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POSTALES DE UNA VENEZUELA EN CRISIS. “¡Mira! ¿Y qué es lo que te falta? ¿Sal?”

En la panadería resalta el aviso, “No hay pan salado”, en cambio, hay mucho de otro tipo, que cuesta el doble que aquel. La señora no lo acepta tan pasivamente y pregunta.

Ángel Arias

Ángel Arias Sociólogo y trabajador del MinTrabajo @angelariaslts

Jueves 12 de mayo de 2016

Se entra a la panadería de la esquina del barrio, donde hasta ayer se compraba el pan “campesino” en 200 Bs., que ya en ese precio está caro, como sabemos, y además, más que “campesino” parece “canilla”, cada vez más flaquito. Pero hoy resalta un cartel con letras bien grandes que advierte: “No hay pan salado”. Por supuesto que uno sabe leer, la gente que va a comprar sabe leer, sin embargo, la contrariedad a causa del aviso lo lleva a más de uno a preguntarle al chamo que despacha, como buscando confirmación, “¿no hay, campesino?”, “no, ahí dice el aviso, lo que hay es este”.

El pan que sí hay es “andino”, que cuesta 400 Bs., el doble que el que había hasta ayer, y de ese hay bastante. Así que, de golpe, tipo política de shock, ya no hay del pan medio accesible, sino que ahora solo hay otro que cuesta el doble que aquel y, como sabe el lector, no es porque sea el doble de grande o porque tenga el doble de ingredientes. Sencillamente es de otro tipo y cuesta el doble. ¿Qué hacer ahora?

Mientras se asimila la frustración, unos piensan si desembolsillar el doble, total, qué se le va a hacer, otros resignados piden el “campesino”, entre tanto una señora, que se nota que conoce al dueño –o cuando menos al encargado– se acerca a la caja y, medio en broma medio en serio, le pregunta en voz alta: “¡Mira! ¿Y qué es lo que te falta? ¿Sal? Porque, por lo visto, por falta de harina no es”. La pregunta, nada ingenua y muy pertinente, se escuchó alto, el tipo medio se ríe y, como resignado a responder, dice sin mucha convicción, “Sí, la sal”…

Por supuesto que más de uno lo pensó: es verdad, obviamente harina tienen, pero no hacen el pan de 200 sino el de 400, ¿y, sal?, ¿qué les falte sal?, coño, es arrecho que les falte sal, porque si algo rinde y no ha escaseado es la sal.

La cosa no pasó a mayores, el tipo “se hizo el paisa”, la señora, consciente de la incomodidad de la pregunta no siguió el interrogatorio, optó por seguir la corriente del clima jocoso de la vaina... Pero la preguntita quedó en el ambiente, y permite ver con sencillez la enorme “desigualdad”, el gran “déficit democrático”, entre el trabajador o habitante del barrio común, y los comerciantes que, no solo pueden disponer cómo mejor les plazca de lo que venden o lo que no, para preservar sus ganancias, así sea a costillas de hacerle la vida más de cuadrito a uno, incluso pudiendo, literalmente, quitarle el pan de la boca, sino que además están protegidos por ese “sagrado” derecho a hacer y disponer de la producción sin que el pueblo común sepa la verdad: ¿realmente no tenía sal?

No es juego la cosa con el pan, porque cada vez más cuesta conseguirlo y las colas en las panaderías de la Avenida Baralt –que sería la otra opción– cuando sale pan, son de veinte minutos, media hora, o más, para comprar una sola canilla o campesino por persona.

Volviendo a nuestro episodio: ¿no debería ser, acaso, un derecho democrático elemental de los trabajadores y comunidades tener acceso a toda la verdad sobre los insumos y posibilidades de producción?, o sea, ¿no deberíamos tener derecho a saber si realmente al tipo le falta sal o no, y no tener que aceptar pagar el doble o, sencillamente, quedarse sin pan porque la plata no nos da? ¿Qué derecho asiste al dueño del negocio que sea superior al derecho a la alimentación del pueblo trabajador?

Y estamos hablando de apenas un pequeño propietario, que en última instancia no es el centro del problema, es casi el último eslabón de la cadena. Pero esta misma lógica la podríamos llevar a los grandes empresarios, a las grandes empresas productoras de alimentos del país, o al oligopolio de las empresas Polar: ¿no deberíamos tener el derecho a saber toda la verdad e información disponible sobre la producción, almacenamiento y distribución de alimentos en el país?

Ya en El Tocuyo, hace días, pasó que ante la voz de que se había acabado la harina de maíz regulada que estaba vendiendo un establecimiento, de la cola salió una idea audaz y de lo más lógica: las mujeres querían que dejaran entrar a un grupo de ellas para verificar si era verdad o no que se había acabado la harina, pues había quienes decían haber visto que quedaba bastante harina. Cuentan que la guardia negó rotundamente la petición de las mujeres: “¡Se acabó, y si digo que se acabó, se acabó!”, bramó altanero un sargento a cargo de los cuarenta guardias que ponían “orden” en el lugar (ya sabemos cómo es la guardia…). Lo que siguió fue la acción represiva –“disuasiva”, lo llaman ellos– para replegar a la gente desesperada, pero la indignación se impuso y con palos y piedras la multitud superó a los guardias, trajeron refuerzos policiales: hubo vidrios rotos, el portón del local derribado, 22 detenidos y un guardia herido de una pedrada.

¿No cree el lector que las mujeres tenían derecho a que su espontánea comisión entrara a verificar, y que los que nos tropezamos con que ya no hay pan del de 200 bolívares sino del de 400, tenemos derecho a saber si realmente el tipo no tiene sal?


Ángel Arias

Sociólogo venezolano, nacido en 1983, ex dirigente estudiantil de la UCV, militante de la Liga de Trabajadores por el Socialismo (LTS) y columnista de La Izquierda Diario Venezuela.

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