Los grandes problemas de las mujeres quedaron fuera de toda discusión e indicación en la cocina parlamentaria.
Lunes 28 de septiembre de 2015
En la delgada línea de la incertidumbre, la Reforma Laboral de Bachelet espera poder sortear todos los obstáculos parlamentarios, entre las distintas cámaras legislativas y las múltiples comisiones, para ser aprobada a fines de octubre y ser despachada durante diciembre.
Detrás del primer plano que ocupan las discusiones sobre el reemplazo interno en la huelga, el estatuto especial para las Mipes y las posibilidades de que el empresario pueda llamar a votaciones secretas para bajar la huelga; una segunda arista se asoma sin ser mayormente cuestionada, esta arista corresponde al enfoque de género y su transversalidad en la bullada reforma.
Si los actuales portavoces del mundo sindical se han contentado con actuar como meros comentaristas del nuevo trato laboral, y no han organizado ningún llamado a la acción al movimiento sindical de conjunto, poco se puede esperar en lo que respecta a las sentidas demandas de las mujeres trabajadoras.
Sólo con una indicación pasó la actual propuesta orientada a las mujeres: de la obligatoriedad de la presencia femenina en las mesas negociadoras se amplió al aumento de la representación de las mujeres en los directorios sindicales, esta indicación se incorporó a raíz de que diversas voces plantearan la insuficiencia de la medida pues no otorgaba ni fuero, ni derechos sindicales comunes a las representantes de su género quienes voluntariosamente podrían exponerse a la revancha empresarial tan común en este país. Ningún avance en relación al derecho a sala cuna parental (para así ponerle un freno a las prácticas empresariales anti-mujeres) y más de lo mismo sobre transparentar la información sobre salarios y funciones en vías de erradicar la brecha salarial a nivel de empresa.
El elemento flexibilizador y precarizador de esta reforma, como lo son los pactos de adaptabilidad, fueron presentados -como siempre- como la única vía posible para solucionar los aquejantes problemas de las mujeres en compatibilizar trabajo remunerado y trabajo doméstico. Una canallada que es lugar común en este Chile empresarial, país en el que año tras año, encuesta tras encuesta, ve aumentar los hogares con jefatura femenina y con ello un aumento sistemático de la pobreza y la pobreza extrema; una realidad cuyo rostro es cada vez más feminizado. Frente a la doble jornada femenina, la doble explotación de las mujeres, tanto los políticos como las cúpulas del mundo sindical, como Bárbara Figueroa, acuerdan que la única solución es la precarización laboral; y como es un elemento incuestionable en esta reforma, sólo se reguló a que se aplicarán estos pactos sólo a las y los trabajadores que explícitamente suscribieran su firma o manifestaran su acuerdo.
Para una madre soltera que no tiene con quien dejar a sus hijos o no tiene quien cuide de su adulto mayor enfermo, difícilmente pueda negarse a esta irrisoria solución, pues adaptabilidad y flexibilidad son en el fondo salarios de hambre o condiciones agobiantes de trabajo y de vida.
Los grandes problemas de las mujeres quedaron fuera de toda discusión e indicación en la cocina parlamentaria.
No sólo eso, desde una interpretación más filosa, como en un tablero de ajedrez, en el precario equilibrio que pretenden lograr las autoridades dando y quitando a los trabajadores para también dar y quitar a los empresarios, el movimiento de las aparentes concesiones a las mujeres trabajadoras constituye la zanahoria que antecede al garrote, una zanahoria que, por lo demás, no alcanza a cubrir ni la décima parte de las demandas de las trabajadoras.