir la crítica de la ideología del fútbol, y menos aún sostengo que debamos abandonar la crítica de la economía política (a lo que Nietzsche invita, a decir verdad hoy con menos éxito que el fútbol). La corrupción y los negociados de la FIFA, la AFA, el Fútbol para todos y los vínculos de los “barras” con los sótanos del poder de la burocracia “política”, son todos mejores ejemplos para revelar la podredumbre de la “pasión de multitudes” como ideología y como mercancía. No se trata tampoco de una discusión sobre la originalidad deportiva del penal y su eventual inspiración en un antecedente imperfecto urdido por Johan Cruyff en los 70. Tampoco del espectáculo circense que, con diferentes formas, se ofrece Urbi et orbi con tanto éxito como sustituto del debate político. Parafraseando una sentencia célebre: Así como hemos dejado el cielo “a ángeles y gorriones”, podemos hacer lo propio con el fútbol. Lo que motivó tu reflexión fue una presunta falta moral de unos deportistas; a mí me llamó la atención la reacción moral de un analista ejerciendo lo que entiendo que es una “sobreinterpretación”. La escena futbolera es el pretexto que pone de relieve la proyección de los propios esquemas (conclusivos) en nombre del análisis. Partiendo de tu gesto, sólo me parece que a veces es necesario incorporar algunos matices a fin de no caer en ciertos reduccionismos. Para valorar el juego desde una perspectiva de izquierda quizá era más conveniente recurrir a Schiller. Pero se trata aquí de algo más que de una valoración insuficiente: nos encontramos con una condena del juego y del “baile” en nombre de una ley moral supuestamente violada. En fin, pedirle a alguien que ha ensayado un lujo (jugando) que se arrepienta de su osadía, no me parece una actitud crítica, liberadora respecto de la moral convencional atravesada por el capital, el patriarcado y otras ideologías. Aunque esas palabras se envuelvan en las banderas del anticapitalismo.
Con ánimos de disfrutar de un enriquecedor espacio de diálogo, te saludo.
Leandro Drivet